A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

Los niños de los campos cafés
Habían pasado siete días, siete días; donde, los primeros dos, había intentado quedarse en el cobertizo sin éxito alguno por la alta temperatura que podía alcanzar aquel lugar. También, Koréen había intentado mantenerse en la cabaña, pero si no se trataba de la hora de la comida o de algo referente a la mecánica era mejor no aproximarse, ella misma te lo advertía mientras te señalaba con su cucharon. — ¡Si no saben de cocina o de tuercas espabilad de aquí! — luego era algo extraño comer un guiso a sabiendas de que seguramente en el fondo descansaría un engranaje que habría perdido en la tarde. También explicaba la gran relación que mantenía con Rosario, no la había visto llorar, pero en su mente aseguraba que se había desahogado en presencia de Rosario, después de todo, parecía que manejar marionetas estaba muy ligado a la mecánica, al menos a la de Magaly. Tenían clientes regulares, que en más de una ocasión repararon en la presencia de Koréen, alertando a la señora Magaly y siendo expulsad a la brevedad. — Puedo vigilar a Kiara— propuso el segundo día; era seguro que después de eso Kiara debió de maldecirle bastante, ya que Magaly no reparo en golpear su pierna hinchada mientras explicaba. — ¡Pero qué vas a vigilar en esta pierna! Que solo le queda reposo— sin soportarlo más, Kiara gimoteo en protesta recibiendo un golpe con más fuerza— ¡y tú no seas quejica! Mira que dar la cara por tu colíder. Ese era un detalle más que en esos días se había establecido, Koréen había sido colocada como un colíder del grupo ¿pero qué clase de colíder era expulsado por caminar descalza? “¡estas ensuciando mi piso!” gritó Magaly. Un piso con aceite sucio ya era de por sí difícil de ensuciar más, por lo que había vuelto al cobertizo a intentar soportarlo. El calor incandescente del día no podía compararse con lo frio de la noche, en especial a media madrugada; los siguientes días Koréen había aprendido los lugares donde el cobertizo se hacía más caliente y los usaba de noche para poder dormir lo más cómoda, siempre atenta a su casi inexistente compañero de cuarto, Alecksz. Alecksz se marcharía antes de que el sol saliera, llegaría para cuando la luna estaba en lo más alto ¿Dónde comía? ¿Qué hacía? Era algo que a Koréen le hubiese gustado saber, más si lograba sacarle de aquel lugar sin meter a nadie más en problemas y tratar de comentarle sobre aquel extraño personaje que había provocado su encierro autoproclamado, intentar hablarlo con Rosario era difícil por Magaly y Kiara pasaría la mayor parte del tiempo gritando de dolor antes de desmayarse…ya era obvio el poco afecto que podía darle Magaly a la rubia. Para el cuarto día pensó ingenuamente que si aquel sujeto la buscaba seria por donde la encontró la última vez, tal vez si caminaba por los campos podría llegar un poco más lejos, a un lugar con un riachuelo y la suficiente sombra para pasar el día. Como todo en aquel mundo el sonido del cauce del agua era una constante, pero a diferencia del bosque, el álveo del agua no era notorio. ¡Necesitaba un baño! Con forme los días pasaban su rostro se había llenado de una capa de mugre, sus ropas habían adquirido las manchas de donde se sentaba y parecía que en uno de los bordes el aceite de las maquinas se había mezclado con un poco de sopa, había aprendido a andar sin zapatos y sus pies mostraban una generosa capa negra donde debía tener alguna que otra costra de una vieja herida. No olía mal, bueno, al menos no había recibido comentarios sobre su olor, solo su cabellera se había hecho más difícil de arreglar y la había dejado en una maraña hasta el séptimo día. Sus suposiciones no eran erróneas, más allá de la tierra que pertenecía a Magaly se mostraban unos cuantos grupos de cultivos, podía identificar arroz, trigo, papa junto a grandes extensiones de vegetales cultivados en agua, lástima que no era la suficiente para darse un chapuzón y aunque la tierra no mostraba un tono verduzco saludable, pues estaba manchado de colores amarillentos muy similares a sus cultivos, era más agradable que el pequeño horno de madera donde dormía. Caminando un poco más allá había encontrado un escondite perfecto, un árbol robusto de tronco largo y copa algo frondosa, había crecido para convertirse en una especie de marca que separaba la tierra cultivada de la que descansaba, a los pies de esa enorme señal se hallaba una roca lisa rodeada de mala hierba amarillenta y quebradiza, de esa que se pegaba en la ropa y era imposible de sacar. Aquel pequeñito espacio era el perfecto a ocultarse, su apariencia menuda se podía camuflar con el paisaje y Jeff, quien seguía su sombra fielmente podía unirse al tronco alto para desaparecer a cualquier vista superficial, no solo eso, los cultivos que la rodeaban no necesitaban mucha atención, por lo que la afluencia de gente era escasa. Su grimorio había sido su única barrera entre el aburrimiento y la locura, así como la observación de los pequeños sucesos que ocurrían en el reino de Sydan. Las carretas eran un buen ejemplo, día tras días después de su llegada se veían veinte carretas partir hacia el muro y solo diez volviendo con pasajeros, iniciando un intercambio continuo de pasajeros y suministros, aparte de las diez carretas también vio a enormes caravanas aproximarse al pueblo antes de rodearlo y desaparecer de su vista, también había visto a muchos soldados andar en monturas gallardas mientras recorrían los límites del pueblo. — ¡Os voy a matar! Grr— Jeff se apresuró en tocar la cabeza de Koréen, de todas sus distracciones, esta era su favorita, un grupo de niños que venían a controlar los cultivos y que indudablemente se ponían a jugar. Eran solo niños. — ¡No destrozaras la aldea, yo te detendré! — grito uno, blandiendo una ramita como espada, riendo a carcajadas al ver al malo de su juego. — ¿¡para que son las hojas!? El niño aludido tiro el montón de hojas y barro de su cabeza, mostrando una linda calva, era claro que lo habían rapado recientemente y que aquel corte le era desagradable, apretando los dientes ante las burlas hasta Koréen rio por lo bajo de notar como le faltaba un diente. — Oscar, no seas malo con Mijhael, ya es malo que le toque ser el villano— intervino un niño, tal vez el más grande entre ellos, de ropa limpia y cabellera larga, armado de un tablón con una especie de trapo como empuñadura. El niño llamado Oscar se rascaría su cabeza en disculpa para seguir su juego, tal vez lo más adorable de aquel niño era su cabellera rizada, tan, pero tan rizada que le recordaba a un pequeño brócoli, verdura que odiaba, pero que adoraba en la comparación. Aunque no tomaría mucho para que Jeff volviese a picar su cabeza, en la mente de la castaña ya era algún tipo de código para regresar a su lectura. El grimorio presentaba un sinfín de opciones para tratar la “magia” o de otra forma dicha, para que su don funcionase; había visto fuego, aire, agua, truenos y un par de derivaciones extrañas ya no concentradas en los elementos, como en el caso de Kiara y Rosario; pero parecía común la presencia de elementos en que aquellos que manejaban un libro de hechizos como ella ¿los límites? Eran un misterio, por lo que el resto de horas las pasaría tratando de entender lo que decía el grimorio, sí, había páginas enteras donde su descomunal grupo de letras se condensaban en una palabra para ella, existían dibujos que trataban de explicar su funcionamiento y al final del día se reducía a la práctica. — ¡Dijimos sin trampas Mijhael! — Koréen levanto el rostro curiosa, aquello era algo de cada día de sus juegos, uno de los niños había dejado sobresalir su don. Oscar se palmeaba el pecho en un intento de apagar las chispas que había soltado su compañero de juegos, enfurecido su pequeño cuerpo empezó a elevarse unos centímetros del suelo, siendo frenado por el toque gentil del niño más grande. — Ha sido un error, calma, calma— el susurró, Oscar descendió hasta el suelo donde se limitó a hacer un puchero. — No me gusta cuando haces eso Azul — Y tu Mijhael— Azul extendió la mano hacia este— anda, entrégamelo para evitar problemas. Koréen se sorprendió al ver como el pequeñín calvo frunció el ceño dejando que una pequeña flama se extendiese por su pequeña cabeza, tal vez eso explicaba la falta de cabello, así como la ropa simple, unos pantalones cortos y un chaleco ¿cuánta ropa habría vuelto ceniza? Mijhael saco del interior de su chaleco naranja un delgado libro, más parecido a un panfleto que a un libro, entregándoselo al niño de piel blanquecina llamado Azul, que de solo tenerlo en su poder una delgada y larga lengua bífida salió a relucir, aun gesto que cubrió avergonzado mientras los otros niños se reían y volvían a su juego. Su pequeño juego de héroes y villanos era lo más colorido y animado que Koréen había presenciado en aquellos días, ya que incluso la tierra clamaba por falta de vida, manteniendo un color café como predominante, incluso en los cultivos más saludables; aun así, mantenía un pequeño pero. El juego de los niños consistía en acabar con un villano…y el villano era un jugador que no podía usar su Don para contratacar y normalmente eran dos contra uno, un papel que ninguno de los niños parecía disfrutar. — A mí tampoco me gusta el juego— una aguda voz quejumbrosa se escuchó junto a la castaña, girando su rostro al instante se colocó lista para salir corriendo. Junto a ella se había sentado a un par de pasos de distancia, en la maleza, lo que parecía la figura de un niño, curiosamente envuelto en una capa como lo estaba ella. Esta voz volvió a hablar, tartamudeando mientras intentaba explicarse. — El malo siempre es el jugador…son malos…dicen que son malo, pero debería, debería existir uno bueno ¿no? — removiéndose inquieta, alzo su rostro para encarar a Koréen y a causa de la diferencia de alturas el rostro del pequeño se descubrió, mostrando un pelaje blanco acompañado de una nariz achatada y un par de ojos, grandes, negros— no… Se contestó a sí misma, hundiendo su cabeza en sus rodillas, apenada de hablar con un extraño. — ¿Te están molestando, Luz? — Azul se había acercado, teniendo al dúo a unos pasos atrás, se agachaba para tocar el hombro de quien parecía su amiga. De cerca Azul era más llamativo, vestía una camisa blanca con chaleco bordado celeste y un par de pantaloncillos que iban a juego; su cabello era largo hasta los hombros y carecía de color, era tan blanco como la cara de Luz, solo su rostro con un poco de color y sus apacibles ojos azules terminaba por ajustarlo como elegante. — Yo le he molestado— susurró por lo bajo, para entonces Koréen ya se había puesto de pie, su preciado escondite había sido descubierto y era mejor si quedaba como una anécdota en la mente de esos niños. — Espera— dijo Azul, estirando su blanca mano para sujetar los bordes de la capa de Koréen. En ese breve momento la castaña sintió una corriente fría, pero agradable recorrer su cuerpo, de forma tan ligera que quedo quieta en su lugar y sumergiéndose en la repentina calma se atrevió a cerrar los ojos para disfrutar con mayor énfasis aquella tranquilidad, olvidando todo por instantes. Siendo Jeff quien separaría el toque del niño de la castaña, trayéndola bruscamente de su oasis mental. — Lo, lo siento— tartamudeo el pequeño Azul, mirando sorprendido a Koréen antes que de su boca saliese otra vez su lengua larga, rosada y bífida por segundos. — No te va a comer— susurró la pequeña luz, tirando de la ropa de Koréen se apegó un poco a esta mientras que detrás de ella una cola blanca esponjosa se erizaba por completo. — ¡Aún falta para la comida Azul! — se burló Oscar, provocando que el pobre niño agachara su cabeza apenado — Se relajó demasiado— susurró apenado, tanto que sus pequeñas orejas se cubrieron de rubor. — Que no te gane tu naturaleza de serpiente— soltó Mijhael, dando un paso hacia atrás. ¿Serpiente? Fácilmente podía asociarlo con una, pero una cría de serpiente, aun de ojos grandes y adorable de ver; emitiendo un ligero temblor Koréen intento una vez más su retirada, siendo frenada por la pequeña Luz, que ahora batía su esponjosa cola blanca mientras trataba de hablar. — ¿Eres como yo? — Koréen le vio extrañada, era muy claro que no, pero Azul parecía recobrar la postura, hablando más claramente. — Luz, no todos los que usan capuchas son zorros blancos— la pequeña negó con fuerza, tirando con más ánimo de las ropas de Koréen mientras se apegaba a ella. Ante esto la castaña no vio como separarse de ella sin usar la fuerza ¿Qué los niños empezaran a llorar? ¡Eso atraería atención no deseada sobre ella! Aunque lejano, ya podía oír los reproches por parte de Alecksz por dejarles en evidencia. — ¿Qué ha sucedido con ustedes? — la voz de una anciana hizo retroceder a Koréen, alcanzando a tocar los bordes del grimorio con sus dedos fijo la vista en un nuevo integrante de aquel posible caos. Una anciana de rostro apacible, joroba pronunciada y un bastón con la cabeza de un cuervo se les acerco ¿enojada o alegre? Era difícil saberlo, su rostro cubierto de arrugas y sus pronunciadas cataratas eran un impedimento al momento de tratar de leer su estado de ánimo. Parecía una bruja de los cuentos infantiles con las túnicas naranjas que llevaban. — ¡Abuela, la encontré, la encontré! — anuncio Luz, dando pequeños brincos que liberarían su cabecita de la capucha, mostrando por completo sus dos orejas peludas sobre su cráneo, confirmando por completo que se trataba de un zorro blanco. La anciana, horrorizada se aproximó a ella para volver a cubrir su cabeza inquieta, que se liberaba apenas era cubierta, agitando velozmente sus fosas nasales en dirección de Koréen. — Anda, no molestes a la gente, ya debemos volver a casa. Cada tarde el grupo de niños recorrerían los campos sembrados en una ronda de juego y volverían con prisa, al parecer, junto a la llamada abuela, a quien parecían tener una obediencia y respeto absoluto, pues el trio de niños ya se había dispuesto a sus espaldas listos para marchar, cargando unas pocas ramitas de madera para la chimenea. — ¡No, no quiero! — exclamó con desobediencia, apegando su rostro peludo a las ropas de Koréen, ensuciando su blanco pelaje cada vez se frotaba con ímpetu— ¡encontré a alguien como yo, encontré a alguien como yo! La pequeña luz se dispuso a llorar, si uno no la conociera pensaría con facilidad que se trataba de un berrinche de zorro pequeño, pero para la abuela y su grupo de niños les era alarmante, ya que luz era uno de los niños más pequeño de su familia, de comportamiento tranquilo y servicial, casi desapercibido en comparación a sus hermanos de leche completamente traviesos. Un niño que no daba problema alguno y solo provocaba dicha ahora lloraba con fuerzas mientras se aferraba a las faldas de un desconocido, la abuela solo pudo mostrarse complaciente en un intento de separarlo. — Hay muchos más como tú en casa, anda vamos a verlos— no solo las manos huesudas de la anciana trataron de retirarla, Koréen también había tratado de quitarla, sacudiendo un poco hasta resbalar sobre sus propios pies, siendo detenida en el aire por el agarre de Jeff. La anciana dirigió su atención a Jeff, soltando por completo a Luz, que aprovecharía aferrarse a la pierna de la castaña, como la personalidad de Jeff había pasado desapercibido en su totalidad hasta ese momento, colocando en pie a Koréen volvió a su postura recta observando el horizonte. La anciana lo pensó un poco y viendo la testarudez en la pequeñaja Luz, suspiro a los cielos antes de agacharse con esfuerzo a su altura. — ¿Sabes que mi Luz? — hablo con dulzura, ganándose una mirada de la niña zorro— esta abuela ya no puede ver bien, pero viéndola de cerca tienes tanta razón como los días que terminan en noche ¡es idéntica a ti! Koréen abrió la boca para interferir siendo la mirada de la abuela un impedimento, era una súplica silenciosa en busca de ayuda. — Estoy casi segura que querrá acompañarte hasta casa ¿no quieres mostrarle cómo eres? La pequeña miro a Koréen en busca de una afirmación, resignada, afirmo con la cabeza y con algo de pena siguió a la anciana, había entendido bastante bien que había ensuciado el pelaje blanco de la niña, quien ahora caminaba fuertemente agarrada a la ropa de la castaña. Llegando así a una cabaña de piedra y madera más grande que el hogar de Magaly, con un piso extra y pequeñas ventanas de las que colgaban enredaderas verduscas con chispas de flores. Con las puertas abiertas se podía ver en el interior un grupo numeroso de niños que al verlos fueron corriendo a darles una bienvenida; entre palabras juguetonas Luz se soltaría e ingresaría con sus compañeros a la casa, dejando solos a la anciana y a Koréen, a falta de palabras, Jeff no era contable. — Lamento que Luz se pegase así de ti, es la única que pertenece a la familia de los zorros blancos por lo que debe usar siempre su capa— Koréen vio su propia vestimenta, era muy probable que aquellos niños la notaran desde un principio y día tras día sin quitarse la capucha de su cabeza, debió ser un indicativo para la niña. — Es similar…— susurro Azul, había ido en busca de la abuela para confesar su hallazgo, viendo a Koréen añadió— se tranquilizó mucho cuando la toque, debió temer el sol la quemara cuando Luz tiraba de su ropa. La abuela regaño levemente a Azul, empujándolo al interior de la casa sonrió con amabilidad a Koréen. — Así que se debe a eso, no creí que alguien más padeciera la maldición de los zorros blancos, son de las montañas nevadas y el sol puede quemarles la piel bajo un tormento inimaginable, no puedo darte nada por alegrar a mi taciturna Luz…más que un buen baño. Era tentador, era eso o enfrentarse a Magaly y por el momento ya era algo difícil esquivar los cacharrazos que podía propinarle; asintiendo, la abuela la llevo a una pequeña casita de madera hecha en un costado de la casa. En su interior encontraría un par de bañeras, grande y mediana, donde había agua cristalina, así como pequeños baldes de madera y un par de telas para secarse; a diferencia de su cobertizo el lugar estaba amparado por la sombrad de un viejo árbol de manzanas. — Aprovecha ahora antes de que sea la hora de baño de los niños. Dejándola sola y con Jeff como guarida de la puerta Koréen se atrevió a quitarse la capa por primera vez, dejando a un lado sus ropas se adentró en la bañera mediana, ignorando por completo su temperatura baja y aferrándose al último borde de su grimorio antes de sumergirse por completo. Con prisa terminaría su baño, sabiendo que más limpia no podía quedar al notar lo negruzca que se había puesto el agua antes clara ¿más suciedad? Era posible que le quedase algo, pero no iba a averiguarlo. Vistiendo nuevamente sus prendas sucias su mirada se detuvo por instantes en su reflejo. Su rostro, toco su rostro con cierta tristeza, estaba olvidando como se veía realmente bajo toda esa capa de mugre y se preguntaba en aquel breve momento si sus perseguidores lo habían olvidado también. Golpeando la superficie del agua termino de ocular su rostro, no tenía resentimiento a estas alturas, pero se decía de Cyara cosas dignas de un demonio y del agua se rumoreaba que poseía memoria. “¡¿Dónde está!? ¡¿dónde está?!” Koréen podía oír la vocecita de Luz, seguramente reparando en su falta, sonriendo en su dirección se despidió con un gesto de su mano; le parecían niños por demás encantadores y en otro momento se habría detenido a jugar con ellos. Ajustando la capucha sobre su rostro debía desaparecer.
Descubre más en Bookista
Descarga la app y continúa leyendo
A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

Populares

Populares

close 0/500