A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

Un llamado de ayuda. Parte I
Suave, eso fue lo primero que sintió antes de abrir los ojos, sabía lo extraña que era la situación, e imaginaba lo que podía resultar de ello, por lo que reunió fuerza en un intento de levantar sus pesados parpados. Koréen tardo varios segundos en darse cuenta de lo que la rodeaba, veía tanto rojo como verde, figuras borrosas que no reconocía, sintiendo el cuerpo pesado y cansado. Cuando pasados los segundos, no hubo ningún sonido estridente se creyó segura, tomándose su tiempo para apoyar sus manos en la superficie y sentarse, noto que ya no estaba en aquella oscura cueva, estaba en una pradera de un saludable color vede, con el pasto alto, pero no lo suficiente como para perderse al acostarse. Cuando levanto la vista vislumbró que el campo verde se mezclaba con el color rojo, un rojo granate, así como con manchas negruzcas. Tardos minutos en entender que aquello era un plantío de moras silvestres, rodeado por altos árboles que ceñían sus troncos como una barrera. En aquel lugar parecía que todo lo sucedido era un sueño, pero Koréen no tardo en eliminar esas esperanzas, aun veía a su alrededor, las características de un juego, y, sobre todo, tenía la palma derecha herida con un corte profundo, tan largo, que parecía atravesar toda su palma. También se dio cuenta de que estaba mojada, cubierta de lodo y algo de hierba. Koréen se estiro un poco, parecía que había estado bastante tiempo en el lugar, el pasto se había deformado en su figura y de alguna manera había caído sobre las moras maduras, manchando la zona de un rojo brillante producto del líquido de la fruta. En sus intentos de estirarse, alcanzó una de las moras llevándola con cierta duda a su boca. Este era un mundo de videojuego, y la idea más básica para la recuperación, era con alimentos, sus expectativas no estuvieron lejos y la pequeña mora sumo algo en su gris barra de vida; con ese consuelo no le importo ingerir hasta tener las mejillas abultadas como las de una ardilla. Repentinamente su pequeña tranquilidad se vio interrumpida por el retumbar de los árboles que la rodeaban, las hojas caían a cada golpe que la tierra recibía, parecía que algo grande se abría paso entre ellos, incluso varios gruñidos se oían, sonaba como una bestia en plena caza que, al distinguir el olor de Koréen en el aire, se dirigió hacia el plantío. Koréen solo podía maldecir su suerte, estaba algo recuperada, pero sus extremidades le resultaban pesadas, solo cuando logró ponerse en pie fue consciente del peligro que la asechaba. Aunque los árboles habían echado raíces hacía mucho tiempo, según su altura, parecían doblegarse ante la fuerza de la bestia, algo que reconoció como un oso, o al menos uno muy similar. Su altura era capaz de rebasar los árboles, su pelaje oscuro se encontraba sucio, de en medio de su cabeza parecían salir protuberancias similares a cuernos que se acomodaban como aletas, sus garras hacían gala de una curvatura con la que se aseguraba de rascar la corteza, como si se tratase de arcilla, y sus colmillos; Koréen pudo ver claramente sus colmillos cuando rugió con hambre en su dirección, no solo presentaba los colmillos puntiagudos en su gran hocico, también tenía colmillos doblados en el paladar que se enderezaban cuando extraía un rugido de su interior. Koréen tenía la idea de que sería destripada antes de morir, su respiración se había hecho más difícil y el bombeo alocado de su corazón le gritaba que corriese, dio un paso atrás con movimientos torpes, recibiendo el sonido fangoso del lodo, cuando sus pies se hundieron. — ¡Lodo! — notó antes de que un gruñido la hiciera cubrir sus oídos, viendo al animal aproximarse, paso a paso a través de los árboles, con mayor ferocidad que hace un momento. Mientras sus pequeños ojos la veían, el cuerpo de Koréen volvió a congelarse, incluso era capaz de ver como la baba se escurría de la boca del animal, saboreándola con anticipación. Pero el lodo, la incómoda sensación del lodo la trajo de vuelta, viendo a un costado sin darle la espalda al animal vio una gruta angosta y cubierta de lo que parecían plantas de mora; en su cabeza se dio la idea de que aquel camino le llevaría de vuelta a aquella laguna donde fue perseguida. Dando unos pasos en dirección a la gruta, vio cómo el pasaje se hundía en la oscuridad, y se preguntó que sería peor, ¿morir por las armas de aquellos guerreros que luchaban en el interior, o ser devorada por el oso? El crujir de la madera cediendo ante la fuerza del animal, respondió sus dudas. Entro a la gruta tan rápido como se lo permitían sus adormecidas piernas, dando una mirada a su espalda, con la anticipación de lo peor. La bestia había derribado todo aquello que lo separaba de ella, y en cuatro patas se acercaba velozmente, antes de perderlo de vista, lo vio fusionándose con el plantío de moras, y creyó ver cómo estas se movían. Pero esa última idea se perdió cuando el piso bajo sus pies desapareció, y enseguida, con un sonido seco, cayó entre tierra y piedras. Tapándose con fuerza la boca evitó un grito de dolor, observo detenidamente, y se percató de que había un desnivel en la entrada y el resto del camino se perdía, pues ella había caído en una especia de tragaluz. El animal parecía lamentar su perdida con gruñidos molestos hasta rozar en lamentos. Koréen solo podía llamarse loca, por imaginar a semejante bestia sentaba en medio del plantío con la cabeza baja, mitigando su pena con las moras. Realmente no era una chica muy despierta. Pero no estaba dispuesta a volver para comprobar lo que había imaginado, y con sus nuevas magulladuras vio imposible siquiera intentarlo. Siguió el pasaje rocoso de forma lenta y pausada, apoyándose con temor en las mismas paredes. — ¿Qué clase de juego es este? — murmuró, deteniéndose por unos instantes a ver un delgado hilo de agua que, de alguna manera alimentaba al plantío que había visto. A sabiendas de la falta de sentido, supuso que la laguna o lago, a causa de las corrientes, la había llevado hasta esa zona, riéndose por lo bajo, con una risa seca, pensó que al menos sabía por dónde regresar. Sus pasos la llevaban más profundo dentro de aquel pasaje rocoso, sintiendo lo duro de la piedra en sus pies descalzos, por breves instantes se atrevió a andar sobre el pequeño hilo de agua que se arrastraba en el piso. Siguiéndolo se internó aún más en aquella cueva, maravillándose de la vegetación creciente que rodeaba aquel poco de agua clara, el musgo verde y fresco ahora acariciaba sus adoloridos pies, olvidándose de lo que le rodeaba sintió euforia naciente en su interior, no existían más estruendos que le indicaran peligro; no existía nada que la pudiese dañar en aquel lugar de ensueño, estaba segura y a salvo ¿de qué? No lo pensó más y disfruto la sensación burbujeante en su pecho. Atreviéndose a dar pequeños saltos en el hilo de agua, creciente de grosor, chapoteo con obvio jubilo, atreviéndose hasta a tomar un poco del agua en sus manos adoloridas y lanzarla sobre su cabeza. Incluso, en aquel pasaje soltó una risa de lo irónico de su situación, lo lejano que le parecía el temor de una muerte, lo aterrador de un mundo que no entendía, aunque sea de videojuego, Se concentró en la reconfortante sensación que le había brindado despertar viva, y que no había podido saborear. Después de todo, si podía morir o no, no deseaba averiguarlo. Ahora el camino se empinaba un poco, si seguía su ruta era muy probable que volviese a donde había despertado; recordando como aquella bestia no había podido dar un solo paso hacia ella, y se había quedado fuera de la gruta, le dio la confianza para creer que aquellos que la perseguían solo eran un acto de su imaginación aterrada. Muy contrario a lo que imaginaba del camino, oscuro y pedregoso, la saludaba una vegetación naciente en las superficies de las piedras que conformaban el lugar, era solo musgo verde, pero era tan suave al tacto que podías acostumbrarte en breve. Una débil iluminación le daba cierta luminiscencia verdusca, mágica y hechizante de solo ver, mientras más se maravillaba de lo que la rodeaba, parecía que aquel lugar más belleza le mostraba, dejando ver la luz de unas pocas luciérnagas que vagaban por el agua. Un retumbar de las paredes le saco de su sueño mágico, la belleza exótica del lugar, ahora parecía apagarse hasta convertirse en una mera ilusión, al mismo tiempo que algunas piedrecillas se deslizaban por las paredes, creando un eco tortuoso, que al terminar dejaba un silencio preocupante. Koréen sabía lo que seguía a continuación. Ahí estaba de nuevo, la lucha, espada contra espada, metal contra metal creando un chirrido espeluznante capaz de helar el alma a cualquier hombre desarmado, y luego el chapoteo y otra vez el chapoteo, todo se repetía. Luchaban sobre el agua con bestial fiereza, gritos heridos que anunciaban una lesión se repetían en la cueva; gracias a ello, la belleza que la rodeaba había sido olvidada. Su creciente paranoia la llevó a oír esos pasos detrás de ella. Soltando un grito en respuesta a su miedo, corrió por el camino sin mirar atrás, siguiendo el cauce del agua, tropezándose en las pequeñas deformaciones de la piedra, solo para levantarse enseguida, llena de dolor, y seguir corriendo; corrió hasta entender que nadie la perseguía, noto esto cuando al oír los mismos sonidos, a su derecha, solo había un muro de piedra. Frenándose con lentitud en su carrera, se aproximó con temor para alcanzar el muro con su mano derecha, de alguna forma podía sentir como la brisa escapaba de entre la piedra, hasta chocar con su palma. Tal vez era el eco del metal impactándose contra la piedra, o con otros muros, y lo que ella sentía, solo era el eco del golpe. Parecía que aquel lugar era una cueva conectada a algún tipo de fuente acuífera, a falta del olor salado en el agua, podía atreverse a suponer que se trataba de agua dulce, sabía que adentrarse era una completa locura, algo estúpido, podrían existir componentes venenosos en el agua a mayor distancia, pero la bestia que allá visto le decía que haya afuera no era menos peligroso que ahí adentro, y un retumbar en la superficie donde reposaba su mano se lo confirmo, se alejó con prisa y con un repentino dolor. Casi lo había olvidado, antes de desmayarse se había hecho un corte en la mano derecha, pero a causa de la poca luz como de la suciedad acumulada en la herida no podía decir si era grave o no. Puso su palma contra su pecho, repitiéndose que ese dolor era minúsculo, comparado con el que ese lugar podía provocarle. Un nuevo retumbar en la cueva contesto sus inquietudes, y sin volverlo a meditar su decisión, se adentró en aquella caverna. Con la ilusión de confianza al haber sobrevivido, que zumbaba en su interior una vez más, siguió su camino pétreo, resultando en ocasiones imposible seguir el ritmo del cauce del agua, pasando por estrechos pasajes rocosos o escabulléndose en agujeros pequeños donde su cadera se veía atorada por instantes, guiándose con el sonido constante del agua; su corta travesía le había causado varios cortes, muchos más ahora que evitaba que la herida de su mano estuviese en contacto con algo más. En más de una ocasión había tratado de rasgar sus harapientas ropas, pero estaban tan manchadas de barro y de lo que creía su propia sangre, que no le veía sentido alguno. Con forme avanzaba, el techo de la cueva se elevaba y desde ahí colgaban formaciones rugosas en picos, temblando levemente ante los ecos de batalla que no cesaban. En algunos tramos, varias estalactitas caían poco después de que ella pasara, provocando que se exaltara y gritara, lo que traía como consecuencia, más caídas. En más de una ocasión se había arrojado a la tierra para huir de estas amenazas. Tras andar todo ese camino noto algo que la inquieto más, el camino de agua que seguía se había ensanchado en un principio, pero ahora se convertía en un delgado hilo que desaparecía entre las rocas, teniendo a varios metros frente a ella el lugar en el que había despertado; una laguna con un montículo de tierra justo en medio. Aquí, la vegetación a su alrededor resultaba pobre, mostrando unos parches verdes de hierbas casi marchitadas, la tierra y la roca parecían mezclarse con facilidad en manchas oscuras de lodo; a diferencia del pasaje que había recorrido, las paredes rocosas estaban desnudas de vegetación, siendo fácil de ver que entre estas se hallaban más gritas o caminos a lugares desconocidos, todo esto solo se apreciaba por el reflejo de la luz. En medio de aquella caverna se veía una especie de tragaluz en lo que sería el techo, alineado con el montículo de tierra dentro de la laguna. En algún tiempo parecía haber pertenecido a la estructura del lugar; pero aquella luz demostró a Koréen lo ilógico de las cosas, el agua no poseía vida alguna, no había peces o algas de algún tipo, solo era agua cristalina y nada más. Agotada, se vio atraída a la luz que se centraba en medio de la laguna; dando pasos torpes en el agua mientras veía el tragaluz. Ardían, sus heridas ardían al contacto del agua, aquel pequeño escozor le recordaba que estaba viva…viva, perdida en un mundo de videojuego y sin una memoria más que su nombre. En aquella extraña quietud fue consciente de ello, no había nada, un rostro, una situación, un lugar…nada más que su nombre ¿acaso era su nombre? Tenía la percepción de que en un juego no era común ingresar con tu nombre real. ¡¿Quién demonios era?! ¿¡Qué hacía ahí!? ¿Quería volver? ¿A dónde? No lo sabía, parecía que conocía todo y a la vez nada. Aquello se repitió en su interior formando un vórtice violento; dejando de ver el tragaluz se concentró en el agua que la rodeaba, viendo la sombra de alguien que no reconocía ¿cómo hacerlo? Si, aunque veía su reflejo, no era ella misma, no se conocía. Sin notarlo soltó una risa que se mezcló con su respiración jadeante, abriéndose paso desde su interior hasta que se encontró riendo a carcajadas, con lo que ella creía no era su voz, chapoteo en el agua, pateando en algunos casos, saltando, en otros, acompañando cada movimiento con una carcajada aguda que no se detenía. El eco no se hizo esperar, transformó su carcajada en algo más siniestro, con un tono grave, al oírla, Koréen se detuvo por unos instantes para sostenerse en un tembloroso abrazo, justo cuando el eco dejo de repetir su risa burlona, emitió un grito, casi como un chillido, seguido de otro hasta que el eco le respondió con un tono grave, oyéndose desesperado. Koréen levanto la cabeza para oír aquello, entregándose a la tormenta que se gestaba en su interior, intercalando carcajadas en medio de gritos; no le importo nada más en su momento de frenesí, se adentró en las grietas de las paredes, en una carrera que parecía no tener fin, volviendo al mismo punto de partida, solo para estallar en otro ataque de histeria antes de adentrarse por otro camino, en lo que parecía un bucle. Las piedras a su alrededor se deformaban en bestias como la del plantío, las estalactitas figuraban como los colmillos que parecían ansiar su carne, ya no podía decir que era real o falso. En su nebulosa creyó ver dentro del tragaluz una presencia, un ser más grande que la bestia; con un rostro que no era apacible, tenía en cambio, una expresión casi entristecida que no figuraba en el aura de luz etérea que le rodeaba, no distinguía calor alguno, pero se vio a si misma ser llevada en las manos de ese ser, dejándola caer con sumo cuidado sobre la pequeña colina de tierra. Es más, parecía que había sido creado con el fin de sostenerla; aquel ser cerro los ojos en una mueca de profunda angustia para desvanecerse en la luz que la rodeaba.
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