Cuarto Reino

Cap. 12.1
Cap. 12 Paola, centrada en su clase de arte libre, trazaba algunas líneas de ejercicios para la soltura de su muñeca, ¡ja!, que fácil, y una prueba que era supervisada por el mismo director Alberti, a muchos de los estudiantes los miraba con aprobación, a otros simplemente los miraba de manera impasible, pero al llegar al caballete de Paola, frunce el ceño con alto desagrado. ─ ¿Qué estás haciendo? ─ Los ejercicios, señor ─ No puedo negar que las líneas son perfectas, pero no es la postura correcta para la mano, estás matando el contraste y ridiculizando la técnica ─ alguno de los estudiantes ríen por lo bajo ante la humillación, el director levanta la mano para acallarlos. ─ Señor, con el debido respeto, usted me dijo en su oficina que el arte es… vida, es la expresión de la vida en nuestras manos ─ Así es, por lo tanto hay que darle la subjetividad y el trato que se merece, con la gracia y la delicadeza… ─ Si encierra la libertad de la vida y lo que representa con tantas reglas y limitaciones… ¿No seria igual matar a la vida misma? ─ Sin reglas solo hay caos, y las “limitaciones”, como usted lo define, es el orden de ese caos, es el balance ─ El mundo se originó a través del caos, señor Alberti, el balance y el orden es solo algo sustancial para darle sentido a ese caos, pero no deja de ser vida ─ No sé que le habrá enseñado su padre, pero definitivamente arte no es ─ Mi padre es el hombre más inteligente y sin duda mi mejor maestro, él me enseñó todo lo que sabe ─ Y si sigue pensando como él, con su… “idealismo” de libertad y vida, no creo que tenga mucho futuro en esta academia, señorita Doménico, el arte es plasmar la vida en su hermoso balance, no el caos que usted muestra con su técnica que aporrea la vista ─ Paola tensa los músculos de su mentón fulminando con la mirada al director, nunca se había sentido tan humillada en la vida. Con el silencio incómodo cruzándose en el salón, Paola se levanta dejando su lápiz en el caballete con mucho cuidado. ─ Con su permiso… señor Alberti ─ Paola se retira saliendo del salón de clases a largas zancadas con su barbilla en alto, solo resonando sus pasos en el mármol pulido; el director enarca una ceja, toma un breve aliento dirigiéndose a la clase comentando: ─ Ese es el típico pensar y comportamiento de un… campesino ─. Sin decir nada más, se para al lado del profesor Salvaterre, aplaude un par de veces para que la prueba prosiguiera, desde luego en total silencio, el profesor Salvaterre le ofrece una mirada disimulada en total desacuerdo. Paola camina sin dirección alguna, solo quería estar lejos del salón y lejos del director; caminando por los largos pasillos del patio central, Paola refunfuñaba, ofendiendo de miles de maneras muy creativas al director, se para en una de las columnas para tomar un respiro y tratar de calmarse, cerrando los ojos se concentra en su respiración. ─ Recuérdame no hacerte enfadar ─ saludó una voz con un tono llena de diversión, Paola se sobresalta colocándose una mano en el pecho. ─ ¡Stefano!, ¿Qué te he dicho?, ¡no vuelvas hacer eso! ─ Stefano levanta las manos en gesto de rendición. ─ No pude evitarlo, perdón, aunque si te soy franco, me gustó la forma en que te enfrentaste al director ─ Es un idiota ─ replicó Paola con los dientes apretados por la rabia, acto seguido da un gruñido de frustración. ─ Ya, Paola, calma, aunque esas no fueron las ofensas tan dulces que llegue a oír de ti, ven, te va a dar un infarto si sigues así… ven siéntate ─ ya sentados en el banco, Stefano contemplaba a Paola tratando de calmarse. ─ ¿Qué?, ¿Tengo algo en la cara? ─ pregunta Paola. ─ No, no, para nada, es solo que te ves hermosa cuando te enojas ─ No estoy de humor, Stefano ─ Lo sé, es solo que no puedo evitar expresarlo, y si te soy honesto, me gusta más tu filosofía del arte ─ el rostro de Paola se suaviza y se sonroja ante el comentario de Stefano. ─ Gracias ─ Tu padre te debe amar muchísimo ─ Es mi padre ─ O posiblemente su perspectiva cambió al tenerte en brazos ─ Paola se encoge de hombros. ─ Quizás, pero es mi padre ─. Curiosamente Paola reflexiona sobre Stefano, ¿Cómo sabia él de la discusión con el director si no estaba presente? ─ Y dime, Stefano… ¿De donde eres? ─ ¿Yo?, de Venecia ─ ¿Ves alguna clase conmigo? ─ De hecho, estoy en la clase de escultura y tallado, solo pasé por casualidad por tu salón y escuché todo detrás de la puerta, cuando te sentí venir, me fui ─ Mm ─ ¿Por qué siempre estás a la defensiva? ─ ¿Yo?, ¿A la defensiva?, (bufido), para nada ─ Supongo que es normal, eres nueva, no conoces a nadie, y creo que soy el único amigo que tienes aquí ─ Paola se sintió por un segundo indignada. ─ ¡Tengo muchos amigos! ─ Los dejaste cuando te mudaste ─ Yo no he dicho que me haya mudado, y si así fuera el caso, que no es tu asunto, existen las correspondencias ─ ¡Ah vamos, Paola!, ¿Puedes darme un respiro?, dame una oportunidad de ser tu amigo, solo eso, amigos ─ No, y con permiso ─ Paola desaparece entre los pasillos nuevamente a zancadas, pocos minutos después Stefano ve a la señorita Ana caminando en la misma dirección que Paola a toda prisa, ¿A dónde se dirige con tanta urgencia?, Stefano frunce el ceño y toma la decisión de seguir a la señorita Ana. Mónica llega exhausta con su padre, toma de la mano a Mario con la determinación de entrar al instituto, sin embargo Mónica llega a un punto donde su padre se detiene, se gira para saber el motivo por el cual Mario no avanzaba. ─ ¿Papá? ─ Ve tu hija, yo te espero ─ ¿No vienes? ─ No, hija… estos viejos huesos necesitan un respiro, ve, yo estaré aquí ─ Mónica se enfila a la carrera por el amplio patio rumbo al instituto, Mario esboza una sonrisa maliciosa al estar solo. Una vez cruzado el gran jardín, Mónica toca a la puerta, no recibe ninguna respuesta, toca con más fuerza, nada, ella tenía que buscar la manera de sacar a su amiga de allí, se pasa la mano por su rojizo cabello, toma una piedra y en el instante de que estira la mano para tirar la piedra, una voz a su espalda le advierte. ─ Yo no haría eso si fuera usted ─ Mónica da un respingo dejando caer la piedra. ─ ¿Qué hace aquí? ─ pregunta el extraño. ─ ¿Trabajas aquí? ─ Eso depende ─ Estoy buscando a una estudiante ─ Y para eso quieres romper los vidrios del instituto… creo que hay mejores formas de llamar ─ Ya lo intenté… (gruñido de frustración), mire… no tengo tiempo, es de vida o muerte, necesito hablar con ella ─ ¿Cómo se llama? ─ ¿Trabaja aquí? ─ el extraño deja la mirada en blanco. ─ Desde luego ─ ¿Conoce a una estudiante llamada Paola Doménico? ─ Mm No, ¿Por qué la urgencia? ─ Mi amiga está en peligro ─ Espera aquí, yo la busco ─ el hombre saca de su bolsillo un manojo de llaves y en el instante de que abre la gran puerta, Mónica lo empuja haciéndolo a un lado y entra corriendo por los silenciosos pasillos. ─ ¡Eh!, ¡niña!, ¡no puedes entrar! ─ la voz de aquel hombre se perdió en la distancia, Mónica buscó y buscó, mirando en cuanto salón y taller estaba a su alrededor, algunos vacíos otros cerrados, ¿acaso ella era la única estudiante?, para ser un instituto era muy silencioso. Mónica cruza por uno de los pasillos a la izquierda, grabándose el camino para volver a revisar si era necesario. Mirando a otra dirección, se topa con alguien cayendo inevitablemente sobre su trasero al igual que la otra persona. ─ ¡Cuidado! ─ ¡Ay! ─ cuando Mónica se fija con quien se había topado, se le iluminan los ojos. ─ ¡Paola! ─ Paola mira confundida a su amiga. ─ ¿Qué haces aquí? ─ Te vine a buscar ─ ¡¿Estás loca?!, vas hacer que me expulsen ─ No importa, hay que salir de aquí, estás en peligro ─ ¿De qué hablas? ─ E, e, e, es el señor Dragnan, él no es lo que todos piensan, ¡él quiere casarse contigo!, planea comprarte con algo valioso y apartarte de tu familia ─ Ya va, cálmate, Mónica, respira, ¿De qué estás hablando?, ¿Por qué el señor Dragnan querría casarse conmigo?, no lo entiendo ─ preguntaba Paola tomando por los hombros a su amiga tratando de calmarla. ─ Yo tampoco, pero sus intenciones no son buenas, por eso tengo que sacarte de aquí ─ Mónica ayuda a levantar a su amiga, en ese instante aparece la señorita Ana con la respiración agitada. ─ Al fin te encuentro ─ dijo Ana con la respiración entrecortada, una vez que recupera algo de aliento prosigue. ─ Te solicitan en la dirección ─ ¿Qué?, mierda de seguro me expulsan hoy ─ farfulla Paola en voz baja, tanto Mónica como la secretaria la miran asombradas por la palabrota. ─ ¿Quién es ella? ─ pregunta la señorita Ana reparando en la presencia de Mónica. ─ E, e, es mi hermana, solo vino de paso ─ ¿De paso?, nos vamos ─ ¡No puedo!, me solicitan en la dirección ─ ¡He dicho que nos vamos y punto! ─ tomando la mano de Paola, Mónica se enfila a la salida, Ana trataba de hacerla entrar en razón, pero solo obtenía negativas e insultos por parte de Mónica, cruzando por una esquina, alguien se atraviesa en su camino tropezándose, Mónica se sintió como si hubiera chocado con un muro. ─ ¡Señor Dragnan! ─ Jadeó Ana, Mónica alza la mirada y a medida que elevaba la vista, abría los ojos llenándosele de terror, ¿Cómo pudo llegar tan rápido?, ¿Por qué su padre no hizo nada para detenerlo? Mónica coloca a su amiga detrás en gesto protector. ─ ¡No te la llevarás!, ¡no te atrevas a tocarla! ─ despotricó con determinación y valentía, aunque por dentro se moría de miedo, en cambio Dragnan ladea la cabeza analizando a Mónica. ─ Perdone, señor Jerome, en éste momento ya íbamos directo a su oficina ─ se excusó Ana con voz nerviosa. ─ No hace falta, Ana, yo me encargo ─ anunció Dragnan sin despegar la vista de Mónica. ─ Con su permiso, señor ─ Ana se retira desapareciendo por los pasillos, Dragnan se quita una pelusa invisible de su sobretodo negro y… ─ Creo que te estás convirtiendo en un dolor de cabeza, muchacha, pero déjame darte crédito por tu valentía, aunque empleaste mal tus cartas ─ No, no quieras… con… con… confundirme, sé, sé, sé muy bien tus intensiones ─ Estoy consciente de que viniste con tu padre hasta aquí ─ ¿Viniste con el señor Mario? ─ pregunta Paola con asombro. ─ Si, él vino a ayudarme y a sacarnos de aquí ─ Bien, vayamos entonces ─ propuso Dragnan y sin perder tiempo, se dio la vuelta rumbo a la entrada principal. A una distancia prudencial, Mónica y Paola seguían a Dragnan en silencio. Saliendo de la institución, el extraño se disculpó con Dragnan al no poder detener a Mónica, en cambio éste fulminaba con la mirada a la pobre chica, llegando al gran portón principal, Mario confundido y algo preocupado miraba a su hija que venia acompañada con Paola y Dragnan encabezando la marcha, se detienen en la entrada. ─ ¿Ahora vas a retener a mi hija como rehén? ─ protesta Mario al ver a su hija aferrada a Paola, Mónica busca de llevar a rastras a Paola pero Dragnan intercede colocando su brazo, impidiendo que avanzaran otro paso más. ─ Mónica… ¿Recuerdas el objeto que te dije que no todo el mundo puede sostener? ─ Dragnan saca de su bolsillo el objeto envuelto en el pañito blanco, se lo entrega a Paola, Mónica insiste en que no acepte el objeto, pero Paola tiende la mano dubitativamente ante aquel empaque envuelto que la llamaba. Una vez descubierto, toda su atención yacía centrada en la daga, absorta, ¿Dónde la había visto?, sus ojos se abren como platos al ver la daga dentro de la funda, la saca y se queda sin aliento al reconocerla. ─ Colmillo ─ susurró Paola. ─ ¿Qué? ─ pregunta Mónica confundida. El mundo comienza a darle vuelta, se tambalea sujetándose la cabeza sin soltar la daga. ─ ¡¿Qué le has hecho?! ─ pregunta Mónica fulminándolo con la mirada, Paola con los dientes apretados se arrodilla tratando de luchar con todo el dolor que cierne en su cuerpo, su cabeza, aun arrodillada deja caer los brazos dejándolos colgados, lánguidos, sin embargo el agarre de su daga no se aflojó. Mónica preocupada por su amiga, se arrodilla a su lado, sacudiéndola para que reaccionara, el trenzado del cabello de Paola se suelta, bailando al son del viento gélido como un centenar de serpientes, Dragnan le hace un gesto de invitación al padre de Mónica, que miraba expectantemente, saltando de un rostro a otro, se veía algo nervioso. ─ ¿Paola?, ¿Estás bien? ─ pregunta Mónica angustiada, Paola levanta la mirada, pero sus ojos, ya no eran sus ojos, eran de un gris-plata brillante, de pronto el gris desaparece de sus ojos, dejándolos a su color original, sin embargo, su expresión impasible se mantenía, Mónica se deja caer sobre su trasero nuevamente aterrorizada, Paola se apoya sobre su rodilla para levantarse. ─ Puedes pasar ─ invitó Paola, la voz de ella, su voz, aquella voz sin emociones, desafiante, todo lo contrario a lo que es Paola realmente, ¿Quién es ésta mujer? ─ O si prefieres puedo salir y así me das el mensaje ─ agregó ladeando su cabeza con una sonrisa socarrona, en cambio Mario, allí de pie, paralizado, sudando del miedo, contemplaba a Paola, luego a Mónica. ─ Dragnan, protégela ─ Así se hará ─ afirmó Dragnan con un asentimiento en gesto de reverencia, Paola cruza el portón diciendo unas palabras que Mónica no logró entender, no podía creer lo que sus ojos presenciaban, Paola levanta la mano aun diciendo aquellas palabras, de pronto Mario parece luchar tratando de moverse, pero no podía, mostraba sus dientes aun luchando por liberarse. Paola ya estaba frente a frente a Mario, mirándolo a los ojos. Colocando una mano sobre la frente de Mario, éste comenzó a dar gritos de dolor, aullidos, la mano de Paola se encendió con letras, símbolos que parecían ser antiguos, los mismos grabados de la daga, Mónica jadea por el pánico, sin aliento, al ver como su padre comienza a botar una sustancia negra y viscosa. ─ ¿Se tomaron tantas molestias solo para encontrarme? ─ preguntó Paola mostrando una sonrisa sardónica. ─ Ya sabemos donde estás, perra ─ Mónica no soporta más y se desmaya, su padre, la voz, no era de él, eran voces de bestias articulando palabras. ─ Solo eres un mensajero, no vales la pena mi esfuerzo, ¿Doblegaste solo un humano para esto? ─ El humano es débil ─ Libérenlo ─ ¡No!, ¡él es nuestro ahora! ─ No lo volveré a repetir ─ Si me apuñalas, lo matarás a él también, condenándolo a nosotros ─ Paola comienza a recorrer con su mano varios lugares del cuerpo, recitando palabras mágicas antiguas, haciendo que los alaridos de Mario se sintieran aun peor. Posando su mano en el corazón, Mario comenzó a estremecerse con espasmos, soltando más fluido negro por la boca, Paola comienza a grabar sobre la piel de Mario con la punta de su daga unas letras, runas antiguas; recitando unas palabras, da unos pasos atrás, dejando que Mario se agarrase el pecho, con el rostro rojo; como si le faltara aire, cae al suelo dando fuertes espasmos en posición fetal, luego se busca de levantar quedando en cuatro patas y comienza a vomitar un fluido negro, espeso y apestoso, y junto a ese fluido, un gusano del tamaño de una serpiente revolviéndose en el fluido, Paola se acuclilla frente el fluido, donde se retorcía el horrendo animal y lo apuñala con la daga, éste se retuerce aun más convirtiéndose en cenizas, Paola mira a Mario en el suelo inconsciente, cuando cruza el portón nuevamente, cae al suelo desmayada.
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