Cuarto Reino

Cap. 10.1
Cap. 10 A la mañana siguiente, Paola sale del baño con su mejor vestido verde jade con cascadas de seda y un corpiño de satén blanco y verde jade con brocados en oro, ya listo para su primer día de clases, zapatillas a juego con el vestido al igual que sus guantes y joyas; se miraba en el espejo pensando cual sería el mejor peinado para presentarse en el instituto. Alguien llama a la puerta cortando con el debate mental de Paola. ─ ¡Pase! ─ la puerta se abre, Paola se asombra felizmente al ver a su amiga por fin levantada de su cama, aunque con ojeras, algo flaca y desgarbada, Paola se levanta de su peinadora y se acerca hasta su amiga tomándola de las manos e invitándola a entrar y sentarse en su cama. ─ ¿Cómo te sientes? ─ pregunta Paola expectante y feliz, Mónica con la mirada algo perdida y ojos rojos por lo que parecía que estuvo llorando largo y tendido durante toda la noche, traga saliva, mira a su amiga forzando una sonrisa amarga con sus labios temblorosos. ─ Mónica… ¿Qué tienes? ─ Yo… lo amaba ─ contestó Mónica con su voz quebrándose. ─ ¿Qué? ─ Yo lo amaba ─ repitió tomando un profundo respiro. ─ Y tu lo mataste ─ Pero… ¿De qué hablas? ─ Humberto… ─ Mónica aprieta los dientes con furia. ─ Tú lo mataste ─. Inesperadamente, Mónica en un arrebato de furia, toma a Paola por el cuello tratando de ahorcarla, dando gritos de histeria declarando su amor por Humberto y lo mucho que odiaba a Paola, sobre todo las insistentes palabras de querer matarla, Mario, el padre de Mónica, llega corriendo para separar a Mónica de Paola y evitar una tragedia, Mónica patalea y lucha con todas sus ganas para soltarse de Mario, a pesar de los esfuerzos de Mónica de soltarse de su padre y los gritos, por fin dimite de su lucha quedando colgada y lánguida en los brazos de su padre sollozando, repitiendo una y otra vez lo mucho que odiaba a Paola, culpándola de haber destrozado su relación con Humberto. Paola se sujeta el cuello, frotándolo para suavizar el dolor, tosiendo, tratando de recuperar la respiración, ¿Qué le pasaba a su amiga?, Mónica en su mirada expresaba tanto odio, parecía ni siquiera reconocerla en el momento que la estrangulaba, después de todo aquello, después que lograron quitársela de encima, la miraba con horror y lástima, ya no era la misma, ¿Qué le habrá hecho esa cosa?; Mario se disculpaba, no solo con Paola por el incómodo momento, también con Pietro, que apareció momentos después para ver a su hija en el rincón de su cama, sentada, ya algo calmada aun con su mano colocada sobre su cuello, las marcas de los dedos de Mónica comenzaron a notarse, con la tristeza y decepción en su mirada, Mario se lleva su hija cargada en brazos, acurrucada como una niña pequeña, pidiendo en susurros que mataran a Paola por lo que había hecho, Pietro se sienta a su lado para tratar de consolarla y preguntarle lo que había sucedido, pero Paola no entendía lo que le había pasado a Mónica, sin embargo, le contó todo, una vez terminado el relato, aparece Mario en la puerta informando que tendrían a su hija bajo supervisión hasta averiguar bien lo que tenía. Pietro anima a su hija en ponerse en pie e ir a su primer día de clases, Paola se pone de pie abrazando a su padre, le da un beso en la mejilla, suspira profundamente poniendo una sonrisa en rostro, su padre sale de la habitación junto con Mario para darle a su hija privacidad y así terminar de arreglarse. Saliendo de su habitación, los padres de Paola estaban en la planta baja cerca de la puerta principal, admirando lo hermosa que se veía, ella abraza a sus padres y a los Farizzi, Lucio la esperaba en la puerta, tanto los Farizzi como los padres de Paola le desearon lo mejor en su primer día de clases, Carlota y Claudia, le dan un beso en la mejilla a Lucio, éste se limpia la mejilla con el dorso de la mano con el ceño fruncido, abordando la carroza, Paola agita sus manos al igual que su hermano despidiéndose una vez más, Pietro cierra la puerta dejando la casa sumida en un profundo silencio, se miran a las caras y en ese instante todos de acuerdo se enfilaron al estudio de Dragnan a pedir respuestas. Al primero al dejar fue a Lucio en las puertas de su colegio, por suerte no quedaba muy lejos de la casa, la carroza prosiguió su ruta, Paola contempló el hermoso paisaje de Forli, las pintorescas y concurridas calles, un poco más ajetreada que su adorada Florencia, al pasar por las puertas del suburbio de la bulliciosa ciudad, Paola había quedado sorprendida al ver tanta gente en un solo lugar, el instituto quedaba al otro extremo, mucho más allá, una gran mansión en los limites de Forli, oculto entre colinas. La mañana acompañada por nubes encapotando el cielo y el viento frío, Paola con su capa con capucha mullida y guantes de cuero vino tinto, prácticamente más negro que rojo, abrazaba fuertemente su maletín y su cuaderno de bocetos, admiraba la imponencia de cómo la edificación se levantaba delante de ella, a pesar de que tenía que cruzar un camino de grava; suspiró profundamente, tomando bastante aire en sus pulmones, tragándose los nervios y agarrando el valor para enfilarse cruzando por las inmensas rejas. Un muro enorme separaba el instituto del resto del mundo. Cruzando el gran patio, el edificio, para los ojos de Paola, era magnifico, imponente, casi santo a cada paso que se acercaba; los jardines del campus eran una belleza llena de creatividad y cuidado, el canto de la fuente del patio central era un canto acompañado con el silencio sacro del recinto, solo sus pasos fueron el único ruido acompasado que irrumpía la armonía de toda aquella belleza, toca a la gran puerta de roble, después de esperar un par de segundos, las puertas se abren con un gran rechinido haciéndolo sonar antiguo y lúgubre, los pasillos despejados de gente, el piso bien pulido y un silencio casto alrededor al igual que las afuera en el patio, semejante a un monasterio, Paola mira a su alrededor admirando aun más los delicados detalles de la construcción, una obra de arte, con razón la escogieron, supuso que ésta gente solo seleccionaban a los más dignos de pisar dicha institución, lo cual, Paola se sintió orgullosamente honrada de estar entre los mejores, todo un privilegio. Paola muestra la carta a un hombre alto, flaco, con cara de amargado y casi calvo que la miraba de soslayo, vestía un traje parecido al de un mayordomo, pero todo de blanco, el hombre le recibe la carta, la estudia detenidamente y sin un atisbo de emoción, le hace un gesto con la mano que la siguiera devolviéndole la carta, los pasos resonaron en el silencio por los largos pasillos de la academia, Paola no se cansaba de admirar los ornamentos de las paredes y columnas, y tampoco se cansaría, todo tan limpio y preciso, el como se unían las líneas de una manera tan asimétrica, creando una armonía entre los pilares y las paredes, cuadros que nunca vio en ningún museo, o algún mercader de arte, los nombres de los artistas quienes las habían pintado, tampoco los conocía, sin embargo, sus obras eran de un mágico ante la vista, casi reales; Paola, por un momento se sintió intimidada por tal maestría en la pintura, no obstante, cuadró bien sus hombros, levantó su barbilla con más arrogancia que nunca, si ella estaba allí, era porque también sus cuadros se exhibirían allí en esas paredes y superaría a todos estos pintores extraños, le demostraría a todos su talento. Cruzando varios pasillos más, a Paola le comen la intriga y la curiosidad, quería preguntar muchas cosas, sobre todo quería saber cuando llegarían a la oficina del director, pero cuando veía y recordaba la cara de aquel hombre amargado que la guiaba, se le quitaban todas las ganas de preguntar. Después de subir y bajar algunas escaleras finamente alfombradas, cuyo alfombrado, Paola también admiraba al igual que algunas esculturas, llegaron a una puerta doble de madera, también ornamentados con bosques y amaneceres, dejando a Paola fascinada por el delicado tallado. El hombre toca a la puerta, no hubo respuesta, a los pocos segundos, unos pasos apresurados se escucharon acercarse desde el otro lado de la puerta, una mujer de ojos verdes, cabello rubio de peinado francés, y un vestido que Paola juró que era de gala, de un azul brillante con blanco y el corpiño a juego con brocados de plata y oro, guantes blancos de seda hasta los codos, la recibe con una amplia sonrisa, Paola le entrega la carta, la mujer la lee detenidamente enarcando levemente una delicada ceja, le entrega la carta a Paola con una sonrisa. ─ Por aquí, por favor ─ indicó la mujer dulcemente. ─ La estábamos esperando ─ ¿A mi? ─ la mujer suelta una risita suave por lo bajo. ─ ¿A quien más?... me llamo Ana ─ Paola ─ Ya lo sé, el señor Alberti la espera ─ prosiguieron el camino en silencio, luego se pararon frente una oficina con la puerta más sencilla del mundo, la mujer se anuncia con tres delicados toques a la puerta. ─ Pase ─ se oyó desde el otro lado, la mujer abre haciendo espacio para que Paola pudiera entrar. Un hombre gordo de mejillas sonrosadas, piel blanca, mirada profunda y llena de arrogancia, bien vestido, escrutaba a Paola de pies a cabeza al momento de entrar, entrelaza sus dedos sobre el escritorio diciendo ─ Puede dejarnos solos, Ana ─ la mujer asiente con la cabeza cerrando la puerta detrás de Paola. Paola admiraba la oficina, casi parecida a la del señor Dragnan, solo que éste estaba poco iluminado, alfombra ajedrez de rojo y negro con brocados de dragones dorados en los cuadros negros, supuso que la alfombra provenía de Asia; libreros tan enormes que llegaban hasta el techo, al igual que los ventanales con pesadas cortinas carmesí, varios candelabros dorados pegados a la pared, que con sus luces mortecinas apenas iluminaban dicha oficina, también supuso que las ventanas estaban cerradas, ya que no llegaba ningún sonido de fuera, ni tampoco la más minima brisa, gracias a Dios aun mantenía su capa y que la poca iluminación no permitía bien ver las marcas en su cuello. El hombre hace un gesto con la mano, invitando a Paola a tomar asiento, inclusive los muebles eran de un tallado único, lujosos, y bastante cómodos, lo supo al momento de posar su trasero en el asiento; Paola hurga entre su bolso en busca de la carta algo nerviosa. ─ No hace falta la carta, señorita Doménico ─ aclaró el hombre levantando la mano, Paola alza la mirada expectante. ─ Sé muy bien porqué está aquí ─ Paola se humedece los labios, preparándose para oír un discurso o responder alguna pregunta que le fuera formulada. ─ Seré franco y directo, señorita Doménico. Se ha aceptado en ésta academia por su talento, su padre envió algunas de sus obras junto a la carta donde hacía su solicito la admisión a la academia, las analizamos; nuestros patrocinadores y rectorado llegaron a la conclusión y debo admitir, en lo personal, que son algo… considerables ─ comentaba el hombre con una expresión llena de arrogancia, enarcando levemente una ceja mientras sacaba de la gaveta del escritorio los bocetos y algunas pinturas enrolladas, dejándolas caer delante de Paola como si no fueran la gran cosa, Paola traga saliva tensando los músculos de su mentón. ─ ¿Considerables?, ¡maldita sea!, ¡son lo mejor de mi trabajo! ─ pensó Paola tratando de mantener su rostro impasible, al ver que no obtuvo respuesta por parte de Paola, el hombre prosiguió aclarándose la garganta. ─ Por otra parte. Ésta academia espera lo mejor para lo mejor, aquí aprenderá la disciplina y el verdadero concepto del arte, la expresión de la vida a través de nuestras manos, no toleraremos ningún atisbo de desobediencia o alguna falta de nuestras políticas, en caso de ser así, será inmediatamente expulsada sin importar la beca que haya optado. ─ Paola ladea ligeramente la cabeza con su mente llenándose de interrogantes, ¿beca?, ¿Qué beca?, ¿sus padres habrán solicitado alguna?, y si ese fuera el caso, ¿Qué tipo de beca?, y la más profunda de todas sus preguntas, ¿de verdad su padre quería estudiar en éste grupo de estirados?, mientras que en su mente se formulaban más preguntas, la voz del hombre se hacía ajena a sus oídos, hasta el punto que ─ ¿A entendido, señorita Doménico?, porque no lo volveré a repetir ─ Paola asiente en silencio. ─ Bien… puede retirarse, señorita Doménico, Ana le proporcionará detalles y aclarará sus dudas ─ al levantarse, Paola hace un reverencia. Saliendo de la oficina del director, un pensamiento se le cruzó por la mente, esbozando una leve sonrisa por la comisura de sus labios. ─ Tanta arrogancia lo hacía ver algo… afeminado ─. Ana se encontraba sentada en su escritorio, concentrada, llenando algunos papeles. ─ El señor Alberti me envía con usted ─ Ana levanta a duras penas la mirada, vuelve a sonreír. ─ Okay, sígueme ─ Ana se levanta de su escritorio guiándola hacia unos grandes armarios, le hace entrega de lo que parecía ser su ¿uniforme? ─ ¿Qué clase de escuela es ésta? ─ pensó Paola sorprendida, también le hicieron entrega de algunos instrumentos para pintar y su cronograma de clases, unos documentos, que según la explicación de Ana, eran las políticas del instituto. Caminando por los pasillos, siendo guiada por Ana, una de las tantas preguntas no pudo evitar soltar. ─ ¿De verdad tengo una beca? ─ Ana se detiene en pleno pasillo girando para prestar atención a Paola y su pregunta con el ceño ligeramente fruncido. ─ Si… ¿Por qué la pregunta? ─ contestó Ana girándose nuevamente prosiguiendo su andar. ─ Es que no recuerdo que mis padres me hayan mencionado algo al respecto ─ contestó Paola dubitativamente. ─ ¿No fueron tus padres? ─ No ─ Ya que recuerdo, el señor Dragnan insistió en algo parecido en una de las juntas ─ ¿El señor Dragnan?, ¿El mismo señor Dragnan de la gran casa de las afueras de Forli? ─ ¿Lo conoces? ─ Si ─ respondió Paola lentamente con la duda revelándose en su rostro. ─ Vivo con mis padres en su casa ─ la mujer se vuelve a detener y ésta vez Paola se topa con ella, Ana la mira con los ojos bien abiertos llena de asombro. ─ ¡¿Qué tu qué?! ─ la pregunta de Ana retumbó por los silenciosos pasillos. ─ Vivo con mis padres en la casa del señor Dragnan… ¿Por qué?, ¿Qué hay con… él? ─ comentaba Paola con el ceño fruncido apagando la voz mientras formulaba la pregunta. ─ Nada… solo que… me sorprende que uno de nuestros mayores patrocinadores y rectores admita… huéspedes ─ contestó Ana con la cara llena de confusión. ─ ¿No acepta? ─ pregunta Paola enarcando las cejas, ─ Él no acepta visitas, ni mucho menos una audiencia, la mayores de esas cosas las hace aquí, en la academia… debes ser bastante talentosa para que el señor Dragnan se tome tales molestias ─ opinó Ana con una sonrisa, no pudo disimular su asombro y la rareza de la situación. Ana la guía hasta uno de los salones de clases, ya Paola lista y cambiada con el uniforme y sus instrumentos, Ana toca la puerta, abriendo la puerta del salón, un hombre se asoma con gafas y cabello negro largo hasta los hombros, con un semblante bastante joven para ser un maestro, de barbilla cuadrada mostrando algo de barba incipiente, ojos azul grisáceos, rasgos firmes a la altura de sus pómulos y nariz fina y perfilada, sino es por sus cabellos ligeramente canosos, el hombre le sonríe a ambas damas mostrando sus blancos dientes. ─ Buenos días señor… Salvaterre… ella es Paola Doménico, la nueva estudiante ─ anunció Ana jugueteando con sus dedos y su barbilla en alto, Paola pudo darse cuenta lo nerviosa que estaba al momento de hacer la presentación, se notaba a leguas que gustaba del señor Salvaterre, no solo por sus dedos juguetones, su voz la delataba por más que intentase mantenerla firme, su ansiedad y la forma de tratar de mantener su barbilla en alto, tratando de mostrar su sonrisa casual, y obviamente el señor Salvaterre lo sabía, parecía disfrutar del momento algo incómodo de Ana, ampliando un poco más la sonrisa, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo.
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