Especialista en Fortalecimiento de Objetos

El primer encuentro con los bandidos
"¡¿Qué?!" Al oír las palabras del hombre grande, el jefe de la aldea parecía aturdido, y los aldeanos detrás de él también se mostraban enfadados. "¿Eh? ¿Entonces no? Pensé que serían buenos y obedientes, pero parece que debo hacer el trabajo por mí mismo". La impaciente voz de ese grandulón con ojos de pez muerto resonó, y el jefe de la aldea finalmente volvió a sus sentidos, temblando. "Señor... Lo hemos escuchado. Le daremos toda la comida y el dinero, por favor, perdónenos...". "¡Suficiente! ¿Qué te hace pensar que estoy llegando a un acuerdo contigo? Ya que no saldrán por su cuenta, ¡iremos a buscarlos nosotros mismos!". Con una feroz expresión, el hombre alzó su látigo contra el anciano, y con un seco chasquido, fue enviado volando hacia atrás. Varios aldeanos se apresuraron a atraparlo en el aire, y vieron la marca color rojo sangre en su pecho con la piel desgarrada. El grandulón desmontó de su caballo, con un sable largo en mano, y se dirigió a la casa de la familia de al lado. Unas cuantas personas tras él también se dispersaron, con la intención de registrar las otras viviendas. Cuatro o cinco permanecieron quietos en el mismo lugar, blandiendo armas que resplandecían fríamente bajo la luz del sol. Miraban con gestos feroces al grupo de aldeanos congregados. Cuando vieron a los primeros bandidos intentar entrar a la casa, algunos se resistieron. Pero fácilmente los apartaron, e incluso dos de ellos fueron golpeados con las armas, derribados en un charco de sangre. El mismo hombre grande caminaba hacia una casa. Repentinamente, de entre los aldeanos, un joven salió corriendo. Tropezó un poco, luciendo demasiado asustado, y cayó al suelo cerca del hombretón. No se volvió a levantar, sino que le abrazó una de las gruesas piernas, temblando y rogando: "Por favor... No lo haga... No entre, por favor...". El joven era Xiao Feng, que antes se escondió detrás de la pequeña multitud, y que luego salió corriendo a pesar del profundo miedo en su corazón, porque Ling'er se escondía en esa casa. El grandulón lo miró con incredulidad un momento. No obstante, sonrió irónicamente, diciendo: "¿Qué? ¿Hay algo importante para ti ahí dentro? ¡Ja, Ja! ¡Entonces mira bien como me lo llevo!" Después de decir eso, levantó un pie y mandó a volar a Xiao Feng con una patada. Aun estando en el aire, Xiao Feng escupió una bocanada de sangre. La patada pareció haber rotos las costillas, y después de aterrizar bruscamente en el suelo, luchó por levantarse, pero otro bandido le pisó la espalda, impidiéndoselo. Al cabo de un momento, el tipo alto entró en la casa. Se escuchó el agudo grito de la joven que estaba dentro. Después de esa grata sorpresa, la risa petulante del hombre se oyó mientras decía: "¡Ja, Ja! ¡No puedo creer que haya una chica tan jugosa en este pueblo de mierda! El chico de allá fuera es el único que quiere protegerte, ¿verdad? ¿De qué te sirve ese debilucho? Ven y déjame amarte como es debido..." Xiao Feng no dejó de luchar por levantarse. Sin embargo, no consiguió liberarse del pie que tenía en la espalda. Desesperadamente, extendió la mano hacia la casa delante de él, con los ojos casi rojos de sangre. "Ling'er... Ling'er no tengas miedo, iré a salvarte... enseguida..." Al entender que su amada estaba por ser abusada, el profundo miedo de Xiao Feng se convirtió en un poderoso odio. Odiaba al cielo por ser injusto. Odiaba a los bandidos por ser crueles e inhumanos. Se odiaba a si mismo por su propia debilidad... Una fuerza crecía en su mente, despertando de las profundidades de su alma. El joven soltó un escupitajo sanguinolento. Con las manos empujó el suelo; las venas se le abultaron con un color azul intenso. De a poco lograba levantarse, pero su conciencia se fue tornando borrosa. El bandido que le pisoteaba la espalda, de pronto sintió una gran resistencia aumentando debajo de él; algo abrumador. No obstante, sus ojos destellaron ferozmente, y levantó su sable para cortar al chico de un tajo. En ese momento, se oyeron varios gritos y exclamaciones de sorpresa. Antes de tener tiempo de girarse, el bandido sintió algo golpeándole detrás de su cabeza, y entonces su cuerpo salió volando varios metros. Cayó al suelo, sin lograr emitir ni un gemido, y entonces perdió el conocimiento. Una figura se apresuró sin detenerse en absoluto en dirección a la casa donde la chica gritaba por ayuda. ¡No era otro que Bai Yunfei! Cuando llegó a la entrada de la aldea, vio todo el caos que ocurría. Gente yaciendo en charcos de sangre; algunas pocas personas lastimadas sin tratadas por otro lado. Unos cuantos rufianes sujetando armas les cerraban el paso a los aldeanos. Y delante de una pequeña casa, un chico era pisoteado por otro sujeto que levantó su arma para cortarlo sin piedad. "¡Bandidos!" Casi instantáneamente, Bai Yunfei adivinó las identidades de esas personas. Sin pensarlo demasiado, canalizó su Fuerza de Alma en sus piernas, mandó a volar al sujeto de antes con una patada, y se precipitó sin pausa rumbo a la casa. Tan pronto como entró, vio a un hombre grande empujando a una joven contra el suelo, asfixiándola con la mano izquierda, en torno al cuello, y rasgando sus ropas con su mano libre. La chica mostraba marcas de una palma de mano en sus mejillas. Las lágrimas brotaban de sus ojos, mientras luchaba y suplicaba incesantemente. El grandulón no era una persona descuidada. Se dio cuenta de Bai Yunfei apenas ingresó en la habitación, y se dio la vuelta bruscamente, mientras intentaba tomar el sable largo a su lado con diestra. Actuó rápido, ¡pero Bai Yunfei fue aún más rápido que él! Casi tan pronto como el bandido se dio la vuelta, paró a su lado. El hombre soltó un grito de locura cuando la mano con que sujetaba el sable fue aplastada por el pie de Bai Yunfei; propagando ese crujido característico de huesos rotos. Los ojos de Bai Yunfei se notaban con una estela sombría. Despreciando los gritos del tipejo, levantó el pie, y se escuchó de nuevo el mismo sonido crujiente, pero esta vez proviniendo desde su pecho. Su enorme cuerpo salió disparado hacia arriba, expulsado unos tres o cuatro metros aproximadamente antes de caer al suelo, fuera de la casa. Después que el grandulón fuese bruscamente expulsado, el exterior permaneció en un extraño silencio. Tanto los bandidos como los aldeanos, miraban aturdidos el cuerpo tendido, derramando un incontenible mar de sangre. Solamente cuando Bai Yunfei salió de la casa, los malotes reaccionaron y corrieron en dirección a su compañero, gritando y lloriqueando al ver su estado. Los otros registrando las demás casas, también se reunieron al oír el escándalo. Nadie habló en un principio, pero a los pocos segundos, uno de los bandidos preguntó: "¿De dónde vienes, hermano…?" Y Bai Yunfei respondió con indiferencia: "Tienen mala suerte de haberse cruzado conmigo. Juro por la luna... que los eliminaré…" Bai Yunfei echó un vistazo a los once bandidos allí de pie y, sin darles tiempo de reaccionar, se lanzó directamente en contra del más cercano. Sorprendido, el hombre levantó el sable y lo balanceó para golpear a Bai Yunfei. Pero él se inclinó ligeramente, esquivando la hoja. Luego extendió su mano izquierda para agarrarle de la muñeca, y apretó con fuerza. El hombre gritó y dejó caer el sable, que fue atrapado al instante por Bai Yunfei y arrojado detrás de él. Inmediatamente después, lo golpeó en la cara con un puñetazo, y cayó al suelo, inconsciente. Tras ver como noqueaba a otro de sus compañeros, el resto del grupo finalmente actuó, empuñando armas contra el joven. Bai Yunfei tomó al hombre que acababa de ser derribado a sus pies, y dio una vuelta sobre su propio eje antes de lanzarlo para que golpeara a tres de los que corrían hacia él. Posteriormente se desplazó entre todos ellos, privándoles de sus armas y golpeándolos con los puños. De pronto, se hallaban un montón de armas caídas por todo el lugar, y cerca de una docena de bandidos también tirados en el suelo. La mayoría de ellos quedaron inconscientes, y los pocos dispersos, aún activos, lloraban sosteniendo sus muñecas o estómagos. Sólo le tomó unos minutos... Bai Yunfei miró a los hombres tirados en el suelo con una expresión de insatisfacción en su rostro. Él era un cultivador de alma. Incluso estando en el rango inicial, de Aprendiz de Alma, la gente común no podría comparársele. Sin embargo, escuchó el sonido de los cascos de un caballo detrás de él. Uno de los bandidos, en mejores condiciones que el resto, sigilosamente se había movido sin que lo notara, y ahora escapaba por el mismo camino que tomaron para llegar a la aldea. El tipejo pensó que lograría escapar. Se alegró que el caballo fuera rápido. Una vez cabalgase un poco y subiera la montaña más adelante, vería la colina donde su jefe y los demás descansaban. ¡Regresaría junto a todos sus hermanos para acabar con ese peligroso hombre! Respiró de alivio, e inesperadamente, percibió una extraña sensación a su lado. Al doblar la cabeza para ver, del susto casi se cae del caballo. Corriendo con todas sus fuerzas, Bai Yunfei alcanzó al hombre. Ante la aterrada expresión de sus ojos, lo agarró por una pierna con la que exprimía el vientre del caballo para forzarlo a correr, y lo derribó directo al suelo. El hombre cayó estrepitosamente, rodando por los suelos. Para cuando su cuerpo finalmente se detuvo, era más el aliento perdido que el poco que recobró con su respiro de antes… Mientras regresaba a la aldea arrastrando a ese último bandido que huía, Bai Yunfei escuchó un gritó proveniente del interior. Su corazón se sobresaltó. "¿ya se recuperaron los otros? ¿Cómo es posible? Los golpeé bastante duro..." Entró rápidamente a la aldea, pero cuando esa escena sangrienta, paró como si hubiese sido alcanzado brutalmente por un rayo. Resultaba que los inquilinos estaban todos bien. No obstante, incluso ellos miraban el centro de la aldea con semblantes horrorizados. El amplio espacio despejado del centro de la aldea, se veía ahora completamente manchado de rojo; la sangre de la panda de bandidos. Un joven bañado en sangre empuñaba un sable largo y maniataba imparablemente un cadáver delante de él, vagamente reconocible como el líder de los bandidos, el grandulón con ojos de pez muerto. Los otros recibieron tajos y puñaladas profundas, por lo que ninguno de ellos estaba actualmente con vida. Unos pocos cuerpos continuaban sangrando de sus heridas… En medio de la pila de muertos, el joven llamado Xiao Feng, con sus desenfocados, brillando de un rojo carmesí, acuchillaba mecánicamente los cadáveres delante, uno por uno, gruñendo como una bestia. "¡Muere... muere! ¡Todos los bandidos merecen morir! ¡Devuélvanme la vida de mis padres! ¡Devuélvanme la vida de mi hermana! ¡Mueran! ¡Mueran! ¡Tengo que proteger a Ling'er! No dejaré que nadie le haga daño..." Bai Yunfei miró atónito al muchacho, comprendiendo la desesperación y el resentimiento en sus ojos, escuchando esas palabras que salían de su boca. Por alguna razón, sintió una inexplicable tristeza en su corazón: el sentimiento de haber estado en la misma situación que él. Fue así una vez cuando en el coliseo, donde los ricos y nobles se congregaban buscando obtener un placer cuestionable, en la arena de combate donde las vidas humanas eran tratadas como basura, donde un joven con los ojos rojos y llorando sangre, se aferraba a un ladrillo en su mano, aplastando el rostro de un hombre llamado Huargo... "¡Hermano Xiao Feng!" Un dulce chillido sobresaltó a Bai Yunfei. Miró a una chica de ropa andrajosa y desgarrada salir corriendo de una pequeña casa. Pese a la actitud desenfrenada del joven y el hecho de hallarse bañado en sangre, lo abrazó por la cintura, y gritó con ansiedad: "¡Hermano Xiao Feng! ¿Qué es lo que te pasa? No me asustes... hermano Xiao Feng..." Al ser abrazo por ella, al escuchar su voz, esas palabras preocupadas y ansiosas, el cuerpo de Xiao Feng se detuvo. Giró la cabeza para verla, confundido. Lentamente dejó de temblar, y soltó el sable en su mano. Sus ojos de a poco recuperaban la claridad. "Ling... Ling'er, estás bien... ¡Estás bien! Estás bien..." Ver a esos dos abrazados y llorando sobre la tierra manchada de sangre, rodeados por los cuerpos de una docena de bandidos asesinados, era algo extraño a la vista… Pero, el genuino afecto que se tenían calentó el corazón de Bai Yunfei. Y sin entender exactamente por qué, estuvo realmente feliz por Xiao Feng. Al parecer, no quería seguir viendo el dolor y la desesperación en los ojos del chico. Tal vez se debía a que le infería una sensación muy familiar…
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