Cuarto Reino

Cap. 5.2
Unos pasos lentos hacen acto de presencia asomando el fornido cuerpo de su hermano con una expresión que solo podría describirse como despiadada, con una mano a la altura de sus costillas formando casi un puño. ─ Creo que eso no era lo que habías venido hacer ─ dijo Tristán con voz sombría. ─ ¡Perdóneme mi señor, no volverá a pasar! ─ En eso si estamos de acuerdo, no volverá a pasar ─ Tristán soltó su mágico agarre de aquella endemoniada mujer, la cual ésta salió a zancadas de allí lo que se podría decir sollozando, eso pensó Samara sin siquiera mirar el rostro de Tristán. Levanta sus ojos hacia su hermano, sin embargo, ya no miraba a su hermano, ni con dolor, ni con tristeza, compasión o lastima, ni mucho menos con el amor idolátrico con la cual siempre lo recibía, solo el puro odio emanaba de ella. ─ ¿Cómo pudiste, Tristán? ─ preguntó Samara con los dientes apretados. ─ Eres resistente hermana ─ No soy tu hermana ─ replica Samara aun con los dientes apretados aferrándose aun más a sus rodillas; su corazón acelerado, ahora no corría por el miedo sino por la rabia, ella no demostraría miedo ante su hermano, ya no. ─ Mi hermano murió ─ Tristán la contempla con tristeza y dolor. ─ Sabes, (suspiro melancólico) éstas celdas no fueron hechas para humanos ─ explicaba Tristán rozando con un dedo los sucios barrotes. ─ Estas consumen la fuerza vital de los cautivos, debilitándolos lentamente, hasta un punto que es doloroso el solo simple hecho de respirar, veamos cuanto duras hermana, creo que te servirá para refrescarte la memoria ─ cerrando la celda Tristán se va. Desde ese momento, Samara no supo cuanto tiempo había transcurrido desde la última vez que habló con alguien, siempre era la misma rutina, un trozo de pan duro y mohoso con agua en un tazón sucio, a veces los guardias escupían el agua antes de entregárselo, dejándoselo en la puerta de la celda soltando carcajadas socarronas, ¿habría pasado una semana?, ¿un mes?, ni un atisbo de luz de sol se colaban por las celdas, ¿Cuándo fue la ultima vez que tomó un baño?, ¿Dónde está Dragnan?, ¿Qué hicieron con sus cosas?, un centenar de preguntas la inundaban, sobre todo, ¿de qué llaves hablaba ésta gente?, a veces Samara aprovechaba los segundos de descuido de los guardias para hacer sus necesidades en un rincón oscuro de la celda, en las veces que el sueño la vencía, los gritos de los otros prisioneros siendo torturados, la despertaban en sobresaltos, y en los momentos de lucidez, no sabía si aun era de noche o de día, siempre se despertaba aun más cansada. Samara, tratando de mantener la cordura, se levanta para estudiar la celda a su alrededor encontrando unos huesos esparcidos, con una mueca por el escalofrío, Samara se abraza a si misma frotándose el brazo, el frío le consumía los huesos, o por lo menos lo pensó, durante su estancia en la celda, muchas cosas vio, o creyó ver, como su amigo Couslan era arrastrado para ser torturado, a su amiga Sophie de brazo con un hombre alto, su prometido, mirándole y burlándose de su desgracia, a veces visitándola para proponerle el trato, guardias entraban para darle de comer y darle de golpes, por un instante vio a Dragnan pasar por su celda a escupirle en el rostro lo inocente e ingenua que fue al confiar en un demonio. Samara no soportaba más su desgracia, abrazándose a si misma sollozando como una niña débil, débil e inútil. Entre golpes y maltratos de los guardias, Samara pierde la conciencia, el cansancio le mantenía el cuerpo entumecido; despierta en el suelo, maldiciendo por primera vez en mucho tiempo por el dolor de los mil infiernos que recorría todo su cuerpo, por una parte era buena señal, indicando que aun seguía viva. Con un ojo amoratado, los labios partidos, magulladuras por todo el cuerpo, se arrastra hacia los barrotes para tratar de ponerse de pie, todos sus músculos se quejaron por cada centímetro de movimiento, cuando por fin se pudo levantar, buscó en la esquina entre basura, los restos de los huesos humanos, si ella moriría allí, no moriría llorando, ni mucho menos de rodillas, tomando un hueso de fémur, con mucho esfuerzo, usando los barrotes , lo parte por la mitad quedando en cada mano dos trozos afilados, con un trozo de piedra pequeña trazo las marcas que se le vinieron a la mente, las mismas marcas que estaban grabadas en su daga Colmillo, y la otra lo dejó sin marcar. Un gran alboroto comenzó a bullir en las afueras de las celdas, guardias comenzaron a correr en dirección de aquel alboroto, ¿alguien peleaba?, no, no era posible, parecía ser más bien una guerra desatada, guardias llamaban por apoyo, el estruendo se hizo cada vez más fuerte, el anciano de la celda de enfrente parecía alegrarse por algo, agitaba su taza vacía cada vez más fuerte contra los barrotes, un silencio se prolongó unos minutos, la algarabía, creyó Samara, que se detuvo cerca de las mazmorras, ¿habrán sosegado el motín?, si, posiblemente era un motín, otro minuto más transcurrió y ni señales de los guardias regresar, el corazón de Samara parece desbocarse con cada segundo que pasaba tratando de obtener una buena vista hacia la puerta al final del corredor, si regresaban los guardias a sus puestos, sus esperanzas desaparecerían; inesperadamente la puerta de las mazmorras vuelan en pequeñas astillas, guardias mutilados cayendo con estrépito al suelo y golpeando las paredes haciendo un ruido sordo y el chapotear de la sangre esparcida, unos pocos trataron de levantarse para seguir en pie de lucha, sin embargo solo recibían una muerte lenta y dolorosa al paso de su verdugo. El humo aun no se disipa, Samara intrigada, estrecha la mirada tratando de enfocar y ver quien era o quienes eran los rebeldes, ¿será que por fin su hermano tuvo el valor?, una mínima fracción de su corazón deseaba que así fuera, sin embargo, lo que había demostrado ser ahora su nuevo hermano, estaba lejos de lo que esperaba que sucediera, aunque eso no evitó que su corazón se acelerara. Una mano roja ensangrentada sujetaba una cabeza, una armadura de plata y oro se vislumbró entre la nube de polvo, unos ojos rojo infierno fundidos con azul hielo, se asomaron entre el polvo, en la otra mano una espada de cristal goteando sangre, sin embargo algo era diferente, un aura, o algo parecido al calor extremo emanaba de aquella armadura, solo que ésta extraña emanación era tan roja como la sangre misma, si, volutas de energía roja emanaba de esa armadura, cada paso dado, era poder y furia desatada que brotaba de él, la esperanza y las fuerzas vuelven a vivir en el cuerpo de Samara reconociendo nuevamente a su salvador, Dragnan había venido por ella.
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