Cuarto Reino

Cap. 5.1
Cap. 5 Otra noche de acampada, Samara se aferra a su túnica de piel de lobo, la noche se mostraba aun más fría e inclemente, Samara no paraba de estornudar, su nariz roja soltaba un río de mocos, se buscó de limpiar con el dorso de su muñeca, pero se percata del brazal, recordando con temor la hoja oculta que contenía, Dragnan le ofrece una sopa. ─ Te dije que te resfriarías si durabas mucho tiempo en el agua ─ No quieras hacer de papá preocupado ─ Es cierto, no lo soy… come ─ Samara toma la taza con una punzada de culpa en su pecho. ─ Lo siento ─ dijo Samara haciendo un mueca, Dragnan solo se mantuvo en silencio contemplando la fogata. ─ Para pasado mañana llegaremos a nuestro destino, te sugiero que descanses ─ fue lo único que dijo sin siquiera mirar. ─ Enséñame a luchar… como tu ─ pidió Samara repentinamente. ─ No creo que en dos días aprendas ─ Solo lo básico, lo necesario, antes mi padre no me dejaba acercarme ni al armero, ni nada que pudiera contener algo que sean armas o armaduras… enséñame, ya que tengo… estos ─ señaló Samara su daga y los brazales y la espada de hoja negra de Darrel, Dragnan la contempló tentativamente, sopesando su petición, un largo y tenso silencio se prolongó entre ambos, ya Samara se esperaba una negativa dejando caer los hombros en derrota. ─ Mañana antes de salir el sol, antes de comer, dos veces al día, cuatro horas de entrenamiento, haciendo un total de ocho, sin falta, no esperes que sea blando contigo ─ los ojos de Samara se iluminaron de emoción con una amplia sonrisa. Y así fue, durante esos dos días de camino, fueron duros para Samara, tal como dijo Dragnan, el entrenamiento fue severo, estricto y doloroso, usando palos de escobas que robaron de algunas caravanas de mercaderes, y unas pesas en la empuñadura de la improvisada espada para equilibrar al peso de una espada real, esas ocho horas fueron realmente un infierno, a veces Samara por pura malcriadez, tiraba la espada al suelo, se alejaba dando zancadas y pisotones enfadada, Dragnan como castigo, la ataba o la hacia caer con la espada en una zancadilla, exigiendo u obligando a tomar la espada de nuevo, esas dos noches, la extraña pomada que usaba Dragnan, por fin tuvo la generosidad de revelar su receta, cuya receta, aclaró Dragnan, que era de ella y se la había enseñado hace muchos años atrás, Samara miró confundida a Dragnan como si estuviera loco, sin embargo trató de no darle vueltas al asunto. Por la terquedad de aprender, por fin dieron, aunque sea poco, los frutos del entrenamiento, ya tenía lo básico para defenderse. Caminando entre los profundos bosques hacia su destino con las manos entrelazadas en su espalda, camina al lado de Dragnan, mirándolo con curiosidad. ─ Debéis ser un gran guerrero para saber tanto en una batalla… adivino…hm… sois un… sois un especie de general ─ No ─ Estratega, consejero ─ No, nada de eso ─ Teniente, capitán… ─ Solo soy un simple soldado ─ interrumpió Dragnan; Samara se detuvo en seco con los ojos abiertos de par en par ante la aclaratoria, ¿Cómo diablos un guerrero de su nivel solo sea un simple soldado?, se preguntó, espabilando corrió al lado de Dragnan. ─ Entonces, ¿Por qué me ayudáis si no ganáis nada, si sabéis que con los Morrel podríais tener eso y más?, inclusive podríais servir a la reina ─ Dragnan se detiene al instante. ─ Entiende esto, Samara, hay cosas mucho más grande en juego en este momento que tomar un simple capricho o tonterías como querer ser un general de un mundo humano, que por cierto, no me interesa ─ espetó Dragnan secamente, pero sereno. ─ ¿Cómo que? ─ preguntó Samara de brazos cruzados. ─ Tu mundo y mis hijos ─ respondió Dragnan prosiguiendo su caminar, Samara deja caer los brazos en sorpresa, ¿un demonio puede tener hijos? ─ ¡Esperad!, ¡esperad!, ¡esperad he dicho!, estoy hablando contigo… ¡te dije que esperes!… ¿Cómo diablos puede un demonio tener hijos? ─ No es tu asunto, solo estoy aquí para protegerte y eso es lo que haré ─ Por lo menos dime sus nombres ─ Darién y Darlen ─ Samara aun no asimilaba lo que el demonio le confesaba. ─ ¿Los tienen secuestrados? ─ De hecho, no ─ ¿Amenazados entonces? ─ No ─ ¡Me rindo! ─ protestó Samara elevando las manos al aire con exasperación, el resto del camino se mantuvieron en silencio. Faltando medio kilómetro, confiados de haber llegado a sus destinos, fueron recibidos por un gran contingente de hombres de la familia Morrel, todos armados hasta los dientes. ─ ¿Puedes correr? ─ pregunta Dragnan analizando todo su entorno. ─ ¿Qué?, no te dejaré ─ espetó Samara susurrando. ─ Si te quedas, ambos moriremos, sus armas tienen magia, si mueres por una de ellas, será el fin de todo ─ Samara meditó la advertencia de Dragnan, y en el instante de que se enfilara a la huida, otro grupo de soldados le cierra el paso. ─ ¡Mierda! ─ masculló Samara en voz baja con los dientes apretados, la situación no pintaba bien para ambos, en ese instante, una armadura resuena detrás de los hombres de Darrel, estos se van apartando a medida que aquel extraño hombre avanzaba a pasos lentos hasta mostrar su presencia, el corazón de Samara se encoge en un puño, sintiendo un vuelco desde su estomago hasta arder en su pecho, cae de rodillas, empalidecida con los ojos húmedos por las lágrimas. ─ No puede ser ─ susurró Samara en un sollozo. ─ Hola, hermanita… gusto en verte de nuevo ─ saludó Tristán con una sonrisa cálida, Samara se levanta poco a poco a medida que su hermano daba pasos lentos hacia ella, Dragnan trata de interponerse, pero Samara no reparó por el esfuerzo del guerrero al ser retenido por varios hombres de Darrel, teniendo ojos solo para su hermano. ─ Pero… ¿Cómo…? ─ volvió a susurrar Samara. ─ Es una larga historia ─ contestó Tristán mirando a su alrededor con indiferencia, su hermana se acerca lentamente, su hermano le abraza con ternura, Samara aspira el olor de su hermano, disfrutando de su calidez, pero algo andaba mal con su hermano, ¿Qué hacía él con los hombres de Darrel, si él también odiaba a esa familia?, aunque era casi indetectable, un aroma que no era propio de su hermano, se mezclaba con su almizcle. ─ ¿Tristán? ─ preguntó Samara apartándose a duras penas de su hermano para poder ver su rostro, para su sorpresa, a pesar de que su hermano le mostraba una sonrisa típica de él, llena de afecto, sus ojos eran vacuos, sin vida, Samara poco a poco abre los ojos como platos y trata de apartarse de él, pero ya era tarde, estaba en poder de su hermano, Samara lucha para apartarse, pero sus esfuerzos fueron en vano, éste para calmarla le propina un cachetada con el dorso de su mano, Samara cae al suelo sintiendo el sabor de la sangre en su boca. ─ Llévenselos ─ ordenó Tristán antes de alejarse, Samara llama a su hermano a gritos, pero su llamado fue ahogado con un fuerte golpe en la cabeza dejándola inconsciente. Samara despierta en un cuarto oscuro, un suelo frío y poco iluminado con algunas moribundas antorchas a lo largo del pasillo, ¿Dónde estaba?, un olor pútrido aromatizaba el aire, como miles de cuerpos descompuestos a su alrededor, un tintineo constante de una taza golpeando uno de los barrotes hacía un eco atormentante en su cabeza, el mundo aun le daba vueltas. Tratando de centrarse a su alrededor, se percata de que en su celda contaba con una taza de agua que quien sabe cuanto tiempo estaba allí y un trozo de pan duro y mohoso, una cama hecha de heno mal formado y una manta raída negra y pestilente, ratas corriendo y chillando en todas partes, aun insistía el persistente tintineo de la taza, ya se estaba comenzando a sentir enferma por el aroma intoxicante de cadáveres. ─ ¡Qué alguien detenga ese maldito ruido! ─ gritó Samara en pensamientos frotándose las sienes con sus dedos. En sus intentos de ponerse de pie, se acerca hasta la reja de su celda para ver quien era que la atormentaba con eso, ¿un anciano?, ¿Cuánto tiempo ha durado ese pobre hombre encerrado?, Samara no supo si guardar lastima por aquel anciano o simplemente dolor o algo de consideración, era abrumador el estado de aquel anciano demacrado, flaco hasta los huesos, ojos lechosos y poco cabello, algunas yagas y rosetones por su cuerpo desnudo y lánguido, pero había algo extraño en sus ojos, Samara juró que el anciano era ciego, sin embargo sus ojos estaban posados en ella aun golpeando con su taza los barrotes de su celda. ─ ¿Hola? ─ llamó Samara tentativamente al anciano, este comienza a agitar aun más la taza en los barrotes con una sonrisa, ¡Dios santo, no tiene dientes! ─ Mátame, mátame, mátame, mátame ─ repite una y otra vez el anciano con voz algo ronca, áspera con sus labios resecos y partidos. ─ ¿Hola? ─ volvió a llamar Samara. ─ ¿Hola? ¡¿Alguien allí?! ─ Samara agita los barrotes para hacerse escuchar, minutos después unas puertas que se abren iluminando un poco más el largo corredor, unos pasos resuenan acercándose a la celda. Samara se acurruca temblando en un rincón al ver a su propio hermano pararse delante de su celda, un silencio incomodo y tenso se produjo entre ambos. ─ ¿Quién eres? ─ pregunta Samara ahogando un sollozo, Tristán o lo que queda de su hermano, cierra los ojos reflexivamente, suspira profundamente, luego los abre para mirar a Samara con melancolía. ─ Soy yo, Samara. Tristán, tu hermano ─ Samara niega imperceptiblemente, con tristeza en los ojos y algo de ira, tratando de no mostrar miedo a su hermano. ─ No, tu no eres mi hermano, ¿Quién eres?, mi hermano nunca me haría daño ─ Tristán con ojos llenos de tristeza agacha la mirada. ─ ¿Qué hiciste con mi hermano?, ¿Qué te hicieron para aceptar el trato? ─ en ese instante Tristán levanta la mirada hacia su hermana, ya con una expresión vacía, inescrutable. ─ No sabes lo que me hicieron, lo que tuve que pasar, Samara, las incontables torturas, ellos miran dentro de ti, rasgan tu alma solo para descubrir tu debilidad, moría por volverte a ver una última vez y ellos lo vieron, se aferraron de allí, así como me aferraba yo, y… ─ Samara negando cada vez más fuerte con la sensación inevitable de sus lágrimas brotar de sus ojos, llanto de amargura y dolor en el rostro de Samara. ─ ¿Pero sabes hermana?, descubrí que ellos son poderosos, demasiado como para un humano querer afrontarlo, sería igual a un suicidio, pueden darte lo que sea, lo que quieras ─ Pero con un precio ─ replicó Samara con los labios temblorosos reprimiendo el llanto. ─ Te tengo un regalo ─ anunció Tristán con la maravillosa sonrisa cálida y llena de amor por su hermana. ─ Sé que te gustará ─ ¿Qué le hiciste a Dragnan? ─ pregunta Samara poniéndose de pie delante de Tristán con las manos hechas puños, la sonrisa de Tristán desaparece al oír el nombre del guerrero. ─ ¿Dragnan?... ah, el demonio. ─ ¿Qué le hiciste? ─ ¿Por qué te preocupas por un demonio? ─ pregunta Tristán con desdén. ─ Él me protegía ─ ¿Y tu le creíste?, (sonrisa irónica), Samara, ¿Qué te hace pensar eso, que un demonio sea capaz de proteger?, ellos destruyen ─ Él me protege ─ repitió Samara con los dientes apretados. ─ Tan obstinada mi adorable hermana, ¿Y no pensaste que posiblemente él te haya tendido la emboscada? ─ Y si así fuera el caso, ¿Tu le permitiste encerrarme? ─ Por tu seguridad… ─ Por mi seguridad… claro ─ replicó Samara con los ojos aun húmedos por las lágrimas. ─ ¿Qué te hizo ese demonio para que confiaras en él? ─ preguntó Tristán con ira en sus ojos. ─ Algo que tu estás perdiendo en éste momento ─ silencio otra vez entre ambos, estudiándose con la mirada, Tristán suspira hondamente por la nariz, hasta que Samara rompió el silencio. ─ Quiero a mi hermano de vuelta ─ fue todo lo que dijo antes de deslizar su espalda por la pared, hasta quedar acurrucada nuevamente abrazando sus rodillas, Tristán la miró por otro minuto más hasta que se fue por donde había venido, Samara irremediablemente rompió en llanto otra vez ocultando el rostro aun abrazando sus rodillas, maldita sea, estaba harta de llorar. Horas más tarde, ya se encontraba calmada, acostada en el suelo, mirando a la nada, esperando lo que sea que le tuvieran preparado. Las puertas de las mazmorras crujen, unos pasos delicados y apresurados se acercaron hasta la celda. ─ ¿Samara? ─ una voz femenina muy familiar la llamó, Samara levanta la mirada para encontrarse nuevamente en shock, sintiendo su corazón paralizarse. ─ Samara, hija ─ dijo la mujer con voz angustiada. ─ ¿Madre? ─ pregunta Samara tentativamente, con aprensión, estrechando la mirada al ver de nuevo a su madre portando un vestido largo y pomposo, totalmente negro con encajes dorados y brocados de plata, cuello alto cubriendo hasta la nuca, su cabello delicadamente recogido, el corazón de Samara se sintió desbocado como si se le fuera a salir de la boca, al ver como su madre la miraba como si fuera el mayor tesoro en el mundo, la angustia y la preocupación reflejada en su rostro. ─ ¿Estás bien, hija? ─ Samara asiente. ─ Pero… ¿Cómo…? Tú estás… muerta ─ se preguntaba Samara aun tratando de asimilar lo que veía. ─ Tu hermano me salvó ─ aclaró la madre de Samara; suprimiendo el llanto aun con el corazón acelerado, sorbiendo por la nariz, la madre de Samara llama a un guardia para que abra la celda, éste obedeció sin dudar, abriendo la celda el guardia hizo una reverencia, Samara se acurruca aun más en el rincón con miedo, la madre de Samara, se sienta en la cama de paja, le hace un gesto delicado con la mano para que se siente a su lado, pero Samara ni siquiera se movió, Marie la mira con ternura, se levanta y se agacha a su lado para tomar de sus manos, el frufrú del vestido y los delicados aromas del perfume embriagaron la nariz y los ojos de Samara, pudo ver que el vestido fue confeccionado con telas altamente finas y costosas, la cual, solo la realeza podría disfrutar, y allí estaba su madre, inclinada ensuciándolo con la inmundicia de aquella celda, al igual que el perfume era opacado por la pestilencia. ─ Mi niña ─ dijo Marie humedeciéndose sus labios rosas y carnosos. ─ Estoy aquí, no tienes nada que temer, todo está bien… tu hermano… tu hermano me salvó, y me contó de algo muy delicado ─. Samara solo la contemplaba en silencio, sus manos eran las mismas, suaves al tacto, cálidas, las mismas manos de su madre, pero ella no era su madre, no solo pudo sentirlo, pudo verlo en sus ojos vacuos, a pesar de que por mucho que se esforzara, por mil veces que fuera idéntica a su madre, sus ojos no mostraban vida. Su madre, tensa sus labios, una lágrima brotó de sus ojos. ─ Hija ─ dijo Marie con la preocupación en su voz. ─ Todo estará bien, volveremos a casa con tu hermano… solo debes decirle donde está ─ ¿Dónde está que, madre? ─ Las llaves, Samara, diles donde están las llaves y volveremos, como una familia ─ suplicaba Marie con mirada desesperada. ─ ¿De verdad eres mi madre? ─ ¿Qué pregunta es esa hija? ─ preguntó Marie sintiéndose indignada. ─ Claro que lo soy ─ ¿Dónde está papá? ─ Él… ─ Marie traga saliva con la tristeza y el dolor en su rostro. ─ No lo logró ─ el silencio otra vez se coló entre ambas. ─ Tristán te envió, ¿No es así? ─ Marie ladea la cabeza confundida. ─ ¿De que hablas?, él no me envió, vine por mi cuenta, estaba preocupada por ti, mi niña, él solo me contó lo que ocultas y me dio a entender que solo accederán a sacarte si dices la ubicación de la llave y solo así podremos volver… a casa ─ el silencio entre ambas se prolongó otra vez, de pronto Samara rompe con el silencio. ─ Mamá, de verdad, no sé de que llave me habláis… te lo juro por el amor que te tengo, no tengo ninguna llave ─ la mirada de Marie se ensombrece. ─ Nunca pensé que tu terquedad y tu egoísmo se fueran hasta los extremos, Samara ─ dijo Marie con una voz tan sombría que le hizo estremecer hasta la medula, Samara traga saliva con dificultad sonoramente, contemplando con miedo al cambio tan repentino de su madre y el corazón acelerándose aun más. ─ Me has decepcionado, hija ─ de pronto la madre de Samara le sujeta fuertemente por los hombros, y la agita con brusquedad, no recordaba que su mamá tuviera tanta fuerza, su agarre era tan fuerte que le clavaba las uñas. ─ ¡Tienes que decirles donde están esas malditas llaves!, ¡¿Acaso no piensas en mi?!, ¡¿En tu familia?!, ¡¿En tu hermano que tanto dio por ti?! ─ ¡Me hacéis daños, madre! ─ Samara luchó y luchó por soltarse del agarre de su madre que tanto le lastimaba, hasta que por fin logró empujarla, Marie cae sobre su trasero, asombrada y llena de indignación. ─ Me esperaba cualquier cosa de ti, hija, pero jamás esto. Me has agredido ─ Vos me habéis agredido primero ─ espetó Samara rápidamente para luego agregar. ─ Madre, pido por su perdón ─ Marie se para en toda su altura, hasta que las sombras de las celdas cubren su rostro, haciendo relucir un brillo en los ojos, un brillo como el de un animal acechando en la oscuridad, un rojo brillante como dos gemas color sangre centellaban en los ojos de Marie. ─ Te creí más inteligente, Samara ─ ¿Cómo puedo dar algo que no tengo? ─ en el instante que Marie se abalanza sobre Samara, ésta se retuerce del dolor sujetándose la cabeza, dando alaridos de mil voces, Samara abre sus ojos de par en par por el pánico, una fuerza invisible hace que Marie se pegue a los barrotes de la celda con sus brazos abiertos y las manos en forma como unas garras, el rostro de Marie se contorsiona de una manera que llenó de horror los sentidos de Samara, aun acurrucada en un rincón con las manos tapando sus oídos desesperadamente y con los ojos apretados para no ver semejante cosa distorsionando no solo la dulce voz de su madre, sino su hermoso rostro también.
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