A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

La plaza de los tres reinos. Parte III. La diversidad de un mundo de videojuego
Parte I. Koréen no podía decir cuánto duraría aquel viaje que comenzó en su caverna, y que en palabras de Alecksz, terminaría en algún lugar de la plaza de los tres reinos. Después de tantas desviaciones para evitar los campamentos de ladrones, les había tomado siete días, llegar al camino que los conduciría a la plaza de los tres reinos, dando fin a la arboleda. Las noches no habían sido frías gracias a la estación de la primavera y al fuego producido por Alecksz. La comida se había solucionado con la misma facilidad, solo había necesitado añadir algunas moras más a su trato para lograrlo y conseguir que Alecksz cazara algo en el camino. La sal y otras cosas que él proporcionaba, no quería ni deseaba saber de dónde las había sacado, o a qué cadáver se las había robado. — Es por aquí— habló Alecksz, provocando en Koréen una reacción instantánea de recelo, ocultando sus trenzas largas entre su pecho plano. Aquellos días de viaje Alecksz había tomado la costumbre de tirar de ellas cuando no se encaminaba por la dirección que indicaba; siguiendo las indicaciones de Alecksz, saldrían de la arboleda hacia un camino de tierra, resguardado por los arboles del bosque que se extendían hacia el cielo, es decir, tenía una cuesta muy empinada. Koréen podía imaginar que muchas carretas deben pasar por ahí, pues las marcas profundas en el suelo así lo indican, también le vino a la mente la curiosa imagen de una carreta retrocediendo sin control por la pendiente, causándole gracia. Aunque su diversión terminaría al ver a Alecksz caminar en el borde del camino con obvias intenciones de llegar a la cima, al seguir rendida los pasos del hombre, su único consuelo era el sonido claro de un riachuelo ¡se sumergiría en el apenas lo viese! En su viaje habían recorrido montañas rodeabas de riachuelos, aunque no los veía podía afirmarlo por el sonido del agua que era una constante del día como de la noche, sin mencionar que más de una vez los habían evitado por los campamentos de bandidos. Ya en la cima Koréen podía ver el valle, si descendía por la ruta llegarían al final de lo que Alecksz había llamado como La Plaza de los Tres Reinos; Sydan, Ruhsiel y Vertsand, nombres que había sacado apenas a su acompañante. Desde ahí podía ver que el valle había sido rodeado con una señalación pintada en rojo, no podía decir que era, pero pronto su camino se vio acompañado de otros viajeros; algunos con cargas en carrozas, otros con cargas en sus espaldas, cubiertas para protegerlas del polvo, la suciedad o el agua; existía una gran variedad a simple vista. Koréen había quedado sorprendida en su mismo lugar, en un intento de recuperar su aliento observaba con curiosidad a uno de aquellos viajeros. — ¡Quitad del camino¬! grr— un rugido detrás la apegó a la figura de Alecksz, viendo desde su escondite a quien le hablaba con furia, dejándole sin palabras al verle. Era de su misma estatura, pequeña, pero a su espalda cargaba el cuerpo de un gordo jabalí con suma facilidad, lo más llamativo era sus pies arqueados, apoyados solo en las puntas. — No te choques con los mercantes, menos con los tigres tienen muy mal humor en la mañana— al oírle, Koréen le veía incrédula, creía que sus ojos fallaban, pero no ¡Era un tigre en dos patas a quien veía! Bueno, más bien a una tigresa. — ¡Cuida tu boca chiquillo! — amenazó, ondeando su cola a su alrededor, dando una mirada a la figura agazapada de Koréen, paso su lengua por sus colmillos antes de marcharse. — ¿¡Chiquillo!? — susurró molesto, molestia que descargó en Koréen, empujando su cabeza hacia abajo — No te va a comer miedosa. — …Parecía que si— replico, sobándose su cabeza por el trato injusto ¡Le había visto los colmillos! — Esta zona es neutral— aclaró antes de seguir su camino— Aunque pienso que no le taparías ni una muela y una cosa más, cabeza abajo y evita traerme problemas ¿entendiste? — …Sí— Koréen dio unos pasos delante siendo frenada por su cabeza, otra vez habían tirado de sus trenzas. — ¿Pero a donde piensas ir si ni conoces el camino? Detrás y calladita. Ante la vista curiosa de otros viajeros, Koréen ya no pronuncio más palabra, siguiendo por detrás los pasos de Alecksz empezaron su descenso, dando una que otra mirada a los mercaderes, encontrando que algunos se detenían a observarla, tal escrutinio la hizo recelosa de su pequeña carga, cobijando la bolsa Dolphin con las moras entre sus manos. Casi cerca de la plaza la música se hacía presente, de tonadas alegres y joviales podía distinguir un pandero, un violín, una flauta dulce acompañada por un tambor casual. Tal ambiente elevo su espíritu, dejando atrás su recelo empezó a andar con el ritmo. No solo ella era participe de aquello, los mercantes se habían animado a entablar conversaciones entre ellos y muchos otros se reunían entre sí con carcajadas ruidosas ¡Había visto a la tigresa con la que había topado riéndose con un hombre mayor! El valle había sido desprovisto de árboles, dejando el terreno limpio con una que otra ocasional piedra de gran volumen cubierta con musgo fresco. La enorme señalización que había visto a lo lejos era la piedra grabada y pintada con letras rojizas en un lenguaje que no tenía sentido para ella, tal vez rúnico si lo veía de otro lado. Este grabado debería rodear toda La Plaza de los Tres Reinos y en lo que sería su entrada estaba el grupo musical que había logrado oír a lo lejos. Koréen se maravilló por la apariencia de toda una familia de zorros que, como la tigresa, se hallaban en dos patas, cubiertos con algo de ropa, podían pasar como humanos si uno no daba más de una mirada. Siguiendo a Alecksz de cerca, casi como su sombra, podía oír sus conversaciones con otros comerciantes o con simples viajeros como ellos. — Un yelmo, uno que pertenecía a un jugador. —Koréen sintió un escalofrió tras oír pronunciar a Alecksz la palabra jugador, dando un vistazo podía ver que quienes le oyeron les daban miradas amenazantes. — No, no, aquí yo no comercio con esas cosas chico. — Es un peto— le dijo a otro que comerciaba con pequeñas armas filudas— Puede soportar el impulso de una de estas, pertenecía a un jugador — Yo no me meto en eso chico. Alecksz se adentró a las calles torcidas de la plaza, calles adornadas por el armado de rústicos puestos de venta, algunos con un par de maderas, otros con solo telas en el piso y todos mostrando mercancía varia, desde comida hasta armamento. Después de preguntar por toda pequeña parte de la armadura, Koréen tenía claro que, si no callaba a Alecksz, por más sitio neutral que fuese, aquellas personas los matarían, “jugador” era una palabra tabú. — ¡Sal de aquí maldito crio! — rugió un tigre cuando vio a Alecksz acercarse a su puesto de fruta, la paciencia de Alecksz tampoco era prodigiosa, por lo que termino envolviéndose en una discusión acalorada con la bestia. Los curiosos del desenlace no se hicieron esperar y pronto Koréen había terminado fuera del círculo que formaron alrededor de aquel par. — ¡Alecksz! — llamó desde fuera, era imposible que le oyese por la gente, y por más que saltase en su lugar su corta estatura no le permitía ver nada. En una de esas fue empujada con violencia hacia atrás para caer al duro suelo. — ¡Pero qué te pasa a ti! — regaño desde el suelo, deseando que sus palabras no se hayan escuchado o que al menos la tierra se la tragase. Frente a ella un monstruo del mismo tamaño de un oso le miraba con sus pequeños ojos rasgados, brillantes como canicas, de su boca sobresalía dos colmillos torcidos, así como una hilera de baba espesa que caía muy cerca de los pies de Koréen. Su burda vestimenta de pieles, así como el color verduzco de su piel la hacían retorcerse hacia atrás con temor, chocando con algo suave. — ¡Vaya! ¿pero qué cosita es esta? — aquella voz dulce como gruesa la hizo ver hacia arriba con duda, tras unos segundos se arrastró hacia la bestia verde. Antes de poder huir la habían tomado de los cintos que cruzaban su pecho, dejando de tocar el suelo solo se aferró a su pequeña bolsa. — Mírala camarada ogro, es tan pequeña que no debiste verla. El orco pestaño varias veces, aproximando su cara a Koréen olfateo con las dos hendiduras aplastadas que tenía como nariz para resoplar con fuerza, alejándose unos pasos hacia atrás con torpeza, dando una disculpa con su cabeza gacha y un gruñido que no pudo entender. — Los ogros no tienen muy buena visión, fuera de eso son bastante cordiales— con el ogro lejos, Koréen hizo fuerzas para librarse de su captor, su apariencia era agradable a la vista, casi del mismo tamaño del ogro, pero su piel estaba cubierta de pelo blanco ¡Aun así seguía siendo un oso! Carecía de las aleta-cuernos del primero que vio, pero su perfil era muy idéntico y por supuesto este le hablaba. — ¡Alecksz! — volvió a llamar en dirección de la multitud. — ¿Pero qué clase de escándalo es este? — se preguntó, manteniendo en lo alto a Koréen, se abrió paso con su redondo cuerpo, una vez frente a aquel par la multitud se silenció. — Ha debido de ser una confusión, anda, haced las pases antes que La Plaza decida echarles. El tigre rugió en respuesta, dando la espalda para terminar la pelea y aunque Alecksz mantenía en su interior el deseo de golpearlo, la presencia del oso blanco lo detuvo, más al ver que cargaba con Koréen. Sin conflicto, la multitud se esparciría entre los puestos de la especie de mercado que se había montado ahí. — ¿Qué has hecho ahora para molestar a Arth? — cuestiono Alecksz, acercándose a ambos, al ver las intenciones de Koréen de hablar le recordó— ¡Callada! — No deberías de tratarle así— intervino con voz agradable, impasible a la actitud del guerrero. —No debe tener ni la edad de mi uña pequeña, los hijos de los granjeros tienden a ser así Alecksz no abogó y aunque Koréen le veía por lo bajo con cierta irritación, se había resignado a ser llevada por aquel oso blanco, atravesando de esa forma, hasta uno de los extremos más vacíos del lugar; donde los vendedores eran escasos como los compradores, deteniéndose en una piedra blanca ovalada de gran proporción, donde con una de sus patas libres extendió un pequeño mantel bordado en su centro con el símbolo del rostro de una mujer con las cuencas vacías y sus dos manos cruzadas sostenido en el aire lo que sería su rostro. El oso llamado Arth no se vio limitado al cargar a Koréen, exponiendo en el mantel, rodeando el símbolo, lámparas de papel del tamaño de sus patas. — Bien sabes como yo que la palabra jugador no es la favorita de la mayoría aquí, pocos comparten la mentalidad del reino de Ruhsiel, tienes suerte de no haber involucrado a alguien tan pequeño. — Puedes estar seguro de que tiene tantos años como yo para estar aquí— Koréen se encogió ante la insinuación de ser reconocida como una jugadora, pero para su sorpresa Arth no se inmutó en lo más mínimo— ¿Puedes vigilarla para que no cause problemas? — Preguntaste por la armadura de un jugador en todo el mercado, pronto alguien vendrá a buscarte para más información, se paciente. — …Quiero registrar su procedencia— susurró, despidiéndose con la mano, se alejó del puesto de Arth. — ¡Alecksz! — llamó temerosa.
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