A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

La plaza de los tres reinos. Parte II. Un orador no muy elocuente
Desde ahí el mundo parecía amable, la brisa ya no chocaba contra su cuerpo, sino que movía su cabellera, sus dos trenzas, a un ritmo suave; si perdía su vista en el horizonte solo captaría el verdor de la arboleda que se fusionaba con el claro color del cielo, y unas cuantas nubes perezosas de gran tamaño, tan blancas que le recordaban las bolas de algodón recién hechas. Pero toda la magia y encanto desaparecía una vez que bajaba la vista; la escena de la batalla no había sido limpiada, los cuerpos atraían enjambres de moscas carroñeras que habían empezado su trabajo, lacerando la piel muerta de aquellos cadáveres, la sangre se había fundido con el pasto y en las partes más grandes, pero mutiladas de los fiambres, se veían armas incrustadas, recordándole un trinche usado en la barbacoa, las náuseas se acumularon en su garganta. Por cuestión de suerte, la brisa alejaba el mal olor de sus narices, pero lo que veía era suficiente para generar impacto, más cuando busco la figura de Alecksz. Encontrándola cerca de uno de los cuerpos, tirando con fuerza de una espada de diseño simple, solo empuñadura y hoja, hasta desprenderla en un sonido viscoso y roto. Lo más llamativo era la tranquilidad con la que la examinaba al levantarla al aire, olvidando por completo que antes estaba en un cadáver. Pronto su mirada compleja fue notada por el hombre, que pregunto como si fuese lo más cotidiano del mundo. — ¿Qué haces mirando? Toma lo que sea útil y vámonos— con la misma tranquilidad se agachó a revisar algunas otras armas, incluso intercambio botas de caña alta con uno de los cadáveres, probándoselas con pequeños saltos en el piso. Koréen estaba incomoda viendo sus acciones, pero sus palabras se quedaban grabadas como una indicación. Por un momento pensó que Alecksz era el tipo majo de los juegos, ese que te indicaba como moverte en una especie de tutorial, sabía que no era eso, pero imaginarle así le hizo más fácil el tomar los objetos de estos difuntos. Alejándose de la sangre y las partes cercenadas encontró una pequeña bolsa de color rosa pálido enganchada en un lio de ramas secas, pensando en las moras que sostenía en su vestido, se aproximó para tirar de este, mientras con una mano sujetaba sus ropas en un afán de no dejar caer nada. Tal vez la bolsa estaba enganchada con algo más o realmente tenía la peor suerte del mundo, porque al tirar con más fuerza la bolsita se desprendió tan fácilmente que el impulso la llevo hacia atrás, golpeando su nuca con algo duro. Mientras cerraba los ojos en dolor comprobaba a ciegas que su pequeña carga de moras siguiese en su sitio, intacta. Para cuando abrió los ojos soltó un suspiro cansino hacia el claro cielo ¡que estúpida mala suerte! Este mundo se la traía contra ella, eso lo tenía claro. Pronto la figura de Alecksz se interpuso en su visión del cielo, este le miraba con decepción, parecía que realmente estaba pensando a fondo su aceptación sobre formar un equipo. De solo pensar en su negativa Koréen se sentó rápido en el pasto, fingiendo que solo se había tomado un descanso se encargó de meter las moras en aquella bolsita rosa. Asombrándose de que por más que llenaba la pequeña bolsa no se hinchaba. — Es una bolsa del fin o Dolphin — informo a la par que una media sonrisa se formaba en su rostro, agachándose al nivel de Koréen la examino rápidamente. — Es una simple, pero podrás meter todo tipo de objetos inertes ahí, al menos del tamaño de un puño—tomando por un instante las manos de Koréen, las examino con rapidez antes de soltarla. — En tu caso de puño y medio. Koréen oculto su mano en su pecho avergonzada, tenía claro que era pequeña, más si se compara con un fornido guerrero. Alecksz llevaba en la mano dos cinturones gruesos, también había cambiado el suyo a uno que le ajustaba la camisa, formando su cuerpo y dándole mayor movilidad, su espada colgaba en este, metido en una funda burda de piel de cordero. Aun sentada, el pelinegro le coloco los dos cinturones, dejando que en el espacio entre ambos colgara una bolsa de tela, al menos de ahí podría sostenerse la bolsa Dolphin. Con un brusco movimiento vio la nuca de la castaña, al verificar que todo seguía en orden, palmeo con advertencia. — ¿Cuán débil puedes ser? — la cuestionada, no tuvo valor de responder, pasando nerviosamente su pelo detrás de la oreja, aunque carecía de pelo suelto solo se avergonzaba al darse cuenta de ello. Alecksz volvió a lamentar su decisión y dando una mirada rápida alrededor se encontró con lo que había ido a golpearse la chica. Incrustado en el piso vio el lomo grueso de lo que parecía ser un libro; con algo de destreza desenterró el libro, sorprendiéndose al ver el tipo de libro de que se trataba. De tapa gruesa, negra, con los bordes desgastados. En el lomo se mostraba un grabado en hierro de símbolos ligeros que alcanzaban las cuatro puntas del libro; en el centro se mostraba un símbolo de dos hélices abiertas que se doblaban y cruzaban entre sí con una ligera curvatura, manteniendo en su interior pequeñas esferas de alto relieve que parecían ser de plata por su brillo opaco, las paginas se hallaban amarillentas y con manchas cafés que podían ser entendidas como barro. No solo poseía una cerradura unidad a ambas tapas, también poseía seguros de presión en los costados libres. Se trataba de un grimorio al que le habían asegurado con una correa alrededor. — Bien, esto servirá por el momento, tómalo— el libro parecía importante, la mirada aguda de Alecksz se lo decía, por lo que no podía tomarlo, podía haber hurtado la pequeña bolsa, pero ello ya no podía ni siquiera tocar el libro. Lo sentía erróneo. — …No sé leer— invento una excusa para negar el tomarlo, aunque ante la mirada incrédula del hombre se vio fácilmente expuesta en su mentira. — Además no puedo tomarlo. — ¿Por qué no? Su dueño ya está muerto y solo se desperdiciaría aquí. No importa si no sabes leer, será suficiente para alzar una barrera a tu alrededor. — Fue de un jugador…— susurró, recibiendo un golpe en la cabeza con el libro. — Escucha bien, todos los que ves aquí solo son NPC’s, ellos pueden morir y reencarnar, incluso me he encontrado con la misma persona dos veces, es molesto por lo desagradable y por lo desigual de la situación. Ellos me atacaron cuando supieron que era un jugador y perdieron ¿Por qué no tomar sus cosas? Es un pago justo considerando que casi me matan. Y una cosa más, esto es para que tu no mueras ¿eres un jugador no? Pues nosotros no debemos morir. Arrojándolo sin contemplaciones al regazo de Koréen se dio la vuelta a buscar en el resto, él les daría un uso mejor del actual. ¿Recuerdos de alguien muerto? ¡ja! Era una perdida completa si lo pensaba así. Koréen sostuvo entre sus manos el libro, ignorante a lo que era, solo podía aferrarse a la sensación cálida que le producía el solo tocarlo, lo encontró reconfortante. Vio el próximo objeto que Alecksz le lanzó, un par de botas de talla grande; mirando sus pies descalzos no lo pensó más y las tomó. — Morir es doloroso— hablo desde su experiencia, realmente no quería volver a pasar por ello. — Morir no solo es doloroso, al menos ellos saben a dónde irán al morir, nosotros nada, puedes morir hoy y no reencarnaras, no existe tal garantía por lo que tampoco vamos a intentarlo. — Este libro… — Un grimorio, si aún sientes que estas robando solo piensa que estas personas eran en realidad mi antiguo gremio, reunimos juntos todo el equipo con la esperanza de obtener estas estúpidas moras para el mago del grupo. Al final no dudaron en atacarme cuando confesé que era un jugador— adelantando sus pasos lejos de la zona de combate, susurro más para sí mismo, creyendo que Koréen no le escucharía. — De alguna forma me pertenece ahora. Al ver como se alejaba, Koréen calzó las botas y le siguió con prisa, al ser un poco grandes tropezaba cada ciertos pasos, incapaz de acostumbrarse al desnivel, aferrándose al llamado grimorio, siguió los pasos de Alecksz, adentrándose en la vasta arboleda, donde su principal interés era no caer en el camino irregular. Para cuando sus pasos agarraron confianza, no contuvo el impulso de preguntar. — Lo llamaste grimorio— señalo el gran libro en sus brazos— ¿Qué es? — Libro de Magia — ¿Puedo hacer magia? — pregunto incrédula. — Depende ¿cuán inútil puedes ser? — respondió a la par que se detenía abruptamente para desenvainar su espada y marcar un gran tajo en un árbol cercano, ante la mirada de admiración de la joven, se detuvo por instantes para responder con calma— La magia se usa cuando no puedes dominar tus habilidades y por ende no puedes sobrevivir. Los grimorios elegirán a su dueño y desprenderán una pequeña barrera para proteger sus frágiles vidas; pero cargar con uno todo el tiempo, depender de este para cualquier misión, no es rentable, no importa como lo veas. — ¿Cómo puedo…? --- — Si quieres preguntar cómo saber cuan inútil eres, para esa respuesta debes dar en empeño todo el plantío de moras o guardar silencio— ante el silencio prolongado de Koréen, solo dio una mirada atrás para ver como parecía perdida en su mente, observando el bosque, algo que le pareció por demás inútil— Y una cosa más, si te pierdes no me hago responsable, guarda silencio y obedece. “¡Eso es más de una cosa!” El reclamo se atoro en su garganta, soltando solo un suspiro en resignación, si tenía en mente sobrevivir en este mundo, sería mejor aprender de alguien con experiencia, y el único en esta categoría que conocía era Alecksz, alguien mal humorado del cual apenas podía pronunciar su nombre sin escupir al final. Pronto se dio cuenta de que la charla entre ellos realmente podía ser perjudicial ya que a cada paso que se introducían más en el bosque, el camino desaparecía en un conjunto de raíces levantadas, mezcladas con piedras lisas, donde resbalarías de solo intentar pisarlas, la maleza se había apoderado de muchos troncos y aunque la visión era hermosa, era difícil de cruzar. Al menos los árboles se alzaban en lo alto, frondosos es su mayoría, dándole cobijo del sol, así como una ilusión colorida de distintas tonalidades verdes. Después de un tiempo andando escucharon el cauce ruidoso de un canal, así como el murmullo de un grupo de personas que hablaban animadamente. Koréen freno el impulso de esconderse detrás de la figura de Alecksz, manteniéndose firme en su postura mientras se desviaba hacia los sonidos. Siendo detenida por el rostro ceñudo de Alecksz, y por la espada de este, que le corto el camino. — Ladrones…— susurró, indicando silencio a Koréen, la guio por otro camino que les daría algo de altura respecto a su anterior posición, siendo más laborioso y difícil de transitar, Koréen no resistió más y pregunto. — ¿No podemos tomar el camino de antes? — Alecksz no se molestó en responder, solo señalando en dirección de su anterior posición se podía observar un conjunto de tiendas coloridas, muy parecidas a carpas de circo que se alzaban sobre los frondosos árboles. — Parece una especie de circo…no ¡un mercado medieval! — Los ladrones son comunes en esta zona, arman este tipo de tiendas para atraer a los nuevos viajeros, los despluman de toda pertenencia y luego los abandonan en el bosque. Claro que solo con los que son incapaces de defenderse. — ¡Eres fuerte! — se adelantó Koréen, no solo había visto la facilidad con la que marcaba los árboles, también era el causante de una lucha sangrienta al borde de la caverna con un gran número de enemigos, al menos así lo imaginaba por el escándalo que había oído días anteriores. — A mí me dejarían desnudo en medio del bosque a ti te harían pasar como una esclava y te venderían a dos monedas de oro— dando una mirada sin una pisca de burla a la figura de Koréen agregó convencido. — Tal vez solo una. — ¿Por qué tan poco? No, espera, hay algo mal ahí— farfullo en su boca. — Solo soy más fuerte que tú, pero ahora soy lo suficientemente débil para ese tipo de ladrones usureros. — Espera, entonces ¿quién fue el que derrotó a todos esos NPC’s? — por un momento creyó ver a un fanfarrón que se había atribuido la gloria ajena. Tal mirada no paso desaperciba por Alecksz. — Esa victoria es solo mía— refutó, guardando el impulso de golpear su cabeza; para él, la ingenuidad de la castaña rayaba en la idiotez, por lo que vio conveniente aclarar las cosas. — Solo que en ese entonces contaba con mi armadura. En el tiempo que estuve inconsciente la robaron. — ¿Eres muy fuerte con esa armadura? — preguntó aun con ojos acusadores. — ¡El mejor! — dijo orgulloso, siguiendo el nuevo camino que había seleccionado, dejando atrás a la figura de Koréen, parecía hacerse una promesa— Por eso voy a recuperarla; si el que la robo solo aprovecho a que estuviese muerto, significa que normalmente vende lo que roba. — …Probar suerte en los mercados de los ladrones suena peligroso— susurró mientras se apiñaba a un árbol cuando creyó ver una figura borrosa por el rabillo de su ojo; ahora este bosque le parecía más peligroso que hermoso. — Por eso no iremos a este, los rodearemos para llegar al otro más informal, pero seguro— viendo la figura temerosa de la castaña susurro con desdén— Si tienes suerte. — ¡La tengo! — afirmo alarmada de la distancia que podía tomar con facilidad el hombre, si se distraía era muy posible no ver su sombra y quedar varada en aquel lugar. — ¿¡Entiendes lo que te digo!? — pregunto al límite de su paciencia. — ¡Sí! Necesitas la armadura, la armadura es muy fuerte — ¡Yo soy el fuerte con la armadura! — interrumpió elevando la voz, ante esto, Koréen se cubrió instintivamente la cabeza con el libro mientras corría por delante. Parecía un niño pequeño al que su maestro le había regañado. — ¿A dónde demonios corres? Koréen se detuvo a verle con desconfianza, sabía que este hombre podía jugar al papel de víctima o interesado solo para darle un escarmiento ¡no entendía nada de este mundo! Era normal que preguntara demás, y Alecksz era el rey de las explicaciones. — ¡La plaza de los tres reinos es por allá! Informó mientras se aproximaba a Koréen, aprovechando su despiste la tomó de un jalón de sus trenzas en una nueva dirección. A Koréen no le importo esto último, el solo nombre del lugar le llamaba le atención a montones, logrando que sus ojos brillasen en expectación, siendo frenados ante el gesto ceñudo de Alecksz, guardando sus preguntas para después, siguió el paso apresurado del pelinegro con la esperanza de ver pronto un poco más de ese mundo, que, aunque aterrador, se mostraba encantador como enigmático. Lo suficiente para mentirse un poco más y seguir adelante a la par que se repetía que era necesario para sobrevivir.
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