Cuarto Reino

Cap. 10.2
El profesor Salvaterre se humedece los labios manteniendo una mueca de sonrisa, ahora saltando la mirada de Ana a Paola, enarca una ceja y… ─ Así que tu eres la famosa Paola Doménico ─ Paola asiente haciendo una ligera reverencia como toda una dama. ─ Pasa, llegas a tiempo para la primera clase ─ invitó Salvaterre abriendo aun más la puerta para que Paola pudiera pasar. ─ Toma asiento. Ponte cómoda ─ Gracias, maestro Salvaterre ─ Paola entra al salón de clases, el profesor le dedica una mirada y una sonrisa traviesa a Ana. ─ ¿Almorzamos luego? ─ Ana parpadea espabilando, abriendo la boca como queriendo decir algo al respecto acerca de la invitación del profesor, sin embargo solo asiente con su cabeza. ─ A las doce entonces... te veo luego ─ dijo Salvaterre haciendo un mohín en voz baja, lo que pareció ser un ronroneo o una insinuación mientras cerraba la puerta, Ana suspira profundamente girándose sobre sus talones enfilándose a toda prisa a su oficina abanicándose con la mano. El profesor Salvaterre se frota las manos paseándose frente a sus alumnos. ─ Muy bien clase, disculpen por la interrupción… ─ Paola, analizando su alrededor, pudo darse cuenta que algunas de sus compañeras de clases miraban al profesor Salvaterre como borregos risueños, y algunos de sus compañeros con cierta idolatría, algo que le hizo sentir enferma. ─… En éste momento especial, quisiera presentarles ante ustedes a una nueva estudiante muy talentosa, así como todos los que estudiamos en ésta institución ─ Salvaterre se aclara la garganta. ─ Por favor, denle una bienvenida a la señorita Paola Doménico ─ los alumnos aplauden en un gesto bienvenida a Paola, ─ Como verán, alumnos, ella viene de Florencia… ─ Paola se aclara la garganta para interrumpir al profesor, todos se giran para prestarle atención, ella recorre con la mirada a todos los presentes, gran error, los nervios de pronto la dominaron dejando su mente en blanco, respira profundamente con los ojos cerrados, luego los abre. ─ De hecho, me acabo de mudar con mi familia a Forli… maestro Salvaterre ─ Por favor, llámame Octavio, como todos mis alumnos, estamos entre artistas ─ el rubor por la confianza que le estaba otorgando Salvaterre, se le suben a las mejillas, y más cuando muestra aquella sonrisa llena de picardía, muchas de sus compañeras suspiran y otras miran con recelo a Paola, el profesor vuelve a frotarse las manos, Paola vuelve a su lugar. ─ Bien… ¿Dónde nos quedamos en la clase anterior? ─ pregunta Salvaterre mirando a todos sus alumnos. Hora del almuerzo, todos los estudiantes salieron al comedor para estirar un poco las piernas y dedicarse un poco más al entretenimiento trivial de todo joven, sin embargo, Paola se quedó en el salón de clases frente a su caballete, matando el tiempo pintando, un estudiante que pasaba por allí, se detuvo frente a la puerta, por un instante el joven quedó impactado con Paola, sin aliento, su piel acanelada, suave, como la piel de un ángel, sus mejillas con el rosado perfecto, que no opacaba su piel, ni mucho menos la sobrecargaba, sus ojos marrones y su cabello negro brillante en una trenza pulcramente tejida, su delicada mano sosteniendo el pincel, moviéndose con tanta habilidad y gracia a la hora de plasmar la pintura en el lienzo, dándole vida, su concentración era absoluta, solo era ella y el mundo en su lienzo, sus pies estaban sembrados en la puerta de aquel salón; sin saber que hacer, el joven se aclara la garganta, Paola da un respingo tapando su pintura. ─ ¿Qué haces? ─ pregunta el joven sopesando tanto las palabras como sus pasos, mirando a Paola con suma curiosidad. ─ Nada ─ se apresuró Paola en contestar cuadrando sus hombros. ─ Mm. Para ser nada, estás muy concentrada ─ Paola con su barbilla en alto le dedica una mirada al joven como si no fuera la gran cosa, solo que cuando sus miradas se cruzaron, Paola no pudo despegar su atención de aquellos ojos color miel que la miraban con tanta curiosa alegría, su piel morena clara, delgado, un poco más alto que ella, del alto de su padre para ser exactos, cabello negro algo crespo; el joven ladea la cabeza contemplándola con más curiosidad, esperando una respuesta o sea lo que sea que Paola estaba pintando, pero esos ojos, esos ojos, Paola tenía que pintarlos algún día. Al ver el joven que no obtendría su respuesta, optó por una que si le contestaría. ─ ¿Cómo te llamas? ─ Paola ─ Ah… todo el mundo habla de ti… es poco usual que ya seas la comidilla de todo el lugar en tu primer día de clases ─ ¿Por qué lo dices? ─ pregunta Paola frunciendo el ceño. ─ Recién mudada y que coincidencia que ayer se muda alguien para la casa del señor Jerome ─ Muchas personas se mudan ─ ¿Pero precisamente ayer? ¿Y en la casa del director?, ¿Y hoy estás aquí? ─ cuestionaba el joven enarcando sus cejas aparentando divertida impresión. ─ ¿Y como sabes del señor Dragnan? ─ (bufido), Todo el mundo conoce al señor Jerome, pero ¿De donde será el director? ─ ¿No lo sabes? ─ ¿Tu si? ─ Mm. No… ¿Tendría que saberlo? ─ ¿No?, y vives en su casa ─ Yo no he dicho tal cosa ─ Me llamo Stefano ─ No he pedido tu nombre ─ Pero es de mala educación entablar una conversación con alguien nuevo sin presentarse ─ Debo irme… se me hace tarde para el almuerzo ─ Ya casi se termina la hora ─ Como rápido ─ Te acompaño ─ No hace falta. Sé donde queda el comedor ─ Paola se retira con su barbilla en alto, pasando a un lado de Stefano ignorándolo por completo. Sale del salón caminando como toda una reina, a una dirección que solo Dios sabe donde. ─ ¡Por allí no queda el comedor! ─ Paola se detiene en el acto, se gira sobre sus talones con sus mejillas rojas por la vergüenza de no tener idea de nada, se acerca hasta Stefano, la cual mostraba una sonrisa disfrutando de la falta de orientación de Paola. ─ Me temo que tal vez, solo tal vez, necesite de tu orientación por ésta ocasión ─ ¿Tal vez? ─ pregunta Stefano ampliando su sonrisa, luego se encoge de hombros ofreciendo su brazo a Paola, al ver que Paola ignora su ofrecimiento el joven, sin desaparecer su sonrisa, la mira al rostro analizándola. ─ ¿Qué? ─ pregunta Paola. ─ Nada… por aquí… “su Majestad” ─ dijo Stefano haciendo un ademán de reverencia ampliando su sonrisa, mostrando sus blancos y perfectos dientes. Una vez sentados en el comedor disfrutando de un almuerzo balanceado de frutas, pollo y puré de papas, Stefano se disculpa con Paola. ─ ¿Por qué tendrías que disculparte? ─ pregunta Paola tomando un sorbo de su jugo. ─ Digamos que empezamos con mal pie, quisiera contar con tu compañía para mostrarte el instituto, claro, si quieres ─ Paola medita el ofrecimiento del joven Stefano, hasta que por fin acepta después de unos largos minutos. ─ Okay, con una condición ─ ¿Cuál? ─ Que me digas tu apellido ─ Stefano se ríe ante la condición extraña de Paola, en cambio ella lo mira con el ceño fruncido, muy irritada. ─ Perdona, no fue mi intención ─ Si querías dar una buena impresión o empezar con buen pie, déjame decirte que no lo estás logrando… con permiso ─ Paola se levanta de su puesto lista para irse y rápidamente Stefano le sujeta de la mano. ─ De verdad discúlpame, no volverá a pasar, si mi apellido es la condición de ser tu guía, por mi está bien ─ Paola lo escruta con la mirada, vuelve a tomar asiento, enarca una delicada ceja esperando por él. ─ ¿Y bien? ─ Mi apellido es Dagostino, Stefano Dagostino ─ Paola parecía conforme con la respuesta. ─ ¿Pasé la prueba? ─ Mm. Más o menos ─ ¿Te muestro las instalaciones después de clases? ─ Paola mira a su alrededor, muchos estudiantes manteniendo sus conversaciones, riendo, debatiendo y en un rincón se encontraba el profesor Salvaterre con la señorita Ana, que obviamente la señorita Ana yacía absorta en lo que sea que Salvaterre le estuviese contando y riendo de cualquier tontería dicha por el profesor, por un momento algo de la nostalgia de su vieja vida en Florencia vino a su mente y a su corazón, ver a sus profesores en tan intima charla como enamorados fue como volver a ver a sus padres en aquella época en el hogar donde una vez fue feliz. Stefano se percata la dirección en la que Paola miraba y voltea sobre sus hombros. ─ Ah, el profesor Salvaterre y la señorita Ana Alberti ─ ¿Alberti? ─ Si, es la sobrina del director, parece que a ella gusta del profesor Salvaterre, ¿Verdad que se nota?... pero también es un hecho de que el director no aprobaría tal relación en el instituto ─ ¿Por qué? ─ Mm. Sus tontas políticas ─ Paola enarca una ceja, en algo estaban de acuerdo. ─ Y dime, Paola ─ inició Stefano girándose otra vez para dedicarle toda su atención. ─ ¿Algún novio o pretendiente que hayas dejado en tu tierra? ─ Paola se ahoga con su comida; tomando un buen trago de jugo se siente aliviada de pasar el mal bocado. ─ ¿Por qué tendría que responderte eso? ─ pregunta Paola con su voz áspera y algo ronca tratando de respirar, Stefano se encoge de hombros. ─ Por nada en particular, las muchachas de tu edad y así como tu eres, debes tener un millón de pretendientes ─ ¿Y como soy? ─ Si me lo permites, con todo el debido respeto, eres una chica muy hermosa y muy reservada, inteligente, talentosa ─ contestó Stefano seriamente, llevando un bocado de su comida a la boca. Paola abre los ojos como platos, nadie le había elogiado de ese modo a parte de sus padres, trató de disimular el rubor de sus mejillas sonriendo y agitando su mano restándole importancia. ─ Tonterías… solo soy una chica normal ─ Para nada, estoy siendo totalmente sincero, me gustaría pintarte algún día ─ ¿Estás hablando en serio? ─ pregunta Paola con el ceño fruncido sin dejar de sonreír, la propuesta de Stefano le pareció lo más descabellado del mundo. ─ Si, estoy hablando muy en serio, siempre y cuando sonrías como lo acabas de hacer ─ Paola cuadra sus hombros levantando su barbilla con su sonrisa llena de solemnidad, nadie le había propuesto tal cosa, aunque no le dio una afirmación, el “quizás” fue respuesta suficiente para Stefano de iluminar su rostro. El resto de las clases fue corriendo como la seda, nada fuera de lo usual, gracias al cielo, a parte de Stefano, nadie más sospecha que ella y su familia son los huéspedes de Dragnan, Paola caminando por los pasillos, al final del día, algunos de los estudiantes residenciados se retiraban a sus habitaciones, los originarios de Forli se retiraban a sus casas, se despedían de sus compañeros, algo extraño para Paola, no se notaba mucho el entusiasmo de ser amigos, más bien se veían como competidores queriéndose rasgar la garganta por ser los mejores; esa pregunta volvió a la mente de Paola, ¿papá de verdad quería estudiar aquí?, el ver a estos estudiantes y comparar a su padre, era como ver dos polos opuestos, otra cosa que también le llenó de curiosidad fue el nombre de Dragnan, ¿Quién era ese hombre?, ¿Por qué la estaba ayudando demasiado?, ¿Qué la hacía a ella tan especial para ganar su favor sin pedir nada a cambio?, o a lo mejor si, solo que no lo a pronunciado, quizás la querrá desposar a ella una vez graduada, Paola se siente horrorizada ante la posibilidad, no… eso era imposible, sus pensamiento se vieron interrumpidos al relinchar de los caballos de la carroza que la esperaba. Su primer día de clases no estuvo tan mal, su hermano Lucio ya estaba dentro de la carroza, Paola acelera el paso, de pronto una mano le sujeta por el codo, Paola da un respingo y con la mano en el pecho suspira de alivio, era Stefano. ─ No vuelvas a asustarme de esa manera ─ Lo siento… no fue mi intención… es que me preguntaba… yo quería preguntarte ─ ¿Qué? ─ ¿Te veré mañana? ─ Paola observa detrás de su hombro, su hermano agitaba su mano llamándola, luego mira a Stefano, asiente con la cabeza; su afirmación le iluminó la tarde a Stefano porque su sonrisa se llenó de esperanzas en volver a coincidir con ella.
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