Cuarto Reino

Cap. 7.1
Cap. 7 Una carroza llena de artistas, transportaban cuadros y esculturas hacia un pueblo lejano, una mujer daba a luz dentro de una de las carrozas de la caravana ─ ¡Puja mujer!, ¡puja! ─ motivaba la matrona asistiendo el parto, el esposo de aquella mujer, sostenía la mano de su amada con fuerza brindándole apoyo, la mujer hace un gran esfuerzo pujando siguiendo las instrucciones de la partera. ─ ¡Puja, Carlota!, ¡con fuerza! ─ La mujer pujó con fuerza trayendo al mundo un nuevo ser, una niña nació, pero no se movía, no respiraba, por un momento la partera mira con desconcierto y tristeza al esposo de Carlota, cuando estuvo a punto de dar la noticia, la bebé da unos espasmos soltando un gran llanto en los brazos de la partera. ─ Es una hermosa niña ─ anunció la partera con asombro por el milagro, entregándola a los brazos de sus amorosos padres con una gran sonrisa llena de satisfacción, ambos la miran con un amor inmenso, la madre la toma entre sus brazos como si fuera una muñeca de la más delicada porcelana, tratando de no romperla, con ojos somnoliento, contempla a su nuevo retoño gimotear ─ Se parece mucho a ti, mi amor ─ dijo el padre de la niña. ─ Tiene tu cabello, mi vida ─ dijo la mujer con su rostro lleno de somnolencia, cansada por el arduo trabajo de haber traído al mundo una nueva vida. ─ ¿Cómo la llamaremos? ─ pregunta Carlota con ojos esperanzados hacia su marido. ─ Paola, Paola Doménico ─ contestó el hombre con orgullo. ─ Es un hermoso nombre, señor Pietro ─ dijo la partera estando de acuerdo. Un hombre se acerca en caballo, para anunciar que pronto llegarían a su destino, Pietro se asoma aspirando el aire de la nueva ciudad, iban de camino hacia Florencia, Italia, era el año de 1500, el renacimiento en su apogeo, los artistas compitiendo para ser seleccionados y ser los mejores pintores y agraciados de la corona, la familia Doménico se establecería en Florencia para dar rienda suelta a su taller de arte y vivir como una verdadera familia amorosa, ¿Qué clase vida será ésta?, ¿Qué misterios aguardarán en ese lugar?. La caravana hizo su arribada en las puertas de Serenísima República Florencia, los extranjeros fueron recibidos con júbilo por algunos pueblerinos y conocidos de los viajeros, entre uno de ellos la familia Farizzi, amigos muy allegados de la familia Doménico de hace años, amantes también del arte, solo que ésta familia no tuvo la dicha de tener niños, habían adoptado a una niña, Mónica, una bebé de cinco meses de nacida, ambas familias supusieron de que ambas en un futuro se convertirían en buenas amigas, casi hermanas, con el tiempo la familia Doménico se estableció muy bien cerca de la plaza magisterial, abrieron su taller de arte, la cual, fue bien recibida con los brazos abiertos por los lugareños, grandes obras tanto extranjeras como propias, encargos, entre otros, una familia próspera, con un futuro prometedor. Los años pasaron desde entonces, conviviendo, compartiendo con todos los ciudadanos, la familia Doménico fue una de las más respetables de la ciudad a pesar de no poseer una gran fortuna o una posición social privilegiada, sin embargo, contaban con el beneplácito del gonfaloniero y la familia Medici. Una tarde, la niña Paola caminaba curioseando entre los estantes de pintura del taller de su padre, ella contaba con unos nueve años de edad, sus delicados dedos acariciando los polvorientos estantes con frascos de pinturas y carboncillos, el olor a esmalte y mezclas para hacer la pintura duradera, lienzos y pergaminos que servían para realizar bocetos entre otras obras de arte, era como un especie de nuevo mundo para ella, un mundo donde plasmar su creatividad era un paraíso. Esa misma tarde, la niña sin querer se topa con su frustrado padre soltando improperios al aire arrugando una carta, la madre de Paola, Carlota, trata de apaciguar a su marido con masajes y palabras de aliento, otra vez había sido rechazado por el maestro artista; Pietro había insistido varias veces en ser su discípulo, y durante todos esos intentos, siempre recibía negativas con la excusa de que su trabajo le faltaba espíritu y vida, aunque no negaba que el sentido de la perspectiva era increíble, el color y la expresión carecían de brillo, la niña miraba con curiosos ojos a su padre, Pietro respira hondo, se levanta y abraza amorosamente a su mujer. ─ Tienes razón, querida mía, aun tenemos una obra de arte que solo tu y yo pudimos concebir, y es nuestra niña ─ dijo Pietro plantando un suave beso en los labios de su amada. ─ ¿En qué nos convertiría eso? ─ pregunta Carlota con picardía ladeando su cabeza mientras acariciaba el cabello de su marido. ─ En los mejores del mundo, tu eres el lienzo y yo el pincel… supongo ─ la madre de Paola ríe con complicidad. ─ Siempre tan ocurrente, Pietro ─ replicó juguetonamente Carlota dando una leve palmada sobre el pecho de su marido, luego la mujer se enfila para preparar la cena. La niña, oculta entre las sombras de los estantes, observa a su padre una vez más intentando obtener el color deseado para que sus pinturas tuvieran el brillo deseado y así el maestro artista tuviera la bondad de aceptar a Pietro como su alumno, Pietro en su asiento, respira profundamente, tomando una serie de frascos de polvos, comienza a mezclar. Pietro agita una barita dentro del frasco, obteniendo un color muy vivo, pero no lo suficiente, del otro lado del taller, Pietro escucha otro tintineo haciendo eco al igual que el suyo, curiosamente frunce el ceño en dirección de donde provenía el tintineo, se levanta y se va acercando con cautela, ¿será un ladronzuelo que se coló sin ser advertido?, si fuera así, ya verá la clase de paliza que se espera al entrar sin permiso al taller, para su sorpresa, se percata de que su ladronzuelo era nada más y nada menos que Paola, con sus mejillas y sus bracitos llenos de pintura al igual que sus delicados dedos, Paola, agazapada en el rincón meneaba con una barita los diversos colores sin siquiera percatarse de la presencia de su padre. ─ ¡Paola! ─ grita su padre con las manos en la cintura, tamborileando con su pie tratando de mantener la calma, la niña se sobresalta asustada, mira a su padre con ojos suplicantes, temerosos, ella sabía y tenía en claro de que no se tenía permitido entrar al taller de su padre sin su permiso. Paola aun mirando a su padre en silencio, rogaba por su perdón sin decir una palabra mientras jugueteaba con sus deditos llenos de pintura, los labios de la niña temblaban de miedo, la cara severa de su padre advertía un gran castigo para ella. Pietro, al no poder mantener su aspecto severo contra Paola, sus ojos se suavizan. ─ ¿Cuántas veces te he dicho que no puedes entrar al taller sin mi permiso? ─ pregunta después de haber respirado profundamente. ─ Perdón, papá ─ se excusó la niña agachando la mirada, Pietro toma entre sus brazos a la niña. ─ Está bien, ésta vez no te voy a castigar, pero para la próxima no seré tan suave contigo, ¿entiendes? ─ la niña asiente con la mirada agachada jugueteando con la pintura seca entre sus pequeños dedos. ─ Veamos que has hecho ─ dijo el padre de la niña acercándose al desastre entre los estantes. El asombro no tenía limites para lo que contemplaban los ojos de Pietro, los colores que tanto ambicionaba, lo que tanto tiempo le había costado encontrar, la niña lo había logrado, sin aliento baja con cuidado a su hija al suelo, toma un frasco y lo contempla a contra luz como si fuera el hallazgo más grande del universo, mira a su hija que aun jugueteaba con sus dedos, luego al frasco; con la boca abierta y las cejas levantadas buscaba de hacer las preguntas apropiadas para que una niña de nueve años pudiera responder, pero nada se le venía a la mente, no podía pensar. Tratando de calmarse por la emoción, deja el frasco donde estaba, mira a su niña, estudiándola, frotándose la barbilla y sus sienes, ¿de verdad ella mezcló los colores que tanto el ambicionaba?, y si fuera así, ¿Cómo diablos lo hizo?, ¿Qué ingredientes uso?, tragando saliva y tensando sus labios se decidió por hacer la pregunta más obvia. ─ ¿Paola? ─ dijo con dulzura y paciencia, la niña levanta la cara mirando al rostro de su padre con ojitos curiosos, Pietro aun con la boca abierta señalaba el frasco con mano temblorosa tratando de pensar. ─ Eso… lo hiciste tu, ¿cierto? ─ la niña mira el frasco, luego a su padre. ─ ¿Estoy en problemas? ─ pregunta la niña haciendo puchero. ─ No… siempre y cuando me digas la pura verdad ─ la niña mira al frasco, luego a su padre y asiente aun con ojitos suplicantes, ¡imposible!, Pietro trata de contenerse. ─ Bien, bien, bien, bien, que no cunda el pánico, (farfulló)… ahora… ─ Pietro se humedece los labios. ─ ¿Recuerdas que usaste para mezclarlos? ─ la niña mira los frascos, luego a su padre y vuelve asentir, Pietro ya no tenía palabras para la emoción que embargaba su pecho, sentía que reventaría si continuaba, ¡su hija es una genio!, ¡una prodigio!, ¡un diamante en bruto!, nadie debía saber de su talento, ¡nadie!, por ahora solo su esposa y él sabrían aquel descubrimiento. Miraba a todas direcciones, viendo en su mente todas las posibilidades de cómo explotar todo ese talento si su hija llegase a dominarlo. Se humedece los labios nuevamente con ansia, respira hondo, la niña mira con curiosidad a su padre como trataba de mantener el control de sus emociones, caminó un par de veces por todo el taller, respiró un par de veces más; bien, una vez controlado o lo más cerca de estarlo… ─ Bien, mi niña, ahora… muéstrame con mucho cuidado, cuales fueron los frascos que utilizaste, colócalos… colócalos aquí ─ instó Pietro señalando uno de los tramos desocupados de los estantes; la niña fue tomando cada frasco y colocándolos en el espacio vacío del estante, ¡increíble!, simplemente increíble, la mezcla de colores y aceites que jamás pensó Pietro para obtener los colores deseados; ahora sus cuadros tendrían el brillo y la vida necesaria, pero por el asombro ni siquiera tomó nota. Pietro se tomó un momento, no solo para calmarse, sino para estudiar cada frasco seleccionado por Paola, aun era casi imposible digerir que su hija haya hecho estos hallazgos con premeditada intención con tan solo nueve años de edad. ─ Ahora, mi bella bambina, ¿recuerdas el orden en que los mezclaste? ─ la niña mira los frascos, luego a su padre, vuelve asentir, ya esto era el colmo de las bendiciones o casualidades, su padre no aguanta tanta emoción, ¡tanto en un solo lugar!, esto no podía estarle pasando, ¡es casi un milagro!, se levanta bruscamente mordiéndose el nudillo de su dedo índice con una mano en la cintura mientras caminaba de un lugar a otro, la niña ya estaba algo asustada, ¿será que su papá se estaba volviendo loco? ─ ¿Papi? ─ llama la niña temerosa ─ Dame un segundo, querida mía, tengo… tengo que pensar, si, tengo que pensar ─ se sienta un momento aun mordiéndose el nudillo, tamborileando con el talón del pie, nervioso y una expresión de angustia, lanzaba miradas ansiosas hacia su hija, se pasa una mano por su cabello, ¿es posible que su niña adorada, la luz de sus ojos, sea una artista de nacimiento?, ¿Qué santo la habría bendecido con semejante don?, no, un santo no, el cielo entero; mirando a su niña con los ojos llenos de angustia, pasión, temor, todos reunidos y galopando en su corazón desbocado, ¡por Dios, solo tiene nueve años!, su mirada saltó a su mesa de trabajo, una libreta y un lápiz yacían allí como en espera de su uso, pero y si ¡a la mierda!, luego se preocuparía de los detalles, lo primero es lo primero. Tomando libreta y lápiz en mano, se acerca hasta su niña con una gran sonrisa que no le cabía en la cara, se arrodilla junto a su niña y… ─ Bien, mi niña… ─ Pietro Carraspea. ─ Señálame el orden en que los mezclaste ─ la niña mira los frascos, luego a su padre, asiente con cuidado, los ojos de Pietro ardían de orgullo y amor, hasta el punto de casi llorar, todos mezclados en su pecho, si buscara de personificarlo en una pintura, jamás encontraría los colores exactos para manifestarlos o la forma. ─ Ahora dime… ¿Cómo obtuviste… éste color? ─ señala Pietro con su lápiz el frasco lo que parecía ser un verde agua brillante, el frasco parecía iluminar, la niña comienza señalando con su dedito el primer frasco, que era como un aceite totalmente transparente, un esmaltado, luego el segundo, era el color blanco, Pietro con mano temblorosa fue tomando apuntes como loco, mirando los frascos y los dedos de la niña apuntando cada elemento, luego Pietro señaló el segundo frasco, la niña indicó los ingredientes, Pietro sentía que su corazón se iba a detener o a explotar, no lo sabía con certeza, no le importaba, lo único importante era copiar lo que le indicaba Paola y así hizo.
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