Cuarto Reino

Cap. 2.2
El tiempo de visita de Sophie, para los ojos de Samara, fue algo tan efímero que lo pudo comparar con un parpadeo, la diversión y los chismes no parecieron ser suficientes, su estadía terminó en las vísperas del año nuevo, ella ya debía regresar a su país natal para compartir el año nuevo con su familia y su prometido, esa misma noche, justamente después de que Sophie se marchara en la mañana, para Samara esa noche algo andaba mal, los grillos y animales nocturnos, de un momento a otro, dejaron de cantar y de pulular sus típicos ritmos, las estrellas se apagaron, era como si el mundo se hubiera detenido. Nada de viento, nada de ruido, nada de nada. Su primer pensamiento de preocupación fue para Sophie, pero su corazón se calmó, ya que iba escoltada, luego de un momento a otro, todo volvió a la normalidad, ¿Cuánto tiempo pasó?, nunca lo supo, sin embargo, varias noches se fue repitiendo lo mismo. Recibió el año nuevo junto a sus padres en una gran celebración, y esa misma noche, cuando se fue a la cama después de celebrar y todos se habían ido a descansar, el silencio volvió, ésta vez fue más prolongado, sin embargo, Samara tuvo la osadía de levantarse para contemplar el silencio tan ensordecedor de la noche, ni una rama se movía, con la respiración acelerada y una presión en su pecho, le indicaba de que algo grave estaba pasando, de que su instinto más profundo gritaba que corriera, pero una luz, luz que iluminaba el horizonte, muy, pero muy lejos de aquel lugar, brillaba tanto que lo confundió con un amanecer, lo curioso era que aun faltaban horas para que el sol rompiera el alba. La luz se apagó, dejando que el mundo volviera a su normalidad, en cambio Samara sintió un fuerte agite en su pecho, que le hizo tambalearse tanto que tuvo que sostenerse del umbral que comunicaba con el balcón, le faltaba el aliento, como si lo que hubiese pasado le quisiera arrancar el alma. La noche siguiente no se sintió nada, transcurrió con normalidad, llegó el año nuevo y todo se encontraba en calma, sin embargo, esa calma se asemejaba a una calma fúnebre, oscura, ya no había algarabía, los aldeanos más callados que de costumbre, inclusive, algunas personas parecían apresuradas para llegar a sus casas a refugiarse por miedo. El mundo se volvió a silenciar, sin embargo, un fuerte viento acompañó el silencio, azotando tan fuerte que todos tuvieron que aferrarse a algo, Samara y su madre se apresuraron y se resguardaron en la catedral junto a algunos feligreses que iban a recibir la misa de año nuevo, el viento solo duro unos segundos, tiempo suficiente para hacer algo de estrago y poner nerviosos a los pueblerinos, ¿Qué rayos estaba pasando?, días después, se corrió el rumor de que una aldea galesa había desaparecido por completo, nadie supo que o como, no hubo testigos, solo unos comerciantes que pasaban por allí, a dicha aldea, y lo que encontraron fue… nada, ni una pared, ni un cuerpo, nada, solo tierras áridas y muertas, como si la peste y la muerte hubieran hecho sus festividades en ese lugar, ni rastros de animales en los alrededores. Ya las noticias de su hermano la llenaron de preocupación, él no tardaba mucho tiempo sin enviarle una carta, su silencio le angustiaba, y aun más al saber de que toda una aldea había desaparecido. Otra reunión se convocó, ésta vez con la intención de enviar una carta a su Majestad demandando alguna respuesta de lo que estaba ocurriendo, el mensajero partió dejando a todos con la esperanza de recibir respuesta. Ni respuesta, ni mensajero, dando a entender que se encontraban totalmente aislados. Roland Staghorn dio la orden de tomar previsiones y un toque de queda por precaución, a la mañana siguiente enviaron un pequeño grupo de avanzada para verificar los caminos y las fronteras con las otras aldeas y contactar a los otros señores, pasaron semanas y el pequeño grupo de avanzada no regresó; Sophie, fue el primer pensamiento de Samara al sentir de que todo comenzaba a torcerse, ya no le dejaban salir, ni siquiera acercarse a los establos, la guardia fue redoblada. De pronto, en horas de la noche, una visita inesperada llegó, un hombre, un hombre portando una túnica con capucha cubriendo parte de su rostro, apareció en los portones de la casa de la familia Staghorn. Arqueros con sus armas listas y apuntando desde los barracones en dirección a aquel forastero vestido con túnica negra, este levanta sus manos en señal de rendición y ─ ¡Santo y seña! ─ ¡Vengo en paz!, ¡necesito hablar con el señor de ésta aldea! ─ ¡¿Quién solicita?! ─ (silencio) ─ ¡¿Quién solicita?! ─ ¡No tienen mucho tiempo!, ¡tienen que dejarme entrar!, ¡solo soy un emisario con un mensaje para su señor! ─ solo hubo silencio en respuesta. Los grandes portones se abren dando a relucir a un hombre en armadura con el blasón familiar en su pecho, era el general de los guardias de la familia Staghorn. ─ Si eres un emisario, ¿De que tierras provienes? ─ Unas tierras muy lejanas ─ ¿Lugar? ─ Del norte… muy al norte ─ Mientes, hemos enviado cartas al norte y no hemos recibido respuestas prácticamente en meses ─ Yo soy su respuesta ─ Nombre de quien sirves ─ exigió el general con los dientes apretados. ─ Sirvo a Samara Staghorn, y el mensaje es para ella ─ el hombre levanta un poco la mirada descubriendo un poco de su rostro, el general empalidece y sale despavorido a entregar el mensaje, a los pocos minutos, sale Roland a recibir al mensajero. ─ ¿Cuál es el mensaje? ─ Su hija debe salir de aquí cuanto antes ─ ¿Quién lo ordena? ─ (silencio) ─ Mi hija está bien protegida ─ No podrá protegerla con lo que se avecina, deben salir de aquí ─ ¿Me está amenazando? ─ No, solo les estoy advirtiendo, si hacen caso omiso o si tardan, lo lamentarán ─ el padre levanta la mano para ser asistido por sus hombres en arremeter contra el mensajero. Samara presenciaba todo detrás de su madre, y sin pensarlo dos veces, y sin saber el porqué, corre hasta al mensajero al ver quien era, logrando así interponerse entre el mensajero y su padre dando su argumento entre jadeos por la repentina carrera. ─ Padre, por favor, aunque sea permita escuchar lo que tenga que decir. ─ Vino aquí a amenazar a mi familia y amenazarte a ti. ─ Samara mira sobre sus hombros y se da cuenta de que el extraño hombre no apartaba la vista, ni un segundo, de su padre. ─ ¿Y si fue Tristán quien lo envió? ─ Ya lo hubiera dicho… ¡Aparta Samara! ─ ¡Creí haber escuchado que venia del norte!, ¡Tristán está en el norte! ─ ¡Samara!, ¡hija! ─ gritó su madre con la voz quebrada por la angustia. Samara sintió como el mensajero respira profundamente, aun con las manos al aire. ─ Vengo en son de paz, vengo del norte con un mensaje de advertencia, deben huir de aquí cuanto antes, lo que le pasó a esa aldea, pronto pasará aquí también ─ ¿Cómo sabes lo de la aldea en Gales? ─ Si me permite pasar, le contaré con todo y detalles, aquí afuera hay muchos oídos interesados ─ la mano de Roland bajó lentamente para permitirle el paso, debido a ello, Samara suelta un suspiro de alivio. Una vez dentro de la casa, Roland le ordena a su hija ir a su habitación inmediatamente, sin embargo, Samara protesta ante aquella demanda, desde luego el mensajero se pone a favor de Samara ya que el tema como tal le concierne a todos, el hombre entra al gran salón comedor, toda la familia o lo que queda de ella, conformados por Samara, su madre Marie y su padre Roland; el mensajero se quita la capucha ocultándola detrás del cuello alto de la túnica, a la final no era una túnica como Samara pensaba, era el sobretodo de cuero negro, una vestimenta extraña, nunca la había visto, por lo tanto, lo veía fascinante, una túnica que no necesita trenzado, y la capucha se le convertía en aquel cuello alto. Roland y Marie toman asiento y Samara al lado de su madre, el mensajero los escudriñaba a cada uno como si viera sus almas, un cazador, con sus ojos azul plata brillando con el fuego mortecino de la chimenea. ─ Demonio ─ dijo la madre de Samara en un susurro casi inaudible, el mensajero levanta la mirada enfocando toda su atención en Marie, mierda él la escuchó. ─ ¿Qué dijo, madre? ─ el mensajero ladea la cabeza con los ojos bien fijos en Marie, la mujer traga saliva con dificultad, luego mira a su hija. ─ Nada hija… nada ─ Si, dijiste algo ─ Solo musitaba cosas inútiles… no me hagas caso ─. El mensajero certifica lo ocurrido en la aldea Galesa, desde luego recomienda nuevamente en empacar solo lo necesario para partir cuanto antes de Bristol. ─ Lo que se avecina a éstas tierras, sus hombres no podrán frenarlo, sus armas solo los retrasarán, nada más ─ ¿Qué son? ─ pregunta Roland con el ceño fruncido. ─ Legiones. ─ ¡Bah!, tonterías ─ dijo Roland con un bufido, el rostro impasible de aquel mensajero no dejaba de observar a Samara, en cambio, Marie no dejaba escudriñar aquellos rasgos de su rostro. ─ Deberían comenzar a empacar de una vez ─ No nos iremos a ningún lugar ─ Entonces su hija vendrá conmigo ─ Roland empalidece de la ira. ─ ¡¿Viene a mi casa a dar un mensaje y termina ofendiendo a mi familia, pasando por encima de mi autoridad?! ─ No tendrá autoridad si es hombre muerto ─ ¡GUARDIAS! ─ Roland da la orden de arrastrar al mensajero a la celda, los cinco guardias bien armados intentaron sujetarlo, pero los guardias ya estaban inconscientes casi en un abrir y cerrar de ojos, los movimientos de combate que demostró aquel mensajero parecían no ser de este mundo. Por un segundo, la furia bulló en los ojos del extraño mensajero, cuando todos los guardias quedaron fuera de combate, el extraño habló con sus dientes apretados en un tono bajo y amenazador. ─ Si los quisiera muertos, señor Staghorn, ya lo estarían y no se hubieran dado cuenta, solo vine advertir, si no escucha, tendré que llevarme a su hija, haré lo que sea necesario para ponerla a salvo ─ Roland ahora se encontraba pálido, pero del miedo, ¿Quién era éste hombre?, al verlo combatir, era obvio que no era un simple mensajero, derribó a cinco guardias en pocos movimientos y sin moverse mucho de su lugar, sus guardias estaban armados, en cambio él, no tenia ni un cuchillo de untar y aun así los derribó con mucha facilidad y rapidez. La madre de Samara, con un profundo suspiro, se arma de valor para preguntar, ─ ¿Por qué mi hija? ─ Su hija debe mantenerse con vida, debe salvarse a como de lugar, ella es la clave por la que esas legiones se acercan ─ el mensajero se da media vuelta dirigiéndose a la salida, de pronto Roland se pone de pie. ─ Nos iremos al alba ─ No. Deben irse ésta noche ─ contradijo el hombre. ─ Tengo asuntos que ordenar ─ Si mueren, esos asuntos no servirán de nada. Ésta noche partirán ─ refutó el mensajero sin mirar, luego se retiró dejando la casa en silencio; Roland salió en su búsqueda a los pocos segundos de haberse retirado, sin embargo, al abrir la puerta no encontró a nadie, solo un patio con algunos guardias haciendo sus rondas, Roland pregunta a uno de sus guardias si no vieron al mensajero salir, ninguno supo dar respuesta, nadie vio nada, cerró de un portazo, subió las escaleras como alma que lleva el diablo llamando a su esposa, instando en que todos debían irse, incluyendo, servidumbre, cocineros, todos; ordenó a su hija solo tomar lo necesario y empacarlo, y así lo hizo. Roland dio la orden de liberar a los prisioneros de las celdas, sin importar el delito que hubieran cometido. Subiendo las escaleras a empacar, se detuvo un instante a pensar a que dirección ir, su única familia se encontraba en el norte, sin embargo, esa posibilidad estaba descartada, al sur quedarían atrapados por la costa, así que solo se le ocurrió ir al este, ambas mujeres subieron a sus habitaciones a empacar, Marie junto a su esposo y Samara corrió como nunca antes a sus aposentos. Recogiendo lo más esencial, Samara se fue deteniendo poco a poco, prestando atención al oscuro silencio de la noche, ninguna estrella, ningún grillo, ni luz de luna, nada, solo las luces de las velas eran la única iluminación que acompañaban el lugar, afina sus oídos a los sonidos de la casa, nada, ni los pasos apresurados de sus padres, ni de los sirvientes empacando, simplemente nada. ─ ¿Mamá? ─ llamó Samara desde su habitación tentativamente, poco a poco Samara fue saliendo de la habitación rumbo a la habitación de sus padres, sus pasos silenciosos hacían crujir la madera suelta del piso. Al llegar al umbral, entrecerró los ojos para enfocar sus oídos y tratar de percibir alguna cosa, algún indicio de que sus padres aun seguían empacando. Sujetando con mucho cuidado el picaporte, pudo ver en el espejo a su padre a horcajadas sobre algo, ¿Qué buscaba?, abrió lentamente la puerta para ver que tanto registraba su padre, pero para su sorpresa, su padre no estaba buscando nada, estaba comiendo algo, ¿era su madre a quien devoraba sus entrañas? El crujir de las bisagras reveló su presencia. Roland se giró bruscamente enfocando su atención en su hija, Samara se tapa la boca para ahogar un grito de horror que a la final se volvió un jadeo, el pánico, el sudor y la palidez de su piel eran evidencia e indicios a las nauseas y el terror que le impedía siquiera gritar. Sosteniéndose de la jamba de la puerta, sus piernas tiritaban como palillos flácidos a punto de romperse. Con su madre allí tendida en el suelo, con su pecho y estomago totalmente abiertos y su padre aun postrado a horcajadas en el suelo con la ropa y boca llena de sangre y vísceras colgando entre sus dientes, sus ojos fríos y vacíos de toda vida, miraban con hambre inhumana a su hija. ─ ¿Padre? ─ dijo Samara en un susurro que pareció más un sollozo; a cada paso que retrocedía Samara, su padre, Roland, se iba levantando lentamente como una bestia acechadora. Samara se enfila a la carrera y detrás de ella, su padre persiguiéndola, lanzando bramidos como una bestia, Samara tiraba cuanto adorno o sillas tuviera a su alcance entorpeciendo el perseguir de su endemoniado padre mientras ella gritaba su nombre buscando la forma de que entrara en razón. Una mano le sujeta fuertemente por el codo, tira de ella tapando su boca y un gran martillo azota contra la cabeza de su padre, cayendo al suelo, inerte, muerto, con todos sus sesos desparramados por todo el suelo de madera y el martillo incrustado en su cabeza dando ligeros movimientos espasmódicos en su pierna y mano, Samara no pudo evitar sentir arcadas, vomitando inevitablemente la mano quien le tapaba la boca.
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