Y, ¿si tan solo nos amamos?

“Es más grande la soledad”
Alejandro miró con gracia la expresión de asombro de Katerin, ella miraba y volvía a mirar a su alrededor. Luego una expresión de horror surgió, Katerin no sabía expresar lo que estaba sintiendo. Ella en realidad odiaba la idea de estar rodeada de grandeza, era más a estar cerca de las cosas pequeñas y sentir la calidez de los demás, no estar alejada por ese tipo de cosas. — Es enorme, demasiado. Contestó Alejandro mirando a Katerin quien aún no salía de su trance. — Ay, no me digas que toda la vida has estado de esta manera. — Sí, así es. La mayor parte de mi infancia y mi adolescencia la viví aquí. ¿Por qué? Contestó Alejandro con un grado de desconcierto. Él no podía comprender lo que tanto sorprendía a Katerin. Claro que no podía comprender su desconcierto. La mayoría de su vida ella la había pasado en soledad, dentro de una casa que no tenía amor para ella. Y no es que su padre no la amará, sino que la mayor parte del día se encontraba en la oficina de la empresa. Ahora que veía la situación en la que se encontraba Alejandro, comenzaba a sentir un poco de sentimientos encontrados. «Solo espero que no esté como yo» pensó mientras se adentraba al vestíbulo de aquella enorme casa. El lugar era más grande de lo que esperaba, estaba decorado con muebles lujosos, cuadros de paisajes bonitos colgaban en las paredes pintadas de un azul oscuro, el mármol blanco del suelo le daba un aspecto como si estuviera pisando nubes blancas. Mientras que, en las largas escaleras bajaba una enorme alfombra roja. — Bienvenida a la residencia Magno. Comentó Alejandro con una sonrisa. Katerin observó con detenimiento todo lo que le rodeaba. Tan solo el hecho de haber visto lo grande ya comenzaba a sentirse incómoda. Todo esto le recordaba a su cárcel, a su soledad y tristeza, el vacío en su corazón comenzaba a lastimarla y consumir su frágil felicidad. — Gracias. Se limitó a decir a duras penas, ella no deseaba estar más tiempo observando aquel lugar sombrío. Alejandro asintió con alegría, solo el hecho de haberla traído y de compartir ese momento con ella ya lo hacía feliz. Con un gesto con su mano la comenzó a dirigir a su estudio, pero, en ese momento su padre hizo su aparición. — Hijo, veo que has traído una amiga a casa por primera vez. Comentó su padre con una sonrisa mientras bajaba por las escaleras. Katerin se sorprendió al verlo, no imaginaba que un hombre tan ocupado como Ernesto Alejandro Magno estuviera en casa y mucho menos tuviera el tiempo para pasarlo con su hijo. — Padre, pensé que no estabas. — Oh, no. Sabes que no puedo perderme la comida contigo. Respondió acercándose a los dos. Ernesto miraba detenidamente a la joven de cabello castaño que estaba frente a él. Rápidamente pudo reconocer que se trataba de la hija de su buen amigo Nicolás y de su amiga Kate, la cual desafortunadamente había muerto en el parto. La chica se parecía tanto a ella, que no pudo evitar sentir nostalgia al verla. Sin decirle nada, tomó a Katerin y la abrazó con cariño. — Te pareces a tu madre. Susurró con melancolía. El corazón de Katerin vaciló por un momento, en todo el tiempo que había estado jamás nadie se había tomado el tiempo para abrazarla con cariño, por primera vez pudo sentir la calidez de un padre. — ¿Usted conoció a mi madre? — Claro, tu madre y yo éramos grandes amigos, no sabes lo feliz que ella estaba cuando nos dijo que esperaba a una niña. Katerin no pudo retener una pequeña lágrima. Siempre que alguien le decía o le contaba algo referido a su madre la hacía sentir como si la estuviera viendo. — Gracias, le agradezco que me haya dicho eso. No tuve la oportunidad de conocerla físicamente, pero, gracias a lo que los demás me cuentan puedo ir conociéndola a través de sus relatos. Dijo Katerin limpiando sus pequeñas lágrimas que se habían desbordado en sus mejillas. Ernesto sonrió, él comprendía lo difícil que había sido para ella vivir sin una madre y rodeada de otra mujer que no fuera cariñosa con ella. Incluso él había hablado sobre eso con su amigo, quien lo había ignorado y le había dado la excusa que aquella extraña sería la salvación para ella. Lo cual, estaba completamente equivocado. — ¿Qué te trae por aquí, pequeña Kate? Preguntó Ernesto con curiosidad. — Soy la tutora de su hijo. Ernesto miró de reojo a su hijo quien no paraba de sonreír como un tonto, se veía que su pequeño Ale estaba locamente enamorado de ella. Lo cual causó felicidad en su corazón. — ¿Qué te parece acompañarnos en la comida? Por favor, no acepto un “no” como respuesta. Mencionó Ernesto mirándola detenidamente. Si él era amigo de su madre, ella no podía negarse, por lo que asintió y los acompañó en una animada comida, una que hacía bastante que no había tenido. Katerin se sentía contenta, y a la vez un poco celosa de Alejandro, quien podía tener la calidez de su padre. — Gracias por la comida. Dijo ella después de haber terminado. — No tienes porque agradecer. Soy yo quien debería estar agradecido, gracias por tomarte el tiempo para enseñarle a mi hijo, espero que no te dé muchos dolores de cabeza. Bueno, creo que es momento que vaya a atender la empresa. Siéntete cómoda como si fuera tu propia casa y ven más seguido. Contestó Ernesto esbozando una sonrisa mientras se levantaba de la mesa. — Gracias, señor. — Alejandro hazle caso y tratarla bien, ¿de acuerdo? Alejandro sonrió a su padre, luego lo acompañó hasta la salida y finalmente vio como se alejaba de su vista. Katerin y Alejandro tendrían un largo día por delante, estaba claro que esas tres horas se iban a alargar más de lo esperado. Pero, todo ese esfuerzo valdría la pena y eso lo sabía Katerin. — Bien, Alejandro. Comenzaremos con los fundamentos básicos. Por favor, presta atención con cuidado a lo que te diré. Comenzó a decir Katerin con una mirada concentrada. Alejandro sabía que debía hacerle caso, solo así podría ganarse su atención y hacer que su esfuerzo no se fuera abajo. Se veía que ella en verdad quería ayudarlo. Por otra parte, Michael se dirigía a la casa de Tamara, quien fue recibida con la calidez de una madre, la cual a su vez lo escudriño de pies a cabeza. — ¿Quién es este joven apuesto? Preguntó su madre con interés. — Él es Michael, mi tutor de ahora en adelante hasta que tenga una buena calificación. La madre al escucharla fue directamente a tomar las manos de Michael, quien ahora la miraba sorprendido. — Gracias, muchas gracias. No sabés lo feliz que me haces, por favor, ayuda a mi hija. Exclamó contenta. — Mamá, no es para tanto. Respondió Tamara avergonzada. — Tú no lo entiendes. Por cierto, no es el chico que tienes sus fotos en tu cuarto. Comentó su madre mientras miraba más a fondo a un desconcertado Michael. Tamara sintió el verdadero terror, había olvidado por completo aquellas fotografías que tenía de él en su habitación. — Eso no es cierto, él no es. Ahora vengo. Contestó totalmente desesperada.
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