A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

La plaza de los tres reinos. Parte III. La diversidad de un mundo de videojuego
Parte II — No debes preocuparte, volverá, volverá— consoló el oso, dejando a Koréen en el suelo con suma delicadeza para entregarle una de las lámparas de papel en sus manos— A que es hermosa, entretente con ella. Koréen le vio confundida por su trato gentil, parecía que aquel oso blanco de ojos negros realmente la veía como una niña; después de días con Alecksz, ser tratada con algo de tacto la alegró bastante y haciendo caso a las palabras de su acompañante aprecio la lámpara de papel. Aunque cabía en las patas de su vendedor, era tan grandes como la cabeza de Koréen, con un grabado en el papel, muy detallado, de paisajes y animales. En aquella tranquilidad, Koréen volvió a percibir el sonido del agua, preguntándose si como en su caverna el agua aparecía de la nada para desaparecer en un rincón, buscó a sus alrededores hasta que oyó el crujido de la carne con los huesos, vio con precaución al oso frente suyo, descubriendo que inflaba sus cachetes con glotonería, al ser observado tragaría ruidosamente mientras se tapaba con una pata. — Disculpa mi buen apetito, la merienda se retrasó un poco— buscando detrás del mesón de piedra el chapoteo de agua se repetiría y Arth ofrecería a Koréen un pez ensartado en sus garras— Crecer un poco no te vendría mal. — ¿Cómo es que--? — Es una canal, siempre encontraras canales cavados desde los ríos en toda dirección, después de todo el agua es uno de los símbolos de nuestro Dios. — ¿Dios? — ¡Vaya! — Arth acerco su nariz al rostro de Koréen, olfateándola con fuerza para resoplar—Nunca pensé encontrarme con alguien nuevo en este mundo a estas alturas, mucho menos que Alecksz se encargue de ti…creí que odiaba a los novatos. Koréen puso unos pasos de diferencia entre ellos, no estaba segura si aquel oso era un jugador, pero temía que otros se hicieran la idea equivocada, viendo a los lados se extrañó de las pocas personas que habían, así como el nulo impacto que tenían las palabras de Arth en ellos. — Ja, ja, ja— se carcajeo— Aquí solo encontraras gente del reino de Ruhsiel; a diferencia del reino de Sydan y de Vertsand, encontramos agradable la existencia de los jugadores y aprobamos su presencia en este mundo, por eso nuestros puestos de venta son casi de nuestra misma gente, aunque claro hay épocas donde necesitaran nuestros productos, como lo es el Festival de los Deseos. Arth detuvo su charla atrayendo a unos cuantos viajeros con sus pintorescas lámparas de papel, entre ellos vio la figura de la tigresa con la que había chocado antes, esta al reconocerla pidió explícitamente la lamparilla de las manos de Koréen; con los enfrentamientos anteriores la entrego sin discusión, pasándose al lado de Arth para sentirse más segura. Aprovechando el primer instante a solos para preguntar una duda atorada. — ¿Arth, como conociste a Alecksz? — el oso era realmente amable con ella, ponerle junto a aquel gruñón no le parecía lógico. — A ver… ¡ah! Él era como tú, pequeñajo y debilucho, pero con la misma bocaza, la primera vez que le vi trato de ayudarme en una disputa con un comprador, era muy orgulloso de su estatus de jugador y pronto termino con un grupo de lugareños en una especie de gremio, vistiendo una armadura de pies a cabeza. Realmente hoy me costó reconocerle de tanto tiempo, por lo que me lleva a la duda ¿Cómo termino a cargo de alguien? Koréen frunció los labios, decidiendo con vehemencia que sería mejor que Arth no conociese los detalles sangrientos de por medio, por lo que solo desvió la vista antes de decirle algo de verdad. —En realidad…le ofrecí un trato que no pudo rechazar a cambio de llevarme— dicho así se arrepentía de hacerse ver como una manipuladora —Bueno, al menos cumplirá su promesa, se está asegurando de eso— consoló a Koréen, apoyando una pata en su cabeza, notando sus ojos brillosos, llenos de preguntas. — Realmente eres nueva en esto— susurró en complicidad— veras, en el centro de La Plaza de los Tres Reinos hay una lápida con el número de habitantes de todo nuestro mundo y aunque no lo vi, muchos comentan que los jugadores pueden ver cuántos son de forma muy aparte, el número no había cambiado en tanto tiempo que muchos han dejado de revisarlo y ahora Alecksz debe estar comprobando tus palabras. Koréen deseaba confesar a Arth que no tenía recuerdos de antes y al verle tan enfrascado en su negocio prefirió no contar nada de eso, era mejor si se mantenía en secreto y solo cuando volvieron a estar solos saco de su rosa bolsa Dolphin un par de moras, entregándoselas por lo bajo con el verdadero deseo de agradecer su gentil trato. — ¡oh, gracias! — respondió Arth, engulléndolas al instante, relamiéndose los bordes de su hocico con glotonería. — Aunque sería bueno si no muestras eso a nadie. El tono de Arth seguía siendo reconfortarle, pero en sus pequeños ojos se hallaba la alarma, al ver a sus alrededores Koréen noto que varios grupos de personas se habían situado cerca de los puestos, llenando el vacío anterior con sus llamativas figuras envueltas en armaduras, con arcos que cargaban a espaldas; y aunque no podía verlos, sentía que sus ojos caían sobre ella de forma hambrienta, en especial una que parecía contener verdaderas intenciones asesinas. — Veo que tienes un grimorio. Koréen se centró en Arth, asintiendo con la cabeza saco del cinto de su cintura el libro. En su viaje el grimorio había pasado a un accesorio con el que se entretenía en los baches del camino, golpeándolo con su cadera cada vez que saltaba sobre una piedra como entretenimiento; hasta ahora desconocía su funcionamiento y Alecksz no era precisamente una fuente gratuita de conocimiento. Arth estiro uno de sus dedos hacia el libro con lentitud, alejando el rostro en lo posible saco a relucir una de sus garras hasta chocar en el aire contra una barrera invisible, causando chispas eléctricas; tras verlo la cara de Arth cambio de precaución a alegría. — ¡Esto es bueno! Te ha aceptado como su dueño, anda pruébalo— Koréen guardaba en su interior su respuesta ¡esto no es mío! — Es que… no sé cómo. — Arth le recibió con una sonrisa, en tan amplio rostro se hacía por demás evidente, parecía enternecerle su ignorancia. — Tranquila, tranquila— Arth se aventuró a palmear su cabeza con sus patas— ves el seguro en ambas tapas, debes de accionarlo para que se abra y leer en voz alta lo que pone. Koréen examino el grimorio, encontrando el seguro mencionado por Arth, aunque sin saber cómo “accionarlo” solo probó suerte con sus manos, tratando de forzarlo, increíblemente, cuando su mano herida lo toco reacciono con un pequeño halo de luz antes de liberarse con un sonido seco. El grimorio se abrió en las manos de Koréen y ella sintió como el polvo menudo de las hojas picaba en su nariz, aguantando su respiración trato de leer la primera línea, soltando un estornudo mientras lo hacía. Arth dio un pequeño grito, su pata se había impactado con una pequeña bola de fuego, ardiendo con impresionante facilidad; apagándola con la otra pata y con fuertes soplidos vio sorprendido a Koréen, que solo estaba confundida; según ella no había hecho nada. — Prueba otra vez— animó Arth mientras se cubría con una de sus lámparas de papel. Con algo de polvo fuera Koréen ya podía ver los grabados en el grimorio, pero estos eran tan diversos como las marcas que rodeaban a La Plaza de los Tres Reinos, solo que con tinta negra; aunque no lo podía leer a simple vista, dentro de su cabeza los símbolos se transformaban hasta volverse palabras que reconocía. — Fuego De las hojas cafés del grimorio una pequeña bola de fuego se desprendió, sin quemarlo, casi del tamaño de su propio puño, elevado por diez centímetros sobre el libro y quedándose en suspendida en el aire. Arth bajo la lámpara de papel, acercando su rostro a aquella bola de fuego intento apagarla con un soplido, sin éxito alguno; probando un poco más acerco la lámpara de papel, cuando entraría a contacto el comportamiento estático del mismo quedo atrás, expandiéndose por la lámpara. Antes de que algo sucediese Arth la apagó. — Interesante, muy interesante— Arth estiró el cuello para ver el contenido del grimorio, al notar su intención ella lo mostro por completo— No solo el idioma es inentendible, también las hojas se muestran en blanco— al ver la expresión alarmada de Koréen la tranquilizo con su ya habitual toque en la cabeza— a veces los grimorios son muy celosos de su contenido. — Espera ¿no entiendes los grabados? Son los mismos que rodean a la plaza. — Para mí solo son hojas cafés; es normal que los grimorios sean cautelosos con otros, por algo son los favoritos para los que no pueden manejar sus habilidades. — Mnn— Koréen mantenía en su mente las palabras despectivas que Alecksz había soltado antes sobre quienes usaban un grimorio por lo que preguntó con recelo. — ¿todos tienen habilidad? Arth tomo los restos de la lámpara, quebrándola entre sus garras hasta volverla solo retazos de papel, atrayendo la atención de Koréen como de algunos transeúntes que pasaban. Juntando los restos en dirección del cielo tomo aire, sucediendo algo increíble, su pecho se infló mucho más allá de lo normal; dejando libre todo aquel aire, de su hocico se formó un pequeño remolino que envolvería los restos de papel llevándolos hacia el cielo donde el pequeño remolino se comprimiría y volvería polvo los restos de papel en un chasquido jocoso. Recibiendo aplausos, Arth hizo una reverencia para volver a hablar. — Todos tiene una, de este mundo o de otro, es algo con lo que nacemos, solo que algunos no pueden manejarla bien o no pueden identificarla, por eso el valor de los grimorios…aunque creo que entre jugadores se les llama magos por alguna extraña razón. Koréen sentía gratitud hacia Arth, no le había preguntado por las moras y también le había aconsejado; después de todo este tiempo sentir que era aceptada en ese mundo era agradable, pero su sensación termino pronto, ya que a su alrededor los grupos de guerreros se habían aproximado a donde Arth y ella conversaban, algunos amenazantes dirigían su odio a la figura voluminosa del oso, mientras que otros dejaban pasar su presencia al no significar amenaza. Ahí estaba, otra vez una mirada solo a su persona, odia sentir el odio como las ansias de causarle daño, era solo una mirada, pero auguraba muerte; sosteniendo el grimorio contra su pecho busco en la multitud a quien le profesaba tanto odio, deteniéndose en una figura envuelta en una capa marrón, que dejaba solo ver su cabeza cubierta con un casco dorado, no podía descifrar sus acciones, aunque apostaría a que si tuviese un arma la apuntaría directamente a su cuello. Era muy similar a cuando un conejo estaba frente a un lobo. De esa forma la poca seguridad que había formado se derrumbó en segundos. Ahora solo podía ver lo discordante que era en ese mundo, no pertenecía ahí, algo se lo gritaba con insistencia y rodeada de aquella multitud sofocante parecía que la confirmación llegaba como susurros a sus oídos, un clamor silencioso mientras sentía su persona desaparecer en aquel torrente. Que importa si en aquel momento desaparecía, no importaba en absoluto se respondió. ¿Por qué seguía ahí? El ardor de sus ojos solo le hacía sentir patética, ahora deseaba llorar y en medio de esa multitud no tenía sentido alguno hacerlo. Ya había hundido sus uñas en sus palmas, sin sentir el dolor como remplazo a sus emociones llego a morderse el labio. Sus ansias de llorar no parecían retroceder. — ¿Estás bien? — oyó de un susurro gentil, de una voz dulce que la sacó de su trance. Levantando el rostro se encontró con los ojos preocupados de una campesina, bueno, de alguien con ropas que le recordaban a una granja. — ¿Desea comprar algo? — intervino Arth, dejando tras su espalda a Koréen. — Solo me dieron este lugar para buscar a alguien— respondió con el mismo tono dulce, causando curiosidad en Koréen, que salió de su repentino refugio para verle. Realmente no parecía ninguno de esos guerreros que los habían rodeado ¡hasta cargaba en su espalada dos troncos de madera! Desde su aparición todas esas personas se perdieron en cuestión de segundos, sobretodo, quien le veía de forma amenazante. — …gracias— susurró, recibiendo una pequeña sonrisa por parte de la chica, que en su rostro redondo la hacía ver armoniosa. — Mi nombre es Rosario y tú debes ser Koréen; un hombre de nombre Alecksz me dijo que podemos hacer negocios.
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