Cuarto Reino

Cap. 8.1
Cap. 8 Florencia 1519, ya han pasado diecinueve años desde que los Doménico se establecieron en Florencia, la niña Paola se convirtió en una delicada flor, le llovían pretendientes a granel, por tal, razón, su padre Pietro, los tenía que ahuyentar a sombrerazos, su candidez, naturalidad y su alegría la hacían única entre todas las jóvenes de su edad, el centro de atención de todas las miradas y la envidia de otras, diestra con el pincel y la paleta, apasionada como nadie en el arte de pintar. Una carta es recibida por el padre de Paola, contando con el sello del maestro artista Alberti, con las manos de Pietro temblorosas, llama a su esposa avisando de la respuesta del maestro, ambos ansiosos por saber la respuesta, a cada línea que trazaban sus ojos, se iban ensanchando cada vez más sus sonrisas y su emoción, su hija, Paola, fue aceptada para ser discípula del maestro Alberti, ambos se abrazan entusiasmados, Pietro besa la sien de su amada gritando de euforia. En la cena le darían la gran noticia. Paola se encontraba en el jardín, pintando, una pelota cae a su lado volcando el vaso donde mantenía sus pinceles, desperdigándolos en el suelo. ─ ¡Ey!, ¡Lucio!… ¡ven acá pequeño monstruo! ─ Paola fulmina con la mirada al niño levantándose del banquillo, se levanta un poco la falda del vestido para poder perseguir al pequeño travieso, el niño no escatima y se enfila a la huida; los padres escuchan toda una algarabía dentro de la casa, el niño entra a la cocina para escudarse detrás de su madre; el niño de diez años, con una mirada llena de terror, observaba a su hermana como entraba a la cocina como un toro furioso, ambos padres con resignación, miraban a los pequeñines, otra vez, con sus berrinches. ─ Está bien, ya basta, compórtense los dos ─ reprende Carlota a los dos jovencitos. ─ Me acaba de tirar los pinceles al suelo, mamá ─ protestó Paola muy indignada. ─ Exijo un castigo para ese pequeño monstruo ─ agregó Paola fulminándolo con la mirada. ─ Ese “pequeño monstruo”, como tu le llamas, es tu hermano menor, Paola, es tu deber cuidar de él ─ reprendía Carlota con una sonrisa amorosa. ─ ¿Y quien cuida de mis cosas? ─ la madre suspira profundamente. ─ Lucio, sabes que no puedes estar jugando cerca de tu hermana cuando está trabajando ─ ¿Trabajando?, si se la pasa pintando garabatos ─ replicó el niño mostrando que le faltaba un diente. ─ ¿Qué va a saber de arte un mocoso engreído como tu? ─ replicó Paola resoplando con desdén retirándose de la cocina dando zancadas indignada, su hermano le saca la lengua en respuesta. Carlota mira a su esposo con un gesto indicando que fuera hablar con su hija, en cambio Pietro se encoge de hombros sin saber que hacer o que decir, por otra parte, su esposa insiste con señas hacia la puerta con ojos bien abiertos, éste suspira profundamente, resignado deja caer los hombros, luego por un momento reflexiona, levanta la barbilla cuadrando sus hombros, muestra su mejor sonrisa y se enfila para entablar una conversación de padre e hija. La niña Paola se encontraba recogiendo el desastre causado por su hermano, Pietro se acercaba en silencio, contemplando a su querida niña, Dios, su hija era tan hermosa, como un ángel, razones más para proteger y amar más a su esposa y cuidar de su familia; carraspea para llamar la atención de Paola, la joven se levanta al notar la presencia de su padre, la cual, se encontraba allí plantado como un joven queriendo cortejar a su primer amor, jugueteando con su cachucha, algo nervioso. ─ ¿Podemos hablar? ─ Paola parpadea varias veces, apareciendo un signo de interrogación intrigada por la extraña petición de su padre, ella esboza una cálida sonrisa, suficiente respuesta para Pietro conversar con su niña, la cual, en realidad era su primer amor, su primera hija, ¿Cómo no amarla?, Paola acerca un banquillo para su padre invitándole a sentarse a su lado, frente al lienzo que ella trabajaba, el padre de Paola queda sin aliento al ver el cuadro. Hermoso, simplemente hermoso, un paisaje montañoso; Pietro estrecha la mirada analizando el cuadro y lo familiar que le resultaba. ─ ¿Son las montañas de Florencia? ─ Si, padre ─ contesta Paola con una amplia sonrisa solemne. ─ Y… ¿Dónde están las casas? ─ Preferí prescindir de ellas, afeaban mi cuadro ─ Pietro no tenía palabras para la creatividad de la niña y el realismo aplicado junto a la perspectiva y el color, todo se tornaba mágico y sublime, por eso debió ser que el maestro Alberti la eligió para ser su discípula. Paola enarca las cejas levantando la barbilla con orgullo en espera de la respuesta de su padre, pero al ver a su padre aun atónito mirando el cuadro, Paola fue ahora quien se aclaró la garganta, Pietro espabila reparando en su hija. ─ Me dijo que quería hablar conmigo, padre ─ ¡Ah!, si, cierto, he… yo… ─ Pietro se vuelve aclarar la garganta. ─ Quería hablarte de Lucio, tu hermano ─ Paola deja caer los hombros desanimada, dejando la mirada en blanco. ─ Papá, ya sé la clase de sermón que mamá ensayó para que me dijeras ─ No, no, no. Ésta vez soy yo el que vino hablar contigo por mi propia voluntad ─ aclaró Pietro con su mejor sonrisa, eso causó que Paola enarcara las cejas, sorprendida. ─ ¿Mamá no te envió? ─ No ─ Y pretendes que me lo crea ─ Pietro se encoje de hombros aun sonriendo, Paola deja la mirada en blanco mostrando una sonrisa llena de ternura. ─ Papá, te conozco, mamá siempre me decía que yo, de cuando niña, por más travesuras que hiciera, tu jamás me castigabas ─ ¿Y quién dijo algo de castigarte?... y, si, es cierto, yo nunca tuve el valor de castigarte, reprenderte… ─ caviló un momento Pietro haciendo una mueca. ─ Tal vez, pero jamás castigarte. ─ ¿Aja?... ─ Pietro se rasca la cabeza. ─ Bueno… yo… quería comentarte que no seas tan ruda con tu hermano, solo tiene diez, y tu pasión por pintar… me recuerda mi juventud ─ Paola suelta una carcajada incrédula. ─ ¿Tu juventud?... papá, no eres tan viejo ─ No lo neguemos, ya tengo canas ─ dijo Pietro sacudiendo su cabello algo canoso. ─ Pero si casi ni se notan, además, si se notaran, te verías igual de hermoso, papá ─ Lo que quiero decir, hija, es que no seas tan severa con Lucio, tienes un talento único, Paola, se nota a simple vista ─ instruía Pietro señalando el cuadro con su cachucha. ─ Solo que no te encierres tanto en la severidad del arte y el trabajo que implica, tanto de algo suele matar la esencia de lo que hacemos y lo que amamos realmente, recuerda lo que te he enseñado… o lo poco que pude enseñarte, porque a decir verdad, fuiste tú quien me enseñó a mi ─ Y me fue suficiente para aprender y además, eres un magnifico maestro ─ agregó Paola abrazando con amor a su padre. ─ O tu una excelente alumna ─ agregó Pietro dándole un beso en la sien a su niña. ─ Y si, por otra parte, con respecto a Lucio, comparándolos a los dos, tienes que tener un poco más de paciencia con él, tu eras más traviesa. ─ ¡Mentiroso! ─ espetó Paola a carcajadas y un leve empujoncito en su hombro, Pietro le cuenta una de sus anécdotas favoritas de sus travesuras, como el día que usó sus pantalones como lienzo y quiso pintar en ellos en el tendedero, o cuando le dio santa sepultura al pato que cenarían para esa noche, las carcajadas por aquellos recuerdos no se hicieron esperar, luego el gran consejo de su padre para alimentar a su hija y alentarla, las palabras de Pietro fueron aliento y consejo, un bocado de palabras que Paola necesitaba oír, de pronto Pietro volvió a enfocar su atención en el cuadro. ─ Y… ¿Qué tal? ─ ¿Mm? ─ ¿Qué tal el paisaje? ─ Pietro toma las manos de Paola besándolas con ternura. ─ Mágico, mi vida, como todo lo que hacen tus manos ─ Paola se sintió orgullosa de su talento y de un gran maestro como su padre. Pietro se levanta del banquillo para ir dentro de la casa para seguir ayudando a su esposa en la cocina, antes de entrar a la casa le da un beso en la coronilla, llegando a la puerta, se gira para mirar una vez más a su hija arreglando sus instrumentos de pintura. ─ Ésta noche te tenemos una sorpresa, mi niña ─ Paola mira a su padre intrigada por la sorpresa, luego sonríe amorosamente viendo como su padre se adentraba a la casa. Concentrada guardando sus instrumentos de pintura en un cofre, pensando en las palabras de su padre, esboza una sonrisa al recordar en darle la oportunidad y ser paciente con su hermano, es verdad, su padre tenía razón, Lucio solo tiene diez años, meditó por un instante. El día soleado, el viento cálido. ─ Samara ─ Paola se tensa y mira a su alrededor al escuchar el susurro, prestando atención para ver de donde había provenido aquel llamado, se percata que las aves habían dejado de cantar y el viento ya no se sentía ni como un suspiro, haciendo que un escalofrío corriera por su espina dorsal. ─ Samara ─ se volvió a escuchar desde la espalda de Paola, al girar rápidamente en un parpadear ya era de noche, las farolas encendidas, sin un lugareño que transite por las calles, ni un borracho, nada. El viento frío sopla agitando su negro cabello y su vestido, causándole una cierta sensación de vulnerabilidad, Paola se estremece y trata de entrar en calor frotándose los brazos. ─ Samara ─ volvió a oír. Paola siente su corazón latir a mil por segundo, su respiración rápida y entrecortada demostraban todo su deseo por correr, pero el miedo no le permitía moverse ni un centímetro, solo una dirección le podían responder los pies, y era hacia la salida de aquel jardín, cuando dio sus primeros pasos, escucha una voz y una pequeña mano que la sujeta trayéndola a la realidad, un niño de diez años la llamaba con la preocupación reflejada en su rostro por la palidez poco usual que mostraba Paola, ¿Quién es éste niño?, ¿Quién rayos es Paola?, se preguntó frunciendo el ceño ligeramente, viendo al pequeño con tanta frialdad que éste cerró la boca dejándola de llamar, en el instante que vio que el niño estuvo a punto de llorar, ladeó la cabeza analizándolo un poco más, ¿de dónde lo conocía?, de pronto su mente comenzó a girar. Dando un traspié se sujeta la cabeza con una mano, el niño comienza a agitar la mano de su hermana preocupado, Paola sacude la cabeza para tratar de centrarse, mira al niño. ─ ¿Lucio? ─ Voy a buscar a papá ─ el niño sale corriendo en busca de su padre, Paola, como pudo, trastabillando, tomó asiento en su banquillo de trabajo, pocos minutos después, llegó Pietro al trote con su hijo. ─ ¡Paola! ─ al momento de ver la languidez y la palidez de Paola, Pietro se enfila a la carrera. ─ ¿Estás bien cariño?... ¡di algo por favor! ─ la angustia se notaba a leguas; tomándola entre sus brazos, comienza a estudiarla, a revisar si estaba herida o algo parecido, toma su temperatura, su piel estaba fría, más de lo usual a pesar de que el sol brillaba con fuerza, olvidando el cofre de instrumentos, Pietro trata de ayudar a su hija a caminar. ─ Estoy bien, papá ─ dijo Paola en voz baja, casi un susurro. ─ ¿Segura? ─ levemente asiente, al instante que Pietro la libera de su agarre, Paola se tambalea perdiendo el equilibrio, Pietro la sujeta rápidamente. ─ Estoy bien, papá ─ volvió a decir Paola, ésta vez Pietro haciendo caso omiso a las palabras de su hija, la toma entre sus brazos; Pietro le ordena a su hijo abrir la puerta. Al entrar a la casa, Carlota se acerca angustiada preguntando lo que había pasado. ─ Creo que es insolación ─ dijo Pietro acostando a su hija en el amplio sofá con mucho cuidado. ─ ¡Pero si está fría!, ¿Cómo pudo ser insolación? ─ No lo sé, Carlota… ─ Traeré agua con azúcar ─ dijo Carlota corriendo hacia la cocina. ─ ¿Se va a poner bien? ─ pregunta Lucio con su carita llena de preocupación, Pietro afirma con cariño sin despegar los ojos de su hija, Carlota llega con el vaso de agua con azúcar, Pietro levanta un poco con almohadones a Paola para que pudiese tomar el agua con la ayuda de su madre, minutos más tarde, Paola había recobrado un poco el color, sonríe apenada, ambos padres mirándola con preocupación y Lucio en brazos de su padre, en cambio Carlota, se encontraba sentada en la orilla del sofá a su lado, sosteniendo el vaso con agua. ─ Perdón por… preocuparlos ─ decía Paola con su voz algo ronca, ambos padres sonríen aliviados. ─ Todo está bien, cariño, descansa ─ sosegó su madre mientras apretaba su mano cariñosamente. ─ ¿Eres Paola? ─ pregunta Lucio ladeando la cabeza, Paola suelta una risilla por la extraña pregunta, sin embargo, le afirma sonriendo, Carlota toma el vaso con agua permitiendo que Paola se vuelva a recostar para que pudiera descansar, ambos padres se miran a las caras haciéndose preguntas en silencio. Paola no tardó en quedarse dormida, Pietro se había ido a su habitación con Carlota, ordenando al pequeño Lucio, ir para la casa de los Farizzi. ─ ¿Crees que esté saliendo con alguien?, ¿Qué esté… embarazada? ─ pregunta Carlota en voz baja frotando el dije de la virgen María que colgaba de su cuello, sin embargo, su angustia se sentía en la pregunta, Pietro se frota la barbilla sopesando la posibilidad, sin embargo le parecía un caso imposible, ya que nunca había visto a su hija con algún pretendiente, conversando tal vez, pero no más de lo usual y amistoso. ─ Será mejor que le preguntemos cuando esté mejor ─ propone Pietro con la mirada perdida aun reflexionando, por ahora prefirieron dejarla descansar. En la noche durante la cena, todos reunidos como una familia amorosa, como siempre han sido, ambos padres lanzaban miradas de preocupación cada vez que veían a su hija comer como si nada hubiera pasado, y como siempre, Carlota recibe halagos por parte de su hija por los alimentos deliciosamente condimentados, luego… silencio. ─ ¿Hija? ─ intervino Pietro para romper un poco el silencio. ─ ¿Si, papá? ─ respondió Paola con mirada expectante. ─ ¿Recuerdas la sorpresa que te había prometido? ─ Hm. Si ─ Pietro le pasa la carta a Paola deslizándola sobre la mesa, ésta lo va leyendo y tal cual tuvo el mismo efecto, la cara de felicidad de Paola no tenía precio ─ ¡Papá!, ¡mamá!, esto… esto es… maravilloso… pero… ¡¿Cómo…?! ─ Paola se había quedado sin aliento ante tan semejante noticia, ambos padres se toman de las manos al ver tanta alegría brillar en los ojos de Paola. ─ Nos alegra tanto como a ti cariño ─ comentó Carlota con una sonrisa tratando de contener las lágrimas. ─ Pero… ─ Pietro suspira profundamente. ─ Tu madre y yo queremos hacerte unas preguntas… con referente a lo que pasó ésta tarde ─ Paola frunce ligeramente el ceño algo confundida y algo intrigada. ─ Paola, cariño… ─ comienza Carlota. ─ ¿Te encuentras bien? ─ Si, mamá, el descansar me ayudó mucho, supongo que era fatiga ─ los padres asienten muy comprensivos, ahora era el turno de Pietro. ─ Tesoro… ¿Por casualidad no tienes algo que contarnos a tu madre y a mi?, no lo sé… lo que sea ─ Paola reflexionó sobre la pregunta y negó en silencio. ─ ¿Estás saliendo con algún chico en estos… últimos meses? ─ pregunta Carlota con cautela, Paola casi se ahoga con el jugo escupiendo de nuevo dentro del vaso. ─ ¡¿Qué?!... ¡no! ─ contestó con el rubor subiéndose a sus mejillas, sintiéndose algo avergonzada. ─ Mamá… (suspiro profundo), ¿Por qué la pregunta? ─ Es que cariño, tu nunca te has enfermado y mucho menos te habías puesto de esa manera y… perdona por dudar pero… ─ Mamá. Papá, pueden estar tranquilos, no estoy saliendo con nadie ─ Paola suelta una risita. ─ Papá se ha encargado muy bien de ahuyentarlos y le doy gracias por el esfuerzo ─ dijo sujetando la mano de su padre con ternura, Pietro ríe por lo bajo con complicidad recodando esos momentos. ─ Es más, pueden estar tranquilos, no hay nada más valioso en éste momento para mi que haber logrado entrar a la academia de arte del señor Hugo Alberti ─ los padres de Paola suspiran de alivio, haber aclarado semejante intriga les quitó un enorme peso de los hombros. ─ Perdona por hacerte esas preguntas cariño, pero… queríamos estar seguros, ya sabemos que estás en edad y todo eso, pero… ─ Papá. Mamá, no tienen porqué preocuparse, en serio… estoy bien ─ Si quieres podemos llevarte con un sanador… para estar más tranquilos, hija ─ propone Carlota y Paola deja la mirada en blanco sonriendo. ─ Está bien, si eso les ayuda, por mi no hay problema ─ ¿Y no hay nada para mi? ─ pregunta Lucio con mirada expectante.
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