A.R.D.D.R.A.C La armadura de un Dios

Ventana de error
Esto era un juego ¡Esto es un maldito videojuego! No existía más explicación a lo que sus ojos veían, al menos en los bordes de su propia visión, pequeñas figuras representando símbolos que no podía comprender en un principio, fijo sus ojos un punto estable, lo que parecía aclarar su visión conforme forzaba la vista, en el costado superior izquierdo vio a detalle una barra gris que no abarcaba más de un cuarto de su visión, no le parecía molesta, pero lo llamativo fue cuando reparo en la pequeña mancha rojiza de una de sus puntas; en un juego normal, aquello era su cantidad de vida. Perdería, pensó con cierta burla, llegando a girar los ojos ante lo absurdo que parecía aquello. Pronto su burla perdería gracia, desencadenando una ola de dolor, recorriendo su cuerpo de un momento a otro, tan intenso que su espalda se elevó hasta formar un arco perfecto a la par que exhalaba el poco aire contenido en sus pulmones, cayendo con un sonido fuerte a su sitio original trato de ver lo que la rodeaba, dificultándosele por su agitada respiración y su visión nubosa producto de su dolor. Con esto lo tenía claro, no podía tomar a la ligera la idea de perder, ya que algo le decía que aquel dolor era solo una señal de algo peor. Aunque su mente combatía para controlar su respiración, parecía que su cuerpo se había desconectado a sus órdenes, y empezó a respirar caóticamente en busca de aire. Su nombre, trató de aferrarse a algo conocido para no entrar en pánico y causarse más daño o al menos mantener a raya su hiperventilación; no podía decir el qué, pero algo dentro suyo le advertía sobre la poca vida que le quedaba, sobre el catastrófico desenlace que le esperaba. Koréen. Sí, ese era su nombre, el resto parecía desaparecer en aquel momento en que lo repitió, por lo que solo se aferró a su nombre, repitiéndolo en susurros, hasta convertirlo en un mantra, con el fin de calmar su agitado y adolorido cuerpo, se movió un poco, causando un murmullo resonante, casi siniestro, en respuesta, que le costaba reconocer como su voz. El eco tortuoso se superpuso a su murmullo, el crujir de una marcha uniformada de hojalata empezó a taladrar su cabeza, aumentando el dolor y el miedo; alguien venia, alguien que no podía ver, venía a donde estaba agonizante e indefensa. Con el recuerdo fresco de aquella corriente dolorosa en su cuerpo sabía que debía mantenerse viva. Con una fuerza débil giro torpemente sobre sí misma, sintiendo el raspón de la tierra seca contra su piel descubierta como si se recostase en un rallador fino; su visión aún seguía siendo borrosa por su debilidad pero su pequeño gesto de moverse le había indicado que estaba sobre tierra seca, la escasa luz no hacía más que impedir la mejora de su visión, pero agudizando su mirada pudo percibir que estaba en un lugar casi cubierto o al menos en un lugar totalmente vació, con altas paredes rocosas, en las que el más mínimo suspiro, producía un eco. Podía oler un poco de agua dulce o tal vez solo se tratada de algas. En este punto no lograba saberlo con precisión Inmóvil, indefensa, esperó el desenlace de aquellas pisadas metálicas que parecían acercársele con prisa para finalmente detenerse en un tortuoso silencio de varios segundos, segundos donde el latido de su corazón se volvió febril, tanto que creía sentirlo en sus propios oídos. En medio de ese silencio retumbó en la roca un grito agónico, agudo, al mismo tiempo que un rugido ronco, de lo que creyó una bestia enfurecida de gran fuerza, se hizo oír con tal vigor, que pequeños pedazos de roca se desprendieron y cayeron en el lago; aquello solo logro aterrorizarla más, tanto que un grito ahogado escapo de su garganta. El eco metálico se incrementaba, ya no era una marcha estruendosa, ahora era frenética y desordenada, que aunada al sonido del choque del metal y los gritos desaforados, que venían en respuesta de una lucha violenta, solo acongojaron más a Koréen. Sea quienes sean, podrían ir tras ella después de matarse entre ellos. Así lo presentía. En un intento desesperado lucho contra su propio agotamiento, obligándose a ponerse en pie; incluso a la distancia de su propio cuerpo sus pies solo era una mancha confusa, elevando un poco el rostro, confirmo el agua existente a su alrededor; a simple vista estaba sobre una elevación de tierra en medio de un pequeño lago o al menos así lo divisó, pues más allá su visión borrosa, solo percibía el color marrón, seguramente de las rocas donde el sonido rebotaba. El vibrante e insistente choque de metal contra metal la sacó de su estupor, encogiéndose sobre si misma por un instante, mientras se cubría la boca, evitando cualquier sonido que atrajese la atención, pues ahora el eco era un sonido tan vivido, que la lucha parecía llevarse ahí mismo, con ella en medio. Un paso, se dijo a sí misma. Paso a paso saldría de aquel lugar, estaba convencida, al menos hasta que intento dar un paso, y descubrió que la fuerza que la había llevado a estar de pie, se había esfumado. Su cuerpo se precipito hacia adelante, en una fuerte caída que ocasiono un chapoteo, mismo que resonó en cada pared del lugar. En ese momento, mientras tenía media cabeza metida en el lago, la lucha se difumino, pasando a un segundo plano, por su escandalosa caída, con agua en los oídos, mientras se enderezaba y volvía a ser consciente de lo poco que conocía a su alrededor, podría jurar que el grito casi bestial que se alzó en cólera, caía justo frente a ella. Su visión, que no había mejorado antes de la caída, quedo ofuscada por el agua, y su cabello, pegado al rostro, solo acrecentó su miedo. Un chapoteo en las aguas confirmo su premonición, ya estaban ahí, y por la urgencia de sus pasos, iban a acabarla. ¿Por qué? en ese momento no interesaba, consumida por el terror inexplicable naciente en su pecho, Koréen se arrastró con desesperación en el agua mientras balbuceaba una súplica a sus atacantes. — No…no…por…no, por favor, no. Koréen ya no distinguía si el chapoteo del agua ahora era producto suyo, o de ellos, tampoco podía girar la cabeza para comprobarlo, ahora cada vez que abría los ojos solo distinguía la línea que separaba las aguas y aquella mancha marrón. En sus primeros intentos de huir, el agua baja le dio seguridad, pero tarde o temprano llegaría al límite profundo, en el que arrastrase por su vida, ya no sería suficiente, y tendría que impulsarse para nadar. Pero sin fuerza para hacerlo, pensó que, si alguna vez supo nadar, en ese momento lo había olvidado. La desesperación que ese pensamiento le causo, la urgió a apoyarse en lo que fuera para avanzar. Forzó sus manos, sintiendo como la carne de su palma parecía ceder el paso, dolorosamente, en superficie picuda, se había apoyado en una roca filosa y antes de poder retirar su mano, el dolor familiar vino como una corriente eléctrica, quemando desde su mano herida hasta sus ojos; y como consecuencia de la ya casi inexistente mancha roja en su barra de vida, un perenne sonido molesto, repetitivo y mecánico llego a sus oídos. Lo reconoció vagamente como aquel que aparece cuando una ventana emerge con el señalamiento “error”, que cubre la pantalla azul de la computadora. Eso mismo parecía estarle informando el sonido, un error, pero ¿cuál? Podía sentirlo, imaginarlo dentro de su cabeza, con una frecuencia atroz que se repetía, todo eso, solo un segundo antes de volver a caer en la negrura de la inconciencia. No estaba muerta y no entendía el por qué.
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