La Tercera hija del Rey

Capítulo 3
La numerosa caravana salía de la ciudad custodiando el carruaje de la princesa. Su regencia en el sur sería por el bien de todo el reino y no podía permitir errores. Por petición expresa de su padre debía mantener su identidad de princesa oculta, a partir de ese momento pasará a llamarse como la gobernadora de Herem. El viaje transcurrió con normalidad. Y cuándo al fin llegaron a Heren fueron recibidos por los nobles de la ciudad quienes eran apáticos a la orden de su majestad. Y que, además, les molestaba la presencia de la princesa en la ciudad. —Bienvenida gobernadora —el nombre de mediana edad la recibe con una venia. La joven sólo asiente. Su mirada recae sobre los otros presentes quienes la miran hostilmente. —Llévame a dentro—ordena duramente. El hombre le da la espalda y camina en dirección a la ciudad. A medida que se acerca Xana logra ver la grandiosa puerta hecha en madera de roble, al interior de la ciudad los ciudadanos paseaban con tranquilidad y al percatarse de la desconocida su atención recae sobre ella. La mirada curiosa de los ciudadanos seguía cada uno de los certeros pasos de la princesa maravillados por la vibra de mando y seguridad. "Miren sus ropas son muy costosas" "¿quién es ella? ¿qué hace aquí?" Xana miraba a sus alrededores buscando un lugar visible para los ciudadanos. Estaba muy enojada. Los nobles ni siquiera habían expuesto el decreto real. Caminando aceleradamente se sube sobre una escalinata. Las personas la miran con una mezcla de sorpresa y confusión. —Muchos se preguntarán quién soy y porque he venido aquí. Estoy en su ciudad para funcionar como regente —Xana pausa esperando la reacción de los ciudadanos—, es un decreto real su majestad me ha enviado para gestionar la relación con el sur. —¿Porque mandaría su majestad a una jovencita? —Su majestad me ha confiado este asunto porque sabe que soy totalmente competente de lo contrario no lo habría hecho. —Su majestad es sabio, no ha enviado a esta jovencita si ella no fuese útil. —Es cierto —apoyan los ciudadanos.                                  *** El pabellón claro de Luna fue asignado a la princesa. Su doncella trabajaba afanosa organizando sus pertenencias mientras ella leía. —Alteza, ¿Desea ponerse su camisón para dormir? —No Lizzy, prepárame el vestido escarlata. —Alteza, ¿Piensa ir al banquete? —Sí. —Pero no la invitaron, alteza. —Es hora que les enseñe cómo se juega ahora. Lizzy vistió a Xana con aquel vestido de color rojo carmesí, el corpiño estaba lleno de pequeñas flores de igual color y la falda era tan ostentosa como su propia obstinación. Su rizada melena platinada iba recogida en un voluminoso moño con adornos de oro y paletas. Xana salió de su habitación, de igual manera de su pabellón hasta dónde se estaban celebrando el banquete. Al llegar a las puertas del salón, las empujó con fuerza haciendo qué estas sonaran estruendosamente alertando a los presentes. Las miradas cayeron sobre ella quemándola al instante, Xana mentalmente se vierte una capa de hielo apagando automáticamente el fuego de aquellas miradas. —Gobernadora —la saludaron mecánicamente. La joven princesa avancé comediantes a llegar al cabecero del Gran comedor. —¿Cómo puede estar separada la espina de la rosa? —El silencio invade el comedor al igual que la tensión—. Una rosa siempre estará acompañada de espinas, sin embargo, eso no impedirá que el campesino admire su belleza. —¿Qué quiere decir? —reprocha Lord Mage, un rico burgués. —¿Cómo pueden separarnos las diferencias sí somos un solo reino? Si hay algo en lo que estén en desacuerdo pueden muy bien notificar a su majestad. Aunque, lo único que recibirán es su furia por no acatar su decreto. —La ciudad ha estado bajo nuestro liderazgo, es así hace generaciones ¿por qué una jovencita viene a vernos órdenes? —habla por primera vez el alcalde de la ciudad, Lord Murphy. Xana golpea con ira la dura madera del comedor haciendo respingar a las cabizbajas y asustadas hijas y esposas de los nobles presentes. —Lord Murphy, está anteponiendo intereses personales al bienestar social del reino, ¿acaso planea rebelarse? —acusa con astucia y notable enojo. El encorbatado se levanta de la silla, va hasta ella y se arrodilla. —Discúlpeme gobernadora, mi intención no es rebelarme hacia el rey. —Entonces no se interponga más en mis asuntos y acepte el decreto —le ordena poniéndolo entre la espada y la pared. —Sí, gobernadora. —Se ve obligado a responder. El temperamento de la mujer alarmó al hombre, pues, en un principio pensó que la joven sería fácil de manipular, pero no era así, aquella era una personalidad difícil de tratar y un estorbo muy grande en su camino. ¡Una mujer dándole órdenes! simplemente no podía permitirlo.
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