Ante los encantos del prostituto

Plática en el Bar
El Bar XXXX siempre se ha destacado entre todos por sus buenas reseñas, el atrayente diseño de su estructura y su buen servicio. No obstante, para Brais, lo más relevante en esos momentos era el encuentro con su querido joven en dicho lugar. Hacía una buena noche, con el titilar de las estrellas y la luna que se asomaba para alumbrar el camino de alguien; el oficinista la observaba fijamente mientras recordaba nostálgicos momentos de su niñez. En sus pensamientos resaltaba la figura de su querida tía, aquella que siempre respondía cualquiera de sus dudas. - Tía Hanna, ¿por qué la luna me persigue?- preguntaba el pequeño niño agarrado del dedo meñique de ella. - ¿Tú lo ves así? Pues yo creo que es al revés. - ¿A qué te refieres, tía? - Sí, la luna no te persigue, tú la persigues a ella. Aquel niño la miraba confundido, así que continuó: - Escúchame...Hubo una vez en lo alto de las montañas, un bosque donde una pequeña manada de lobos convivía, conformada por tres machos y dos hembras, una de ellas llevaba a sus recién nacidas crías. Todo iba bien para ellos, hasta que un en un día en invierno, los lobos mayores decidieron ir por comida, pero no pudieron encontrar su refugio de nuevo , dejando a las pequeñas crías a la deriva. - ¿Entonces que pasó con la crías?- cuestionó curioso. - Al ver que sus padres no llegaban, las crías más fuertes y mayores, salieron a buscarlos, por desgracia, ellas tampoco regresaron. - ¡¿Y las otras?! exclamó con miedo el pequeño. El rostro de su la señora se aligeró, dando una pequeña y gentil sonrisa. - Solo quedó una, cariño. Ese pequeño lobo se encontraba en aquella cueva solitaria, sin nada que pueda ayudarlo. Pasó el tiempo, aquella tormenta había parado, dando lugar a un hermoso anochecer estrellado. El pequeño lobo, se sentía tan solo, que podría haber muerto de tristeza, además de hambre. Sin embargo, una noche decidió asomarse afuera, y su vista quedó impresionada. Era aquella luz, su guía, se trataba de una hermosa y brillante luna. Su oscuro y tenebroso camino por el bosque, cambiaba por esta. Y así vivió, acompañado de ella siempre. - Es una historia triste.- murmuró el niño mientras hacía un puchero y miraba al suelo. - Así es la vida, Brais, tú decidirás quien ser. O eres aquel lobo escondido o la brillante luna que guía el camino de este. El muchacho volvió a alzar su vista, observando a su tía, para alzar más su mirada y mirar la luna y pensó: - Yo...Quiero convertirme en la luna de alguien más. Brais se encontraba sentado en uno de los cómodos asientos que tenía la mesa, con su mano apoyando su cabeza. Volvió de sus pensamientos, y miró el reloj que llevaba en la muñeca derecha. Marcaban las 10:00 pm. Al darse cuenta de la hora, sus cejas se unían, cabe recalcar que llevaba una hora en el Bar. En ese instante, por la puerta, entró su esperado muchacho. Llevaba una blanca camisa y un abrigo de rayas rojas y negras amarrado en su cintura, que hacía resaltarla aún más, un bolso, pantalones negros algo ajustados y unos zapatos bancos. Al verlo, Brais rápidamente se acomodó, sin ninguna respuesta lógica... Pronto el muchacho lo vio, y desde lejos levantó su mano para saludarlo acompañado de una amplia sonrisa. El oficinista, miró al chico e imitó su gesto desde la mesa, sonriendo vergonzosamente. - ¡Hola! ¿Cómo estás? preguntó el joven amablemente. - He estado bien, ¿qué hay de ti? Ven, toma asiento.- se levantó el hombre para invitarlo a sentarse. - Está bien, no debes hacer eso, no soy una chica, jajaja.- reía sin parar. - Ah, tienes razón, lo siento.- se disculpó con una sonrisa nerviosa. - No hay problema.- respondió mientras sus manos las movía de un lado a otro. - Bueno, vine a devolvértelo, lo mandé a la lavandería no te preocupes. Al escuchar lo último, el hombre miró aquel saco con disgusto, lo quería tal cual lo había entregado, ansiaba el olor de Yannick impregnado en este. El muchacho se percató de su disgusto y volvió a decir. - Es en serio, lo mandé a una buena lavandería, puedes mirarlo ahora mismo.- entregó su bolso para que Brais lo compruebe. - No, no era eso. Solo recordé sobre una reunión con mi jefe, eso es todo. - Tu jefe, - ¿En qué trabajas? - Soy el jefe del departamento XXXX ubicado en las oficinas del edificio XXXX. - Wow, eres un hombre de oficina, por eso tu vestimenta. - ¿Y qué me dices de ti? - Bueno, yo no tengo un trabajo tan agradable como el tuyo. Yannick se quedó pensando por un momento por lo que Brais aclaró. - No me refería a tu labor, quería saber de tus aficiones, eres un hombre joven, debes tener uno. - Mmm...pues, ahora realmente no ansío nada. ¡Pero recuerdo que de pequeño quería ser bombero! Siempre que veía en la televisión alguna noticia de como ellos salvaban a los demás le contaba emocionado a mi madre. - Suena bien.- alabó el oficinista, mientras imaginaba a un pequeño e inocente Yannick y no puedo evitar sonreír. - Sí, jajaja. En verdad me agradaba. ¿qué me dices de ti? ¿Le contabas a tu madre tus pensamientos? - No, yo no pude conocer a mi madre. Cuando nací, ella ya no estaba aquí.- dijo algo cabizbajo. Yannick, al verlo, extendió su brazo hacia la mano de Brais, y con una gentil sonrisa y rostro amable pero con una voz segura de sí mismo, lo miró penetrantemente y respondió. - Yo tampoco tuve una madre, o si la tenía, pero parece que nunca se percató de eso. Ante esto, Brais se exaltó, para después todo su cuerpo entrar en calidez. Ambos se miraban el uno al otro, sin decir nada, sin importar de las miradas grotescas de otros, en ese pequeño lugar era el espacio de solo dos hombres. El joven reaccionó e inmediatamente retiró su mano primero por lo que el otro también lo hizo. - No...No te preocupes, no es como si estuviera mal por mi madre, es decir, no puedes extrañar a alguien que en tu vida conociste.- intentaba hablar Brais aún cuando en su interior una fantástica mezcla de emociones se apoderaban de él. - Oh, tienes razón.- contestó con una pequeña risita. Así fue como pasaron aquella noche, bebiendo sin excederse y platicando sin ningún tema específico; no obstante, parecían entretenerse con ello, en especial al atractivo oficinista que se robaba las miradas de muchas jovencitas que trabajan cerca y pasaban por aquel lugar, siendo halagado por ellas. El reloj que se encontraba en el bar marcaban las 12:00 pm. mientras hablaba emocionado, Yannick se percató de esto. - ¡Ah! Ya han sido 2 horas de que estamos aquí. ¡El tiempo pasó volando!- exclamó el joven. - Oh, es cierto... - Bueno, debo irme, pagaré la cuenta. Ha sido un gusto estar contigo. - No es necesario, yo la pagaré. - Déjame pagar a mí, ya has hecho suficiente con venir aquí. - ...Está bien. Ambos salieron del lugar y se dirigían a sus respectivos lugares, de no ser por Brais que tímidamente preguntó. - Yannick, ¿no quieres quedarte en mi departamento por hoy? - Mmm...eso sería molestarte, aún así gracias. - Pero es muy de noche, pueden ocurrirte muchas cosas de las que me reclamaría por siempre. - Jajaja, ¿pero qué dices? Un hombre como yo tiene menos peligro por estas calles que hombres como tú. Conozco bien este lugar, es donde trabajo. Brais comprendió ese punto, ¿quién más podría conocer de esas calles que aquel mismo que trabaja la mayoría de las veces en el mismo lugar? Conocía sus peligros a altas horas de las noches, las inseguridades como el constante miedo a ser víctima de todo tipo de desgracias. Después de haberse despedido, el joven caminaba a dirección opuesta del oficinista, sin embargo, rápidamente cambió de opinión. - Brais, ¡Espérame!- grita Yannick. - Sí, ¿qué sucede?- preguntó confundido el oficinista. El joven corría donde este, al llegar cansado respiraba de forma agitada. - Quería decirte que cambié de opinión. Vamos a tu departamento.
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