Tierra de Mercenarios

V1C15 - Antes del Viaje
El pergamino de la historia dice que en el año 199 del Calendario Rojo Lunar, es de hecho, uno de los más importantes y trascendentales de todos. Esto se debe a diversas razones: 1.En los últimos cien años, el primer Archimago de hielo, Lei Ge, salió de la Torre Mendhielo. Desde ese día, los elfos mágicos de varios continentes de repente se activaron y comenzaron a salir de sus escondites. 2.El rey mercenario Amy conoció a su leal compañero de vida y muerte: Daqingshan. 3.El antiguo dragón sagrado, Lu’er, empezó a mostrar su sangre de dragón de hielo, y comenzó a mostrar su aterrador poder frente al mundo. Notas de Investigación, Neil Haber. Duodécima generación. Ferviente investigador y escritor de la historia continental de Amy. *** En el verano del 199, la casa de los Haber en Villa Heike, que había estado en silencio durante mucho tiempo, de repente se animó. Amy y su tío Chi, que habían estado fuera durante dos meses, finalmente regresaron a la villa, siendo además, acompañados por otras dos personas y una muy extraña criatura. Caminando al frente de todos se encontraba un viejo mago. Llevaba una nueva túnica azul, con el símbolo de nivel de mago en su pecho. Portaba una varita mágica delgada, decorada del mismo color que la túnica y con una hendidura curva; por encima, llevaba incrustado un gran cristal mágico de color verde. Cuando movía la varita, unas ondas de color esmeralda ondulaban dentro del cristal, mostrando la poderosa magia que se encontraba sellada dentro. Tenía puesto un nuevo sombrero mágico de punta, con un cristal también adornando al medio, de un color blanco lechoso que era extremadamente raro de ver, y que además le proporcionaba cierta protección mágica. Detrás del anciano caminaba un niño grande, media cabeza más alto que Amy. Estaba vestido con un traje de cuero negro, y debido al calor que comenzaba a hacer, se quitó la parte superior dejando ver que su cuerpo estaba desnudo y fuerte. Al final del grupo, sosteniendo una lanza tan larga que solo era posible manejar por los caballeros, Chi Hangfeng se encontraba caminando con una sonrisa en su rostro. En la punta de la lanza se encontraba un pescado, que había sido atado a esta firmemente. Debajo de la punta se hallaba un animal parecido a un cachorro, solo que más grande y de un color verdoso. Mantenía el cuello en alto y miraba al pescado sin pestañear. Tras caminar unos pasos, intentó saltar alto, tratando de morderlo sin éxito. El arma del caballero tiene seis metros de largo, y el pequeño animal con esfuerzo a penas llegaba a alcanzar la comida, aunque algo similar a alas se formaban en su espalda cada vez que lo intentaba. —Uno, dos; ¡Vamos! Uno, dos; ¡Vamos! — gritaba el caballero —. Lu’er, eres genial, salta otro metro… no, ¡dos metros! A ver si te es posible pescar. El aire estaba caliente, y eso provocaba que las moscas salieran de su escondite. Una gorda mosca estaba sentada sobre la piel de Xiaobai, quien rugió para apartar al bicho de su pelaje, haciendo que el pequeño dragón se sobresaltara un poco y tropezara. No era la intención de Chi Hanfeng abusar de Lu’er de esa manera, al contrario, aunque a decir verdad sí que fue idea suya. Cuando Lu’er fue liberado del sello, no pasó ni un solo día desde que salieron de la Terraza del Dragón Verde y ya estaba metiéndose en problemas. Había visto a un conejo y, acto seguido, saltó para perseguirlo, abriendo ansiosamente la boca y tras un “poof”, una intensa llamarada de aliento de dragón brotó desde él e incendió todo un bosque de la montaña por la que iban, provocando que todos tuvieran que luchar contra el fuego para poder avanzar. Caminando por la carretera continental, cada vez que había transeúntes le daba curiosidad por morder de sus ropas, asustar a sus caballos, y, algunas veces, no podía controlar bien sus ganas de orinar y terminaba ensuciándolos a todos. Una de las anécdotas más locas fue cuando estuvieron pasando por una tienda de comestibles en el borde de la carretera continental. Lu’er agarraba a menudo distintos comestibles que se encontraban colgando en el mostrador, los recogía y se los ponía en la boca. Cuando el dueño de la tienda vio que no había pagado intentó con su propia fuerza física sacarlo de la boca… ¡Sacarlo de la boca de un dragón! Afortunadamente, Lei Ge aprovechó para escudar al hombre antes de que Lu’er le rociara su aliento congelante, aunque no pudo evitar que la parte inferior del dueño quedara petrificada. —Esto es bueno, te he salvado la vida — sonrió —, aunque tus partes bajas vivirán en la desgracia. Se dice que medio año después, la esposa del dueño de la tienda se divorció de él. Tras todo ese alboroto el grupo tuvo que tomar medidas para prevenir futuros accidentes. Lei Ge selló a Lu’er con magia, poniendo un campo de fuerza a su alrededor que podía absorberla. Ese tipo de magia es utilizada por los grandes magos, si no hay un sacerdote capaz de quitarla, por lo general el efecto puede durar por tres horas. Sin embargo, Lu’er demostró completamente la ventaja de formar parte de un linaje de dragones resistentes a la magia, ya que se pudo liberar tan solo media hora después. Después de insistir en sellar al pequeño dragón durante un día y medio, Lei Ge se había quedado sin poder mágico alguno para poder realizar el hechizo, por lo que decidió darse por vencido con ese método y pensar en algún otro truco brillante. Aunque la siguiente gran idea perteneció a Chi Hanfeng, quien pensó en la lógica de que, si el aliento del dragón era el problema, la solución era mantenerle la boca cerrada. Acto seguido, tío Chi compró unas pinzas de acero y se las puso firmemente en la boca a Lu’er, quien no pudo abrir sus mandíbulas de ninguna manera. Para cuando el grupo suspiraba por haber encontrado la solución, tan solo un minuto después bastó para que el acero se derritiera producto del calor de las llamaradas internas de la respiración de Lu’er. Así que a Chi Hanfeng, que ya era conocido por ser un demonio cuando se lo proponía, finalmente se le ocurrió una manera no tan amable de solucionar el problema: no alimentar a Lu’er todos los días. Aunque a Daqingshan le causaba angustia, lo cierto era que se sentía algo culpable por todos los inconvenientes que Lu’er había causado en los últimos días, por lo que tuvo que admitir que no había otra forma. De esta manera, Lu’er caminó desde la Montaña Colmillo Dragón hasta Villa Heike con la cabeza erguida, concentrado en alcanzar la comida en la punta de la lanza de tío Chi. Cuando finalmente llegaron al pueblo, la cabaña original no era suficiente dado a que habían llegado dos personas nuevas y un dragón, por lo que tuvieron que construir una más grande con el dinero que habían conseguido. Chi Hanfeng comenzó a sentirse el “maestro” de Lu’er, y acudía a él constantemente para entrenarlo, lo que hacía sonreír en secreto a los demás al ver que el “contrato” con las monedas de oro no resultaría en una estafa después de todo. Dado a que Amy ya había entrenado con tío Chi, tuvo que concentrarse en aprender magia con Lei Ge, así que Daqingshan se hizo cargo de las tareas de reparación que tenía Amy, lo que incluía, desde luego, el intenso entrenamiento de Chi Hanfeng. Para permitir que su nuevo “pupilo” montara al dragón lo antes posible, el maestro caballero torturaba físicamente a Daqingshan mientras que ideaba un método para ayudar a mejorar las alas de Lu’er. —Vamos, Lu’er, sé un buen chico y déjame abrazarte — le decía mientras estiraba sus brazos —. Oh, oh, oh, vamos. El inocente y entusiasmado dragón corría y saltaba a sus brazos como si realmente fuera un perrito. —Aww, los dragones son geniales, especialmente los dragones talentosos como tú, pero aunque el futuro es brillante, el camino es tortuoso. Si quieres aprender a pasar el arduo viaje, tienes que aprender a batir las alas durante el proceso, sí, sí, permíteme convertirte en una montura lo antes posible — le hablaba con emoción mientras le acariciaba —. Veremos qué tan alto llegas en nueve días, yo debo ayudarte… ven, déjame abrazarte. Un mes después, Chi Hanfeng se encontraba parado sobre el techo de la cabaña, mientras le estiraba los brazos al pequeño, quien saltaba alegremente en el césped. —Vamos, déjame abrazarte, sé bueno — exclamaba —. No es muy alto, solo son cuatro metros como máximo, ven. Y, de un gran salto, el pequeño Lu’er logró llegar al techo junto a Chi Hanfeng, aunque lo que más le costaba al hombre era bajar de vuelta y ponerse en el césped para que el pequeño dragón pudiera lanzarse en picado y aprendiera a volar, aunque generalmente lograba abrir un poco las alas, no podía hacerlo bien y terminaba golpeándose contra el suelo. Dos meses después, las cosas continuaban avanzando, y cada vez se subía a lugares más altos. —Vamos, déjame abrazarte, sé bueno… — le decía —. Le pediré a Lei Ge que no selle más tu magia, vamos, que tan solo estamos a diez metros. Medio año después…ambos se encontraban en una alta colina. La idea era que Lu’er se lanzara en picada y batiera sus alas para amortiguar la caída. —Ya sabes lo que voy a decir y lo que voy a hacer, así que… ¿No quieres saltar por tu cuenta? No es muy alto — continuaba el caballero mientras palmeaba con los zapatos el suelo del monte —. No es más de doscientos metros de altura, vamos, sé bueno, no puede salir tan mal, ¿verdad? El entrenamiento duro pareció obtener extraordinarios resultados, ya que, un año después, Chi Hanfeng finalmente anunció con orgullo que el dragón verde podía volar. Vanidosamente llevó a Lei Ge, Amy y a Daqingshan a la montaña más alta de Villa Heike, y luego le ordenó a Lu’er que volara. El pequeño dragón lucía igual de inocente e indefenso que siempre, aunque en sus ojos se notaba cierta convicción que se tradujo al instante en un gran salto que culminó en una voltereta de ciento ochenta grados mientras caía en picada por el acantilado… afortunadamente, no se mató en la caída, aunque sí que fue bastante dolorosa. Se dice que, en los siguientes veinte mil años, todos los niños de la familia de dragones verdes que eran desobedientes eran amenazados con que si no se portaban bien, serían enviados donde Chi Hanfeng, lo que provocaba que todos ellos se miraran asustados y obedecieran al instante.
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