Cuarto Reino

Cap. 1.1
Cap. 1 Es la época de 1472, Inglaterra, las cortes y reinos, finales de la edad medieval, caballeros y castillos, lugares donde los bosques y cantores dieron a relucir tantos guerreros, tantas leyendas que fueron recordados por los años, sin embargo, en un lugar remoto de Bristol, al sur de Inglaterra, una historia prefirieron olvidar, mezclándolos con el caos de una invasión que nunca sucedió, eso fue lo que le dijeron a los lugareños a tres meses de aquel desastroso momento. Nunca supieron como comenzó, o quien golpeó primero, solo fue que sucedió. Una reunión con los señores de las otra tierras de Bristol, incluyendo a los Staghorn, en una gran casa, con grandes muros alzándose, delimitando los vastos terrenos de aquella familia, las paredes de grandes ladrillos blancos de mármol, hacían ver la casa imponente, casi un castillo, tres torres se alzaban como vigías con vista al Norte, Oeste y Sur, trabajadores realizando sus labores en los establos de la parte Este de la casa, soldados patrullando las tierras y las aldeas aledañas. Una joven paseándose por los establos, con un vestido de verde Jade pálido, su cabello negro brillante, sutilmente trenzado con un cintillo de delicadas flores blancas, el vestido ceñido al cuerpo al igual que sus largas mangas y sueltas en sus puños y suelto de la cintura para abajo, un vestido sencillo; con las manos entrelazadas en su espalda, la joven caminaba como todas las mañanas, saludando y sonriendo a los trabajadores, más allá, oculto en una gran pila de heno, se hallaba un joven de piel blanca y ojos marrones oscuros, cabello negro y sucio a causa del trabajo en los establos, alimentando y limpiando los caballos, la joven no se percata de la presencia de aquel joven que la miraba y la miraba, contando sus pasos; al acercarse hasta él, en el instante de que ella llega a la pila de heno, el joven salta dándole un gran susto a la joven, esta ahoga sus gritos tapándose la boca, el joven ríe con travesura al ver el rostro de aquella muchacha palidecer. ─ ¿Te asusté? ─ pregunta el joven entre risas, la muchacha lo golpea por el hombro entre protestas. ─ Eres un idiota Couslan ─ dijo la joven con el ceño fruncido apretando los dientes, luego de ver reír a Couslan, ésta también sonríe. ─ No lo vuelvas hacer o haré que te cuelguen de las bolas ─ señaló con un dedo en advertencia, en cambio Couslan no le quedó de otra que levantar las manos en gesto de rendición aun sonriendo. ─ Y… ¿Qué hacéis, mi Lady, en estos sucios establos? ─ No es asunto tuyo. ─ Es un establo ─ señaló Couslan abriendo sus brazos para albergar la amplitud del lugar. ─ Lo sé. ─ replicó la joven enarcando una ceja con algo de arrogancia, ─ ¿No deberíais estar con su institutriz? ─ En realidad cancelé mis clases… me encontraba aburrida. ─ Vuestra cara aun dice que lo está. ─ No digáis lo que no sabéis. ─ Y vuestro padre... ─ Está reunido con los señores de las otras cortes ─ la joven y Couslan prosiguen su andar manteniendo su conversación. ─ Si, mi padre se empeñó en proponer su salón para realizar esa reunión. ─ Y esos Lores… ─ ¡Couslan! ─ ¡¿Qué?! ─ el muchacho enarca las cejas con sorpresa, no esperaba tal reprimenda. ─ Los asuntos de mi padre, son de mi padre. ─ Perdón, es solo que he oído rumores. ─ ¿Qué clase de rumores? ─ unos pasos resonaron acercándose, un hombre vestido de armadura oscura con el blasón de la Familia Staghorn en su escudo postrado sobre su espalda, con su casco sostenido debajo del brazo y su otra mano sobre la empuñadura de su espada. El joven Couslan se tensa al oír los pasos de aquel soldado. ─ Si siguen hablando de esa manera, padre va a pensar que vosotros estáis conspirando ─ la joven amplia su sonrisa con calidez. ─ ¡Tristán!, ¡hermano! ─ la joven se abalanza sobre el cuello de su adorado hermano para abrazarlo con amor, en cambio el joven Couslan hace una reverencia. ─ ¿Cuándo llegasteis? ─ Acabo de arribar ─ Mi señor… me hubierais llamado para atender vuestro caballo ─ Agradezco tu oferta y tu disposición, Couslan, pero no hacía falta, partiré dentro de poco junto a los otros soldados al alba, escoltaremos al resto de la corte, su Majestad debe ser reportada cuanto antes de los resultados de esta reunión ─ la joven agacha la mirada al suelo entristecida por la noticia. ─ Esperaba que te quedaras más tiempo ─ Lo sé… y lo lamento, pero es mi deber como caballero de su Majestad y de ésta familia ─ Lo sé ─ Tristán sujeta dulcemente la barbilla de su hermana con su pulgar y su índice para encontrar su mirada con la de ella, ─ Pero calma, hermanita, volveré y pasaremos nuestros mejores momentos ─ ¿Es una promesa? ─ Mi mejor promesa y sabes que cuando prometo… ─ Lo cumples ─ terminó la joven ampliando su sonrisa. ─ Así es, mi dulce hermana ─ dijo aquel soldado abrazándola y con delicadeza besando su coronilla. ─ Han llegado a mis oídos que escapaste de tus clases ─ añadió Tristán apartando su abrazo para observar con severidad a su hermana, la joven trataba de desviar su mirada a cualquier lugar, menos a la cara de su hermano, luego Tristán resopla esbozando una sonrisa. ─ Te entiendo, sus clases suelen ser una puñalada en el culo ─ la joven levanta la mirada sorprendida ante aquel comentario. ─ Es impresionante que la hayas aguantado tanto ─ No tenía opción, siempre me quedaba dormido en sus clases, padre fue muy estricto al saber ese… detalle. Acompáñame, quiero hablar contigo… he, ¿Couslan? ─ ¿Si, mi Lord? ─ Te encargo mi caballo ─ Gracias, mi Lord, con su permiso ─. Tristán partió al alba tal como lo había dicho, escoltando a los otros señores de la corte de la reina, la joven esa noche no durmió. Durante el desayuno, sus pensamientos se vieron abstraídos de la realidad. ─ ¿Ocurre algo hija? ─ la joven parpadea espabilando. ─ Perdón… ¿decía, padre? ─ No has tocado casi tu desayuno ─ Perdona, yo… ─ ¿Mala noche? ─ la joven asiente con una mueca ─ Ayer te vieron por los establos con el joven Couslan ─ Perdona, padre, quería dar un paseo, necesitaba aire fresco ─ ¿Acaso el joven Couslan o el paseo son más importante que tus clases? ─ pregunta el padre de Samara enarcando una ceja ─ Roland, no deberías presionar tanto a nuestra niña ─ Es una dama, debería comportarse como tal e ir a sus clases, ya está en edad de que el hijo de un Lord la despose ─ ¡Padre! ─ la joven se levanta bruscamente de su silla sintiéndose ofendida. ─ Tanto tu como Tristán son el futuro de nuestro linaje, hija ─ (resoplido desdeñoso), ¿Y mi futuro es ser alguna clase de cosa que solo sirve para abrirse de piernas y tener herederos? ─ ¡Samara! ─ el padre de Samara se levanta de su silla y le propina una cachetada con el dorso de su mano, Samara se tambalea sosteniéndose la mejilla con un fuerte ardor en los ojos amenazando con salir las primeras lágrimas de dolor y de rabia. ─ ¡No permitiré que me hables de esa manera, jovencita! ─ Hija, le debes respeto a tu padre ─ ¿Respeto?, ¿Respeto, madre? ¡Prácticamente me está vendiendo! ─ ¡¿Qué estupideces dices?!... De seguro ese campesino te enseña esas cosas, a irrespetar a tu familia ─ Él no me está enseñando nada, padre ─ Ya le daré unas lecciones para mantener sus manos lejos de mi hija ─ ¡Padre!, no… ─ ¡Vete a tu habitación, Samara! ¡Ahora mismo! ─ Samara se retira sin mediar una sola palabra y sin dirigirles una sola mirada a sus padres, con su barbilla en alto sale del comedor, no les daría el gusto de verla correr lloriqueando. Samara cierra la puerta de su habitación con fuerza, apoya su espalda de la puerta, tapa su rostro con sus manos y lentamente desliza su espalda hasta quedar sentada en el piso dejando aflorar su llanto abrazándose a sus rodillas. Mientras tanto en el comedor, el padre de Samara, Roland, se encontraba aun sentado, reflexionando. ─ Creo que fuiste muy severo con Samara ─ Es nuestra única hija, Marie, debo buscar lo mejor para ella, y si muestro algo de debilidad, nuestra hija podría descarriarse, ya ese muchacho de los establos ya le ha metido ideas en la cabeza, tu misma la viste ─ Y… ¿Qué pensáis hacer? ─ A nuestra hija, nada, ya el castigo ya está impuesto, nada de visitas a los establos, nada de salidas sin autorización, vigilada durante sus clases, pero a ese muchacho le espera algo peor ─ Roland, creo que estás exagerando ─ No, Marie, ella debe aprender cual es su lugar. ─ Y… ¿Cuál es su lugar? ─ Ser una Staghorn, nuestra hija y futura heredera, nos debe respeto y debe comportarse como tal ─. Samara se negó ese mismo día salir de su habitación a cenar, así que le llevaron la cena a su habitación, le dejaron la bandeja sobre su escritorio, ella se mantuvo todo el día acurrucada entre las sabanas de su cama, el dosel con su transparente tela de gasa cristal blanco, le daba la cobertura y privacidad que requería, se mantuvo apenas abierto, solo para dar una visión leve de que ella se encontraba en su cama con la vista perdida en la ventana. A la mañana siguiente fue lo mismo, y el siguiente, y el siguiente. Las únicas diferencias, eran sus salidas para visitar la biblioteca y recibir sus clases, tal como había ordenado su padre, fue vigilada por un guardia, la cual, se mantuvo en la puerta, siempre alerta, de camino a su habitación, escuchó los rumores del castigo a su amigo Couslan, había azotado y llevado a las mazmorras, Samara empalideció ante la noticia. Una noche se escabulló para visitar a su amigo, ayudarle o darle ánimos de alguna manera, Samara no pudo evitar sentir culpa y pena por él; evitando los guardias, ocultándose entre las sombras, pudo llegar donde se encontraba, tirado en el suelo cubierto de heno, un plato con un trozo de pan duro y mohoso, una taza con agua y por sábana, un trozo de tela desgarrado como si unas bestias hubieran jugado con ella, Samara en silencio coló entre los barrotes algo de comer, frutas, carne y pan suave, también, sacó una bolsa de cuero lleno de leche tibia. ─ Couslan… Couslan. ─ susurró llamando a su amigo, éste levanta la cara con dificultad, dejando ver a la poca luz mortecina de las antorchas, el rostro aun magullado. Samara traga saliva con dificultad al ver cuan hinchado tenia su rostro. ─ Samara, ¿Qué haces aquí? ─ Toma ─ ¡Me matarán…! ─ Si abres la boca… toma y cállate, algo se me ocurrirá para sacarte de aquí ─ No ─ Couslan… ─ No lo hagas. ─ Estás aquí por mi culpa ─ ¿Qué? ─ Él piensa que tu me metes ideas en la cabeza y no es así, las cosas que pienso es porque así las siento ─. Unos pasos firmes de armaduras se acercaban, Couslan ahuyenta a Samara, obligándola a largarse, Samara se fue levantando poco a poco sin despegar la mirada de su amigo, hasta que se fue corriendo ocultándose entre las sombras nuevamente, de vez en cuando ofrecía una mirada fugaz a la celda donde se encontraba aun tendido en el suelo, arrastrando poco a poco las cosas que le había traído bajo las mantas raídas. Una mañana, después del desayuno, Samara paseaba por los pasillos de su casa, buscaba a su padre, éste se encontraba en su salón de trabajo, como un despacho con varios libreros, un salón enorme, su escritorio hecho de piedra, madera pulida y labrada a mano, un cuadro familiar detrás de él, un escudo con el estandarte familiar, y en el escudo, dos cuernos entrecruzados llenos de olivos y banderas con trigo, cruzado con dos espadas. ─ Samara ─ saludó su padre con una sonrisa, aunque Samara pudo sentir el regocijo de su padre al verla, ella no compartió su emoción, simplemente fue… cortés. ─ Buen día, padre ─ ¿A que debo ésta visita? ─ pregunta el padre de Samara con una sonrisa casual. ─ Quería hablar con vos ─ Vaya sorpresa, yo, también, quería conversar contigo… pero pasa, pasa, toma asiento ─ Samara entra en aquel enorme despacho, observando con desinterés aquel emblema familiar. Tomando asiento en uno de los grandes sillones de su padre, con la espalda erguida y sus manos posadas delicadamente sobre su regazo, como toda una alta dama en espera de su padre, Roland se sirve un trago de licor y se sienta a su lado, solemne y una mirada llena de amor paternal. ─ Quería… ─ Roland se aclara la garganta. ─… Quería pedirte disculpas, hija ─ Yo quería, padre… ─ Por favor, hija, permíteme continuar… sé que dije cosas horribles en aquella cena y que el castigo, (suspiro profundo por la nariz), fue muy severo, pero sabrás y comprenderás que es porque te amo… ─ Samara enarca una delicada ceja levemente. ─ Vaya forma de demostrar amor. Azotando a un inocente ─ pensó. ─… Y… y deseo lo mejor para ti… y sabes que me preocupo mucho por ti y tu bienestar ─ Samara mira las manos callosas de su padre, su rostro severo, su mirada profunda, aunque, ya no tanto, agacha la mirada para luego encontrarse con los ojos marrones de su padre nuevamente, los mismos ojos de ella, su hermano heredó los de su madre. ─ Yo… también, quiero disculparme, padre, sé que os dije palabras rudas y muy fuertes, no debí haberlas dicho, por tal razón, pido… pido de su perdón ─ Tenías todo tu derecho de estar furiosa hija, pero… no creo que dures toda tu vida siendo soltera y sin hijos, no quiero que te parezcas a tu tía Katy ─ una vaga y baja risa salió de ambos. ─ Qué no te oiga madre. ─ Será nuestro secreto… retomando el tema, hija, tienes mi perdón, es más, no tenías que molestarte en pedírmelo, eres mi hija y te amo ─ un instante de silencio llegó, por un segundo Samara dudó en exponerle su caso a su padre, pero debía decirle, ¿pero cómo? ─ ¿Algún otro asunto que requiera de mi atención? ─ Samara respira profundamente tomando valor, cuadrando sus hombros y levantando su mentón. ─ De echo, padre, si, quería hablar con vos al respecto de un prisionero ─ volviendo su expresión dura y fría, el padre de Samara se levanta del sofá. ─ No. Mi respuesta es no, si es referente a ese muchacho ─ ¡Pero, padre!, ni siquiera sabéis lo que voy a demandar ─ espetó Samara indignada. ─ Sé que quieres implorar su perdón y su libertad… y mi respuesta es no ─ Ya han pasado ocho días padre, creo que ya ha aprendido lo suficiente, ¿Cuántos días tiene que sufrir para darse cuenta de su error? ─ Yo decidiré eso, yo decidiré cuanto es suficiente ─ Padre… padre os imploro su libertad, os prometo no volverle a ver, ni hablarle si es vuestro deseo… padre por favor, su familia nos han servido bien durante muchos años, creo que su lealtad a vos es suficiente para merecer un atisbo de su misericordia, y si ven que lo ha perdonado… ─ Todos los familiares de los criminales correrán a mi para ser perdonados de sus crímenes ─ Papá, Couslan no ha cometido ningún crimen ─ Debió haberse mantenido lejos de ti, ese es su crimen ─ Es mi amigo ─ Es un sirviente que trabaja en las caballerizas ─ ¿Qué debo hacer para que sea perdonado? ─ Roland se quedó muy pensativo, en silencio sopesando las palabras de su hija, su petición. Ya los ojos de su hija se mostraban con signos de sus primeras lágrimas, Roland respira profundamente. ─ Te casarás en el solsticio de verano con el hijo de Lord Morrel ─ ¿Darrel?... pero… pero ¡padre! ─ Ya está decidido, o te casas con Darrel Morrel o no lo liberaré, hasta entonces, él se mantendrá confinado en su celda hasta tu boda ─ ¡Pero faltan meses para el verano, apenas estamos entrando en el invierno! ─ por más que insistió, no pudo convencer a su padre, cada argumento era tan inútil como el anterior. Sin decir una palabra más, Samara sale del despacho de su padre, cierra la puerta con mucho cuidado, corrió por los pasillos sollozando hasta su habitación, para luego tirarse a la cama a llorar, llorar, llorar y llorar desconsoladamente hasta quedarse dormida para evitar el dolor y la decepción.
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