A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

Un llamado de ayuda. Parte II
Koréen despertó en ese momento, sentándose con brusquedad vio a su alrededor, estaba sola sobre el cumulo de tierra; había pasado días sumergida en su histeria y locura, parecía que todo había sido expulsado de su cuerpo y en sus próximas expediciones terminaba siempre en el plantío de moras, sin presencia del animal que se alimentó de ellas, para luego volver a la laguna. No podía decir si era producto de sus ataques de pánico, pero terminaría en aquel lugar, justo debajo del tragaluz. Con aquel sueño, vio confundida el tragaluz, no podía decir que había más allá y aunque le ardían los ojos después de un momento, se abrazó las rodillas con la tenacidad de seguir viéndolo; sin ocurrir nada, oculto su cabeza en sus rodillas, consolándose. Alguien la había salvado y por el momento era suficiente para calmar su mente. Suspirando solo podía sentirse patética al sentir su garganta hinchada, al igual que sus ojos, de solo mirar su reflejo en el agua. Había pasado tantas veces sobre el lago que su apariencia sucia se había lavado; la persona que se mostraba era de delgada constitución, lo cual no le sorprendía, pues había pasado a través de grietas y caminos pequeños, en los que había recibido golpes y caídas, haciéndola ver más frágil, sobre todo cuando su piel empezó a mancharse con círculos verduscos. Su cabello marrón lo había acomodado en un par de largas y finas trenzas con la intención de entretenerse y no caer aún más en aquella locura; también había tratado de salir del juego con todos los movimientos posibles sin éxito alguno y, en algunos casos lastimándose más, aunque de todo, lo más grave era la herida de su palma derecha, la carne se había abierto como una flor por la dirección del corte y haberse apoyado en ella había quitado la primera piel a su alrededor. Se vio tentada a hacer vendas de tiras de su ropa, pero en todos estos días no había encontrado otra prenda sustituta, si tenía más mala suerte andaría desnuda, aunque solo era un vestido de manga larga, muy similar a un camisón, era suficiente para resguardarla del frio de la noche si solo pegaba sus rodillas a su pecho. Koréen volvió a soltar un suspiró cansino, también había tratado de dejar la caverna por una ruta que no involucrase al plantío de moras, pero no importaba que camino tomase llegaría a ese punto una y otra vez, tampoco tenía alguna especie de manual grabado en las piedras que le indicara que hacer y aunque había descubierto que era posible ver características breves de ciertos objetos, eso no le ayudaba en nada a su incertidumbre de que hacer. Con una fría brisa entrando de las grietas solo pudo aferrarse a sí misma en consuelo, quedarse en ese lugar no era una opción realista, no odiaba vivir a base de moras y aunque en esos días había recuperado su vitalidad gracias a estas, ya no podía ingerir más, temía que, si lo hacía, era muy posible que una planta se gestase en su interior. La brisa trajo consigo un murmullo indescifrable, logrando que levantara su cabeza para luego dejarla caer en clara decepción. Le había tomado un tiempo, pero ahora entendía que en aquel lugar solo existía ella, las batallas que se oían cercanas, debían provenir de los alrededores de la caverna, y como existían varios rastros de agua fluyendo, parecía coherente que rodearan la cueva, el sonido solo llegaba por el tipo de acústica del lugar. Después de días desde que despertó por primera vez en ese mundo, el silencio le saludó de forma extraña. — …Ayuda— el viento azoto en los muros de piedra, creando una tonada grave de un lamento, sorprendiendo a Koréen, creyendo haber oído algo más en ello. — Ayuda— el murmullo se repitió incesante hasta desaparecer, quedando la palabra gravada. Koréen estuvo a la espera de que se repitiera, insegura si se trataba de una jugarreta de su mente, su espera la llevo a varios minutos de silencio. — …Ayu…da— agonizante, así se oía con la repetición, pero ahí estaba, un pedido de ayuda. Koréen se precipito hacia adelante, podía sentir la urgencia del llamado, así como la súplica; podría ser posible que alguien hubiese despertado en la caverna y se encontrara tan desahuciado como ella, ante la vista del primer contacto con otro ser, no lo pensó mucho, llevo sus pasos fuera del montículo de tierra, sumergiéndose en el agua. Había descubierto que nadar no era uno de sus fuertes, pero a grandes saltos le era posible pasar la parte profunda de la laguna, no le intereso su ropa mojada al llegar a la orilla y siguió su camino a paso veloz por donde creía el llamado había llegado, aunque no se repitió mas, ella murmuraba que no era una ilusión. Había recorrido todos esos pasajes de la cueva, pero poco le quedaba en su memoria, siendo solo piedra desnuda, era difícil diferenciarlos y al igual que las veces que se dirigía al plantío, este camino inicio un ascenso a la par que la altura de los muros disminuía. La luz de una próxima salida impedía saber su destino, pero un olor picante asalto sus fosas nasales, no era el olor de las moras; no, este olor le generaba en la garganta un sabor metálico, desagradable y curiosamente familiar. Sangre. Podía oler la sangre. Aclaraciones: Los capítulos pueden parecer muy cortos en algunos casos, pero es mas que todo por el limite de caracteres, en esos casos existirá doble actualización (veré como hacerlo)
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