Cuarto Reino

Cap. 7.2
Una vez que hubo tomado los apuntes, carga a su niña dando un gran grito de triunfo, bailando y danzando con su niña en brazos colmándola de besos, quería mostrarle al cielo, al mundo entero lo grande y maravillosa que era su hija, cuanto la adoraba, pero los saltos y los besos de alegría parecían no ser suficiente. Carlota se asoma por la puerta del taller, asustada por la algarabía con los ojos casi desorbitados, al ver a su esposo bailar y saltar con su niña en brazos tarareando una tarantela, creyó que por fin, definitivamente, se había vuelto loco; el tiempo se le detuvo en su corazón al ver tanta alegría en un solo lugar, Carlota, con mano en pecho, adoró ese momento, padre he hija riendo, saltando y cantando, la niña aplaudiendo con sus manitos llenas de pintura y su padre con pintura en sus rodillas y sus mejillas, Pietro repara en la presencia de su esposa en el umbral del taller, baja a Paola al suelo con cuidado y toma de las manos a su amada y comienzan a dar vueltas y vueltas, ambos riendo, él de alegría, ella de confusión por saber el porqué. La niña aplaudía para que ambos padres siguieran bailando y riendo. ─ ¡¿Qué pasa?! ─ Pregunta Carlota entre risas. ─ ¡Estamos bendecidos!, ¡estamos bendecidos!, ¡es un milagro! ─ repetía Pietro una y otra vez con risas frenéticas y llenas de gozo, de pronto Pietro se detiene con la respiración agitada, abraza a su esposa, luego enmarca con sus manos el rostro de Carlota y le planta un beso tan apasionado que la dejó sin aliento. La niña, ante tal cosa, se tapa los ojos riendo con grima. ─ Que asqueroso ─ dijo la niña, Carlota da traspié para mantener el equilibrio ─ ¿Por qué tanta alegría, amor? ─ pregunta Carlota jadeando, aun tratando de tomar un segundo aliento después de ese beso. Pietro la sujeta con delicadeza por la cintura y la guía hasta el gran hallazgo, Carlota enarca una ceja confundida. ─ ¿Qué ves allí amore mío? ─ pregunta Pietro con solemnidad. ─ Un montón de desastre que tendré que limpiar dentro de un rato ─ Pietro suelta una carcajada. ─ ¡Nuestra hija es una genio, amor!… ¡una genio!, ¡toda una prodigio!, ¿recuerdas los colores que tantos años he querido descubrir? ─ Si ─ contestó Carlota tentativamente mostrándose aun más confundida que antes. ─ Bueno, nuestra amada lo descubrió ─ anunció Pietro con barbilla en alto, orgulloso y con sonrisa en labios señalando a su pequeña. Una sonrisa incrédula se dibujó en los labios de su amada. ─ No… no es verdad ─ Si, es cierto, créeme amor, nuestra hija lo hizo ─ ¡Por Dios, Pietro solo tiene nueve! ─ Lo sé, Carlota, ¿No es increíble?, mírame, mírame, puedes preguntarle si quieres, es más, aquí tengo los apuntes… ─ palmeó Pietro la libreta con mucho entusiasmo enseñándole a su esposa. ─… Ella misma me los enseñó, si quieres puedes preguntarle ─ Pietro hace entrega de los apuntes, Carlota mira a su hija y a la libreta varias veces, luego a su marido con la incredulidad reflejada en su rostro, pero Carlota devuelve la libreta a manos de su esposo. ─ Es imposible, Pietro, me niego, es imposible ─ Paola, cariño, mamá no nos cree, enséñale a mamá los colores y como los mezclaste, ¿Quieres? ─ instó Pietro con aquel brillo en sus ojos llenos de alegría. Pietro coloca la libreta en manos de Carlota, la niña lleva a su madre hacia los estantes tomada de la mano y comienza a señalarle los ingredientes; con la primera ronda de ingredientes, Carlota queda con los ojos como platos, mira a su marido, éste levanta las manos en señal en que él no tenía nada que ver, y con un gesto con la mano, invita para que prosiguiera. La niña le enseña el resto de los colores, una vez hecha la demostración, la niña se regresa al lado de su padre dando brinquitos, éste se encontraba recostado de su mesa de trabajo con los brazos cruzados al igual que sus tobillos, mirando a su esposa con la barbilla en alto, lleno de orgullo y amor solemne por su hija, en cambio Carlota con las lágrimas corriendo a borbotones por las mejillas, sus labios apretados, tratando de demostrar una sonrisa, no pudo ocultar su sorpresa, sus labios tensos y temblorosos y el silencio entre ellos solo se pudo descifrar en una sola cosa, la alegría que los envolvía a ambos era mucho más grande de lo que podían manejar, Carlota deja caer la libreta y se arrodilla abrazando a su niña colmándola de besos, llorando desconsoladamente, repitiendo una y otra vez lo mucho que la amaban, la niña entre sus manitos enmarca el rostro de su mamá mirándola fijamente a los ojos. ─ ¿Por qué lloras mami?, ¿Hice algo malo? ─ Carlota niega sorbiendo por la nariz. ─ No, hija, todo lo contrario ─ ¿Estás triste? ─ No, mi vida, jamás ─ Carlota suelta una risa entre sollozos. ─ Estoy más que feliz, feliz porque te amo, feliz porque eres la mejor hija del mundo ─ Carlota vuelve abrazar a su niña consentida con fuerza para seguirla colmando de besos como si su vida dependiera de ello. Unos toques delicados en la puerta del taller cortan con el momento emotivo, se asoma, entreabriendo la puerta, una cabecita con unas coletas de color rojizo y unas mejillas llenas de pecas. ─ Buenas tardes señor y señora Doménico, ¿Paola puede salir a jugar? ─ ambos padres la miran en silencio, tal vez se preguntaban cosas o tal vez le negarían jugar con ella o tal vez Paola estaba castigada, por ende, la sonrisa de la niña desaparece. ─ ¿Ocurre algo? ─ Paola se gira hacia su amiga levantando los brazos con una sonrisa grande y triunfal. ─ ¡Soy la mejor hija del mundo! ─ gritó Paola robando de sus padres unas leves carcajadas, su madre la baja al suelo y le da un tierno beso en la coronilla. ─ Ve mi niña, anda a jugar, ten cuidado ─ Si, mamá ─ la niña se va dando brinquitos hasta salir del taller. Ambos padres se miran a las caras, una sonrisa tierna por parte de Pietro, unas lágrimas de felicidad por parte de Carlota, ésta se abalanza abrazando a su marido con fuerza, sollozando, ocultando su rostro en el pecho de Pietro, éste le corresponde el abrazo con ternura acariciándole el cabello. ─ Tenemos a la mejor hija del mundo ─ dijo Carlota con orgullo sorbiendo por la nariz, ─ ¿Del mundo? ─ espetó Pietro. ─ Del universo querrás decir ─ ¿Y eso existe? ─ No lo sé ─ contesta Pietro con un bufido. ─ Pero es la hija mucho más grande que el mundo mismo ─ Carlota suelta una risa, luego se miran al rostro unos segundos en silencio. ─ Solo tiene nueve años, Pietro ─ Lo sé ─ ¿Qué vamos hacer? ─ Por ahora… nada, esperemos un tiempo, luego decidiremos ─ mirándose a los ojos, Pietro pudo ver la preocupación en el rostro de Carlota, Pietro enmarca el rostro de su amada con sus manos. ─ Ey, todo va estar bien… nada le va pasar a nuestra niña, ella estará bien ─ ¿Me lo prometes? ─ Lo prometo ─ Tengo mucho miedo ─ un tierno y profundo beso se sumergieron ambos, los besos se volvieron apremiantes, cuando la lengua de Pietro se abrió paso entre la boca de Carlota y acarició su lengua ésta dejó escapar un gemido, Carlota rodeó con sus brazos el cuello de Pietro con amor y posesión, Pietro aferró a su amada aun más a él por la cintura, reclamándola, al cortar el beso, ambos se encontraron jadeando, con el rubor y la pasión a flor de piel. ─ Alguien podría entrar ─ dijo Carlota en voz baja. ─ Eso tiene solución ─ Pietro cerró la puerta de su taller quedando ambos encerrados, hundiéndose otra vez con besos más acalorados y ardientes. Ambas niñas corrían y jugueteaban por el jardín de la casa con una pelota, de pronto aparece la mamá de Mónica, la señora Farizzi, pidiéndole a las niñas acompañarla en hacer un recado al mercado, dada la confianza de ambas familias, Paola acepta gustosamente en acompañarlos, ambas se toman de las manos de la señora Farizzi y cantando y riendo caminaron hacia el mercado. La niña miraba con curiosa fascinación los establecimientos, sobre todo las de hierbas, libros y artes, la señora Farizzi llama a Paola que se estaba quedando atrás, la niña corre hasta llegar al lado de la joven mujer, la mujer comienza a hablar con un señor de un establecimiento, la cual, la esperaba con una caja llena de productos, tales como frutas, vegetales y verduras, Mónica no se apartaba del lado de su madre, sin embargo, la mujer al despedirse del mercader para enfilarse al señor de las carnes, se percata de que Paola no se encontraba por ningún lado, la señora Farizzi comienza a mirar por todas partes con el rostro llenándose de angustia. ─ ¿Paola?, ¡Paola!, ¿Dónde estás? ─ la mujer deja caer la caja para empezar a buscar entre la gente del mercado. ─ ¿Esta es la niña que busca? ─ la mujer se gira sobre sus talones con un respingo sujetándose el pecho de alivio. ─ Gracias a Dios… ─ dijo la mujer con la respiración agitada. ─ Gracias señor… ─ Dragnan ─ dijo el hombre con una mueca parecida a una sonrisa, la mujer queda atónita ante el color de aquellos ojos azul-hielo y los rasgos cincelados de aquel hombre, sus labios finos y al parecer suaves al tacto, su cabello blanco puro como la mas fina nieve. ─ Usted… no es… de por aquí, ¿Cierto? ─ preguntó la mujer estrechando la mirada en una media sonrisa, Dragnan sonríe mostrando sus dientes blancos y perfectos. ─ ¿Cómo adivinó? ─ Es fácil, nunca he visto a alguien como usted por aquí, lo recordaría con facilidad ─ la mujer parpadea prestando atención a la niña, que aun seguía en brazos de aquel extranjero, al estar unos segundos incómodos de silencio. ─ Do… do… ¿Dónde la encontró? ─ En el puesto de arte, creo que le gusta pintar ─ Eso es cierto, creo que lo heredó de su padre ─ ¿Usted es la madre? ─ ¡¿Ah?!, no, no, no, la madre de esta niña traviesa ─ dijo la mujer tomando a Paola en sus brazos. ─ Es mi amiga ─ No le diga que perdió a ésta niña de vista ─ Gracias, señor, muchas gracias ─ ¿Cómo se llama? ─ ¿Yo? ─ No… la niña ─ Ah… Paola ─ Muy bien. Paola, nunca te despegues de… ─ Dragnan le dio una mirada a la mujer, una mirada amistosa y amena, una mirada que decía que esperaba que ella dijera su nombre. ─ Claudia, Claudia Farizzi. ─ la niña asiente con energía, Dragnan mira al suelo y a varias direcciones sopesando algo que decir. ─ Supongo que es un adiós ─ dijo Dragnan al fin sonriendo. ─ ¿Por qué no viene a cenar con nosotros? ─ se apresuró Claudia en preguntar, mordiéndose el labio por tan atrevida invitación, ¿Qué pensaría el extranjero por su osadía o su marido si la oyera? ─ Suena estupendo, pero no quisiera ser una molestia ─ No, no, no, para nada, todo lo contrario, está invitado, cenaremos cordero… si encuentro la caja del mercado ─ invitaba Claudia, mirando sobre el hombro de Dragnan haciendo una mueca con pesar al lugar donde había caído la caja, la cual, ahora ya no estaba, Claudia mira a Dragnan ruborizándose apenada. ─ Espere aquí ─ dijo Dragnan dándose media vuelta desapareciendo entre la gente; solo pasaron más o menos unos quince minutos desde que Dragnan desapareció, para luego aparecer con la caja del mercado, las verduras las frutas y el cordero. Claudia con los ojos como platos, observa con asombro y sin palabras a Dragnan. ─ Creo que me ha salvado dos veces el día de hoy… ¿Cómo podré pagárselo? ─ agradecía Claudia sonriendo apenada, mirando a todas partes menos a Dragnan. ─ Es solo un favor, no tiene que pagarme ni nada por el estilo ─ Dragnan acompañó a Claudia hasta su casa, su esposo esperando en la puerta. ─ ¡Claudia!, ¿Dónde estabas?, me tenias preocupado ─ Lo siento, cariño, tuve unos retrasos con el… mercado ─ explicaba Claudia dando una mirada sobre su hombro, el hombre frunce el ceño al notar la presencia de Dragnan que caminaba a pasos lentos. ─ Buenas noches ─ saludó Dragnan. ─ Amor, te presento al señor Dragnan, es un… viajero, está de paso por Florencia… señor Dragnan, él es mi esposo, Mario Farizzi ─ Es un honor conocerle, señor Mario ─ El honor es… mío. Cielo, llamé a los Doménico como habíamos quedado ─ Gracias, cielo ─ la mujer entra a la casa con ambas niñas. ─ Por favor pase adelante, permítame ayudarle ─ invitó Mario mientras quitaba la caja del mercado de los brazos de Dragnan. Las mujeres se dispensaron para irse a la cocina a preparar la cena, Claudia le cuenta sobre Dragnan a Carlota, la mujer intrigada, se asoma por la puerta, al ver a aquel hombre apoyado de la barra del bar, su corazón se aceleró, algo no andaba bien, los ojos azul hielo, por alguna razón, no le parecieron… humanos, entra a la cocina empalidecida con una mano en su pecho y su corazón galopando a mil por segundo. ─ ¡Carlota!, ¿Qué te pasó? ─ Nada, nada, es solo que… debo estar alucinando… ese hombre… Dragnan, no sé porqué, pero siento que ese hombre tiene algo que ver con mi hija ─ Claudia deja la mirada en blanco. ─ Por favor, estás paranoica ─ ¿Tu crees? ─ Carlota pensó que era por el talento descubierto de la niña, ¿acaso Pietro le habría contado sobre ello al extranjero?, Carlota se vuelve asomar, todo parece normal, luego se vuelve a internar en la cocina para proseguir con la cena, pero sus inquietudes no se fueron de su mente. Las niñas en la sala, jugando, correteando por todas partes con sus muñecas, Dragnan, Pietro y Mario tomando vino cerca de la chimenea, Paola lanzando miradas furtivas y curiosas a Dragnan, y cada vez que ambas miradas se encontraban, Paola le sonreía. ─ Así que… señor Dragnan, ¿Qué lo trae por estas tierras de Florencia? ─ pregunta Pietro, Dragnan se aclara la garganta. ─ Solo pasaba por aquí, estoy de vacaciones ─ Caray, vacaciones, debe ser un hombre de negocios ─ comentó Mario dando un sorbo de su vino. ─ Si… se podría decir que soy… de negocios, por cierto, lo felicito por el buen vino, señor Mario ─ Gracias, son de las cosechas de mi padre, los heredó de mi abuelo, el padre de mi padre, (sorbo de vino) ─ Tal vez podamos llegar a un buen acuerdo ─ eso llamó el interés de Mario. ─ ¿Qué clase de negocios? ─ preguntó Pietro frunciendo el ceño, intrigado. ─ Compra y venta de artículos de todo tipo, pinturas, ropa, y lo más delicado, armas ─ ¿Armas?, ¿Para quien? ─ ésta vez preguntó Mario igual de intrigado. ─ Gente con poder, mis clientes prefieren mantenerse en el anonimato, pero los negocios con ese tipo de artículos… trato que no sean frecuentes, así que prefiero mil veces que sean otros artículos, las cuales, nuestros gobiernos se enriquezcan de cultura y arte que de la matanza ─ Entiendo… es usted una clase de idealista por así decirlo ─ convino Mario con una mueca de sonrisa. ─ Algo así ─ afirmó Dragnan; unos segundos de silencio se cruzó, tiempo suficiente para buscar otro tema de conversación, aunque ambos padres sentían alta curiosidad, ninguno se atrevía a preguntar para no parecer entrometidos. ─ Tiene una hija muy hermosa, señor Doménico ─ elogió Dragnan señalando a Paola con su copa de vino, Pietro esboza una sonrisa llena de solemnidad. ─ Es mi mayor tesoro ─ de pronto ambas mujeres salen a llamar a sus esposos y al invitado, indicando que la cena está lista. Al sentarse en la mesa, ambos hombres ladean la cabeza intrigados. ─ ¿Esperan a alguien más? ─ pregunta Mario a su esposa al ver unos platos adicionales dispuestos sobre la mesa. ─ Si amor, mis hermanas vendrán a cenar también ─ Ah, suena divertido ─ comentó Mario con una sonrisa cómplice, a los pocos minutos, tocan a la puerta, Claudia les da la bienvenida a sus hermanas. Todos ya presentes, toman asiento, Claudia y Carlota sirven las porciones a sus maridos y al invitado, la cual, Carlota lanzaba miradas incómodas sobre Dragnan, en cambio las hermanas de Claudia, Sofía y Virginia, no dejaban de lanzar miradas furtivas a Dragnan y reír con complicidad y picardía. ─ (Virginia), Y díganos señor, ¿De donde sois proveniente? ─ De tierras del norte ─ (Sofía), ¿Inglaterra? ─ Más al norte ─ (Sofía), ¿Austria?, ¿Francia? ─ Más… ─ Chicas dejen de instigar al invitado… por cierto, señor Dragnan, ellas son mis hermanas, Sofía y Virginia ─ Es un placer conocerle señor Dragnan ─ El placer es mío, señoritas ─ (Virginia), Disculpe, pero no puedo disimular mi curiosidad, ¿Cómo debemos llamarle?, ¿Dragnan o tiene un apellido en particular? ─ Me apellido Jerome, Dragnan Jerome ─ (Virginia), Es un apellido exquisito, ¿Acaso es un Lord? ─ (Sofía), Sabía que era Frances, ¿Tal vez de Montreal? ─ Dragnan solo sonrió. ─ Su país debe ser muy interesante ─ insinuó Sofía dando un sorbo de su vino enarcando sus delicadas cejas. ─ Ni tanto, es un país como todos ─ Que modesto ─ espetó Virginia con una sonrisa cómplice. ─ Y díganos, señor Dragnan, ¿Cómo conoció a mi hermana? ─ Claudia casi se ahoga con su vino, ese latido fue tan largo y tenso que por un segundo creyó que Dragnan les contaría la verdad. ─ Nuestros mercados se confundieron, le iban a entregar el mío a ella ─ Típico, ésta gente de los mercados, no sé cuando se van a organizar con respecto a eso ─ replicó Pietro con una media sonrisa y un bufido escandaloso, Claudia pudo respirar de alivio. Durante el resto de la velada se mostró apacible, con algunas cuantas risas, brindis, preguntas curiosas por parte de las hermanas de Claudia, Mónica y Paola haciendo guerra de comida; al final, Dragnan estuvo agradecido por la cena y la invitación, se levantó de la silla y se despidió de los presentes, la niña en brazos de su madre no dejaba de mirar a Dragnan con rostro impasible, su madre no pudo evitar sentirse aun más incómoda o algo ansiosa; se retira excusándose para acostar a la niña, Paola se despide agitando su manito, Dragnan le corresponde con una sonrisa, las hermanas de Claudia quedaron en la espera de una próxima velada con Dragnan, pero en sus casas, desde luego Dragnan no dio afirmación segura, solo sonrió amablemente y se volvió a despedir, desde esa noche, no se supo más nada de aquel extranjero.
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