Tierra de Mercenarios

V1C3 Entrenamiento
Mirándolo desde la perspectiva de generaciones futuras, el mercenario Amy Haber parecía tener siempre demasiadas buenas oportunidades, y a raíz de estas es que consiguió ejecutar todos sus logros. Aunque, de hecho, este no es el caso en lo absoluto. Es más, hay una frase dicha por el mismo Amy que siempre es olvidada y que contradice estas especulaciones: “Para que una ganancia sea multiplicada por cien, debo pagar primero por mil”. Pocas personas saben cuánto odiaba realmente Amy aquella frase, sobre todo en su juventud. Notas de Investigación. Neil Haber, duodécima generación. Ferviente investigador y escritor de la historia continental de Amy. *** -Hijo, levántate. Una agradable voz masculina se escuchó al otro lado de las sábanas. Amy se encontraba bajo estas, luchando mentalmente con la idea de tener que despertarse de una vez. -Cinco minutos más, por favor, tío – suplicó Amy –. Será solo un ratito, lo prometo. -Ya tienes ocho años y sigues comportándote así – replicó Chi Hanfeng. De pronto, una helada mano se introdujo dentro de la cama y se posó sobre su tibio cuello. La reacción de Amy fue inmediata y para nada calmada: -¡Ah, está helado! – exclamó el chico a viva voz - ¡Frío, frío! Las frazadas salieron volando, y Amy observó como el oscuro color de la madrugada se mostraba tras el vidrio de las ventanas. Aunque era demasiado temprano, los vecinos de la pequeña casa de los Haber ya estaban acostumbrados a oír los ruidos de estos antes del amanecer, lo que les servía como despertador. Amy notó que no se trató de la mano helada de su tío, sino que de pequeños trozos de nieve que éste le había echado encima, mientras que, a lo lejos, el abuelo Sheng se reía a carcajadas, cómplice de tan desdichada broma. -Esta vez te has pasado – rio el viejo que preparaba el desayuno. -Ya sabes el dicho, Amy – se dirigió Chi Hanfeng al chico - “Para que una ganancia sea multiplicada por cien, debo pagar primero por mil”. Amy suspiró. Realmente era odioso para el pequeño despertarse todas las mañanas con aquella frase. -Debo entrenarte – continuó –. Para convertirte en un guerrero incluso mejor que tu padre. Una media hora después, el cielo terminaba de ponerse blanco. El amanecer había llegado a Villa Heike, y de esta se alejaban dos siluetas en dirección al Río Cálido. Una era alta y fuerte, mientras que la otra era pequeña pero veloz. Ambos corrían por la orilla del río para dirigirse a la zona en donde les aguardaría el Lago Lunieve. El pequeño Amy observó a Chi Hanfeng por un momento mientras ambos hacían la carrera. Cualquiera que lo viese por primera vez pensaría que se trataba de un noble, y es que poseía las dos principales características de un aristócrata del imperio: era elegante y cortés. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, tanto Amy como el resto de aldeanos de la villa se dieron cuenta que en realidad el hombre tenía otra característica bien marcada, y era que le encantaba jugarle bromas a los demás, demostrando un increíble sentido del humor. Sin embargo, también había algo triste en la historia del tío Chi, y es que al tratarse de un Caballero, éste no podía heredar su título ni tampoco poseer un feudo, entre otras prohibiciones. Aunque, según Amy, él fue quien más sufrió, puesto que a tío Chi le encantaba tratarlo como si fuera su propio hijo. Le entrenaba como si se tratase de sí mismo, lo que provocaba que el pequeño no pudiera siquiera dormir, pues los entrenamientos le dejaban agotado totalmente, y a la mañana siguiente no podía quedarse ni un segundo dormido, puesto que los métodos de Chi Hanfeng no eran regaños, sino que más bien pequeñas “bromas” como poner un poco de nieve dentro de su cama en las mañanas para que despertara. Algunas veces tanto Amy como el abuelo dudaban de la estabilidad mental de Lake Haber por haber dejado a su hijo en manos de tan estricto caballero. Sin embargo, y aunque en un inicio al abuelo no le agradaba la idea de este nuevo “hijo” siendo entrenado tan bruscamente, terminó por aceptar a tío Chi como parte de la familia, ya que aunque fuese un maestro estricto se notaba que le tenía un verdadero cariño y preocupación por Amy. Había varias acciones que lo demostraban. Por ejemplo, en las noches ayudaba al pequeño a colocar los edredones en su lugar para poder dormir, le daba clases culturales que le convertían en un niño bastante listo y, además, le ayudaba en tareas cotidianas del campo, como cavar nieve o cuidar a los pollos. -¿Qué ocurre, Amy? – preguntó tío Chi mientras corrían –. Vas más lento de lo habitual. -No es nada – mintió Amy -. Es solo un poco de frío. Lo cierto era que uno de los requisitos para el entrenamiento era usar ropa ligera, por lo que lo más abrigador que podía usar el chico en esos momentos era un abrigo de cuero delgado. La primera fase era llamada “Entrenamiento físico”, que constaba de despertar todas las mañanas y correr a lo largo del Río Cálido hasta llegar al Lago Lunieve, lo que daba un total de veinte kilómetros de recorrido. Aunque el agua del río es cálida, a los costados sigue cayendo nieve, por lo que el frío continuaba al asecho del joven pupilo. -Descuida – prosiguió Chi Hanfeng -. Ya estamos llegando al Lago Lunieve, allí ya no sentirás tanto frío. La segunda fase era conocida como “Entrenamiento de voluntad”, en donde debía quitarse la ropa y saltar hacia el Lago Lunieve que, aunque su nombre lleve la palabra “nieve” en ella, en realidad sus aguas se elevaban a temperaturas altísimas. Una vez allí dentro, la natación solo se ejercía en la orilla del río, más no en el centro, y sin embargo el calor era suficiente como para cocinar un huevo de gallina de nieve. Amy saltó al lago, salpicando una pequeña cantidad de agua a su alrededor. El frío desapareció casi instantáneamente de su cuerpo, lo que le permitió nadar con tranquilidad. Lo cierto era que el Lago Lunieve poseía unos increíbles efectos medicinales, por lo que no importaba qué tan duro había sido el entrenamiento del día anterior, Amy siempre podría recuperar fuerzas en esos momentos. No obstante, el momento de relajación no duraba mucho, puesto que tras eso el entrenamiento físico continuaba, teniendo que nadar de regreso a Villa Heike por el mismísimo Río Cálido. A pesar de eso, Amy tenía un cierto “truco” para poder de cierta forma saltarse esa parte del entrenamiento, y era que el río avanzaba tan rápido que podía flotar y dejarse llevar por sus cálidas aguas hasta las cercanías de la villa, en donde le esperaría su tío. Resultaba tan oportuno y eficiente que en varias ocasiones Amy se quedaba dormido mientras nadaba. Excepto por una ocasión en la que Amy pasó de largo y Chi Hanfeng le encontró varado y durmiendo a cinco kilómetros de la costa. Después de regresar finalmente a Villa Heike era que comenzaba el “Entrenamiento de Combate”, en el cual no se combatía precisamente, sino que se trataba más que nada en ir a cortar leña. -Tío Chi -. Preguntó Amy mientras recogían el hacha - ¿Cuál es la relación entre cortar leña y las habilidades de combate? -Bueno, para serte sincero… no lo sé. Chi Hanfeng sonrió mientras se sobaba la nariz. Amy no se sorprendió al descubrir que la respuesta era del clásico humor de su tío. Sin embargo, este agregó: -Todos los entrenamientos fueron arreglados por mí, pero éste en específico fue creado únicamente por tu padre. -¿Papá? -Así es -sonrió -. Él fue bastante insistente en esto. De cierta forma Amy sabía que aquello era muy propio de su padre, Lake Haber. Cuando el pequeño fue casa por casa en toda Villa Heike ofreciendo sus servicios gratuitos de corte de leña, la mayoría de ellos lanzaban comentarios como “típico de la familia Haber” o “es un digno sucesor de la familia Haber”. Las personas de la aldea no tardaron en acostumbrarse al sistema. Al medio día éstos enviaban los trozos de madera a la humilde cabaña de los Haber, en donde Amy tenía que ir cortando los tronquitos uno por uno. Aunque realmente Chi Hanfeng no sabía absolutamente nada sobre el corte de madera, lo cierto era que el abuelo Haber le había ayudado como segundo maestro. Les enseñó la importancia del hacha, y de cómo ésta debe tener un perfecto balance entre tamaño y anchura, siendo que el filo de la misma no es tan importante como sí lo era la fuerza con la que se cortaban los troncos. -El truco está en aprovechar la estructura con forma de “V” del hacha – exclamaba el abuelo, como todos los días. El abuelo Haber resultó ser un excelente maestro para ambos. Siempre señalaba la importancia de aprender a utilizar la fuerza no solo de los brazos, sino que también la de la cintura, el cómo utilizar la fuerza de sus pies como base y el agarre de la mano. Además, mencionaba sobre la textura de la madera, cuál era más sencilla y difícil de cortar, el cómo lidiar con tumores de las mismas y el cómo tratar con las terribles horquillas dentro de los troncos. -Comprendo, comprendo – decía constantemente tío Chi, quien sin quererlo se había convertido en un segundo aprendiz -. De esa forma podría cortar a un enemigo de la forma menos agotadora usando un arma pesada. Además que eso de mantener las piernas firmes puede servirme para mantenerme de pie dentro de un combate en plena nieve. Aquello resultó algo bueno para Amy, pues de esa forma ambos se dedicaban a cortar leña al mismo tiempo. Era de cierta forma adorable ver una silueta grande y una pequeña cortando la leña en el destartalado patio de los Haber. Al principio el corte de Amy era bastante lento, debido a que no poseía aún un balance entre su fuerza y el equilibrio, por lo que las maderas salían con cortes bastante irregulares, por lo que sin la ayuda de tío Chi los habitantes de Villa Heike hubiesen tenido un festival de comida fría debido a la falta de buena leña. A pesar de todo, el progreso de Amy iba en buen viento. Pasó de usar el hacha más grande a una de tamaño mediano, así como también cambió de una madera simple a una un tanto más gruesa en tan solo un año de ese entrenamiento. Tras el “Entrenamiento de combate” venía la cena, pero Amy no podía irse a dormir después de esta, ya que debía culminar con su último entrenamiento del día, aunque a ojos del pequeño aprendiz aquella era la mejor parte de todas. Para Amy, una de las cualidades más destacables de tío Chi era su habilidad para tener una comprensión total y absoluta de la historia del imperio. De la misma manera, sus conocimientos de soldado y de guardia real de la frontera le fueron bastante útiles para aprender sobre posiciones de combate, operaciones coordinadas de las fuerzas armadas y otras cosas que estaban bastante alejadas del conocimiento popular de los aldeanos de Villa Heike. Tras las largas horas de estudio, Chi Hanfeng solía divagar al respecto, y le contaba a Amy sobre las costumbres y el modo de vivir en la capital imperial, las aventuras de valientes guerreros y, por lejos las historias favoritas del chico: las increíbles hazañas que vivían los mercenarios. -¿Por qué estás tan interesado en los mercenarios? – preguntó curioso tío Chi, ante las insistencias de Amy por oír esas historias. -Porque los mercenarios son los únicos que pueden matar a los Lobos de Nieve – respondió directamente el joven. Aquella respuesta sorprendió tanto a Chi Hanfeng que casi cayó al suelo. Le resultaba extraño la posibilidad de ver al aprendiz de un caballero imperial deseando convertirse en un mercenario. -Lo cierto es que ni los soldados del imperio ni los soldados Hami pueden matar a un Lobo de Nieve así como así – comentó -. Pero tampoco los Hami pueden matar a un caballo imperial, por ejemplo. Amy le escuchó atento. -La única excepción son los mercenarios – explicó -. Debido a que por su profesión no se mantienen en un lugar determinado por mucho tiempo les resulta muy difícil a los del Reino Hami emitir una orden de castigo para aquellos que logran matar a uno de sus lobos. El pequeño se sintió un tanto desanimado. Aunque esperaba una historia más impresionante sobre el poder de los mercenarios, lo cierto era que lo que más le desanimaba era el hecho de estar entrenándose para ser un caballero imperial, viéndose así imposibilitado de matar a los Lobos de Nieve como quería. No obstante, prefirió callar y no contárselo a tío Chi. Sin embargo, fue el mismísimo Chi Hanfeng quien un par de días después se le acercó a Amy para hablar del tema. -Como un mercenario, posees mucha más libertad para ir donde quisieras – explicó -. Si son bastante fuertes pueden incluso ir a la Torre Mendhielo, pero a pesar de que un mercenario suele ganar más dinero que un soldado, el riesgo de pertenecer a su gremio es aún mayor. Los mercenarios no tienen ningún reino que les proteja. Pero Amy no le escuchó. En su mente se encontraba la interminable pregunta de que si debería ser o no ambicioso. ¿Aspirar a ser mercenario? ¿O continuar y convertirse en un caballero imperial? Aunque desde este punto de vista, Amy ya lo tenía decidido a pesar de ser tan solo un niño.
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